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Santo Padre, damos gracias a Dios por su vida

¡Felicidades, Santo Padre!

Durante 25 años, usted ha ocupado el sitio del sucesor de Pedro, en uno de los pontificados más extensos de la historia. Usted ha dejado un legado del que habrá memoria por largo tiempo.

El domingo 19 de octubre en la Catedral St. Mary el arzobispo de Miami ofreció una misa solemne por los 25 años de Pontificado de Juan Pablo II y la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. Al final de la eucaristía, Mons. Favalora conversó un rato con las Misioneras de la Caridad presentes
en la misa.

Durante un cuarto de siglo, usted ha viajado por todo el mundo, siguiendo el ejemplo de uno de sus dos santos homónimos, San Pablo. Las estadísticas de sus visitas pastorales son abrumadoras: 102 viajes, 800,000 millas y 129 países. Con absoluta decisión –especialmente en estos últimos años– y sobreponiéndose a sus dolencias físicas, usted sigue moviéndose alrededor del mundo, impulsado por un solo propósito: “predicar a Jesucristo crucificado”, tal como San Pablo describe su propia misión.

Por supuesto, es sólo la fortaleza que proviene de la vida interior del espíritu lo que lo impele –o lo que lo obliga– a usted, Santo Padre, en su incansable prédica y enseñanza. Usted es la pura imagen del ardiente celo de San Pablo.

Siguiendo su propio paso, tranquilo y firme, usted quiere que cada alma vea y escuche al Pastor de los pastores. Con sencilla aunque profunda claridad, usted predica a Cristo como el principio y el fin, como el propósito pleno de la vida, y como la vida misma. Como Papa, usted es el ejemplo por excelencia de la descripción que hace San Pablo de su propia vida: “ahora no soy yo, sino Cristo quien vive en mí”.

La Iglesia y el mundo le saludan, Santo Padre, en su aniversario. Todos tenemos que dar gracias a Dios por haberlo enviado a usted como un maravilloso instrumento de la gracia de Dios. Para nosotros, usted no sólo ha sido el predicador extraordinario, sino también el extraordinario maestro.

Como su otro santo patrono, San Juan Evangelista, usted es teólogo y místico. Las muchas horas que usted dedica a la oración, se reflejan en los fructíferos documentos que usted ha escrito: 14 encíclicas, 42 cartas apostólicas y 13 exhortaciones apostólicas.

¡Qué maestro tan prolífico ha sido usted! Sus bien meditados escritos abarcan incontables asuntos, todos ellos pertinentes para las necesidades de nuestros días, y todos ellos dotados de aplicación práctica a los males y desafíos de nuestra época. Usted es una presencia para todos los momentos de nuestras vidas.

En el transcurso de los tiempos, Dios envía a individuos especiales que captan la atención de todos los seres humanos, creyentes y no creyentes. Santo Padre: eso es lo que usted, precisamente, ha sido. Lo que hace de usted una figura tan atractiva es que, en usted, cada cual ve a un auténtico hombre de Dios. Su vida demuestra el poder de la transformadora y vivificante gracia de Dios.

Quizás el mejor fruto que podamos recibir de esta hermosa celebración por sus 25 años de pontificado, es aquel que motivó la conversión de San Agustín.

En sus Confesiones, el santo nos dice cómo, después de leer las vidas de los grandes santos, se dijo a sí mismo: “Si ellos lo lograron, ¿por qué yo no?”

Creo que usted, amado Santo Padre, siempre quiso ser santo por la misma razón. Tal vez sea por ello que usted ha canonizado a 474 personas, y beatificado a otras 1319, cuyas vidas son ejemplos que debemos seguir y emular. Estos santos y beatos provienen de todos los campos de la vida, y son tanto de nuestra época como de épocas anteriores.

Quizás esto sea lo que cada uno de nosotros debe meditar cuidadosamente: “Si ellos lo lograron, ¿por qué yo no?” Si usted pudo hacerlo, Juan Pablo II, ¿por qué yo no? Santo Padre, damos gracias a Dios por su vida. Santo Padre, damos gracias a Dios porque usted es nuestro Papa.

Santo Padre, le amamos.