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Al final, seremos
juzgados en el amor
Brenda Tirado Torres
La Voz Católica
Con el artículo sobre las Misioneras de la Caridad incluido en
este número, finaliza mi labor en La Voz Católica. Para mí ha sido
muy significativo el hecho de que mi último artículo para el
periódico fuera inspirado por las Misioneras, cuya fundadora, la
beata Teresa de Calcuta, fue una de las primeras –si no la primera–
en acoger a las personas que padecían el síndrome de
inmunodeficiencia adquirida (sida).
De todas las virtudes que demostró la Madre Teresa, es su devoción
por estos enfermos lo que más toca la fibra de mi corazón. ¿Quién
de nosotros no ha criticado a aquellos que, en la época de Jesús,
rechazaban a los leprosos? Pero cuando se trata de los enfermos de
sida, caemos en lo mismo que criticamos. Muchos terminan
abandonados en las calles, como les vi cuando buscaban un plato de
comida en el Comedor de las Misioneras, en Miami.
Mi preocupación por quienes padecen el sida se debe a que esa fue
la enfermedad que se robó a mi hermano, hace tres años. Tras el
dolor que atravesó mi familia, incluido el terror al “qué dirán”,
le pedí a Dios que me ayudara a servir a las personas infectadas
con el virus que lo provoca –el VIH–, y a los afectados por
la pandemia.
El Señor no prestó oídos sordos a mi petición: tras sólo haber
asistido, por primera vez, a la conferencia anual de la Red
Nacional Católica del Sida en julio pasado, fui invitada a formar
parte del comité que organiza la próxima. Como creo firmemente en
la Comunión de los Santos, sé que mi hermano tuvo que haber
aportado su granito de arena en esa aventura.
Dejo La Voz Católica para dedicar más tiempo a la prevención de la
enfermedad. En este país queda mucho por hacer; el silencio me
convertiría en cómplice de la pandemia. Un estudio de la Casa
Blanca reveló que el 33 por ciento de las personas que viven con
el virus, se infectó durante la adolescencia. Uno de cada cinco
adolescentes ha sostenido relaciones con cuatro o más personas
antes de finalizar la escuela superior. Y otro estudio indica que
las adolescentes que inician su vida sexual, lo hacen a la edad
promedio de 12 años.
Aunque el mensaje no sea popular en una sociedad como la nuestra,
hay que insistir en que el único método para evitar el VIH es la
abstinencia en los solteros, y la fidelidad entre los casados. Por
eso la formación en la fe, desde los primeros años de vida, es tan
importante. Es más fácil para un ser humano aceptar la fidelidad y
la opción de la castidad cuando se tiene una base sólida de
principios y virtudes. Sin embargo, si el “sexo seguro” es un mito,
también lo es el alegar que aún hay parroquias sin casos de sida.
Si se nos hace difícil tener contacto directo con estos enfermos,
podemos ayudar a instituciones como la Casa Génesis (305-856-1043)
y a comunidades como las Misioneras de la Caridad (305-326-0032).
La ayuda, particularmente la económica, siempre es necesaria.
Bien lo dijo San Juan de la Cruz: “Al final, seremos juzgados en
el amor”.
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