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Con el “lápiz de
Dios” en las manos
Pensamientos de Su Santidad Juan Pablo II y de la Beata Teresa de
Calcuta
Juan Pablo II
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La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta
desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su
existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de
persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser
inocente a la vida.
El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho,
incluidos los de la libertad.
La persona humana tiene una necesidad que es aún más profunda,
un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar, es
el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios.
La caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios
y a Dios conoce... porque Dios es amor. Solamente lo que es
construido sobre Dios, sobre el amor, es durable.
Queridos jóvenes, ya lo saben: el cristianismo no es una
opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es
Cristo! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar: he aquí la
vocación cristiana.
Ahora más que nunca es urgente que sean los “centinelas de la
mañana”, los vigías que anuncian la luz del alba y la nueva
primavera del Evangelio, de la que ya se ven los brotes. La
humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes
libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y
a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor
y Salvador.
La familia es base de la sociedad y el lugar donde las personas
aprenden por vez primera los valores que les guían durante toda
su vida.
El futuro depende, en gran parte, de la familia, lleva consigo
el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el
de contribuir eficazmente a un futuro de paz.
En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la
guerra, testimoniad que Él y sólo Él puede dar la verdadera paz
al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la
Tierra.
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón.
En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención
mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha
quedado redimido.
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El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de
Cristo.
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En Caná, María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca
la primera “señal” y contribuye a suscitar la fe de los
discípulos.
La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que
deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico
del Mesías.
Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a
meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y
poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.
Durante el reciente viaje a Polonia, me dirigí a la Virgen
María con estas palabras: Madre santísima (...), obtén también
para mí las fuerzas del cuerpo y del espíritu, para que pueda
cumplir hasta el fin la misión que me ha encomendado el
Resucitado. En ti pongo todos los frutos de mi vida y de mi
ministerio; a ti encomiendo el destino de la Iglesia (...); en
ti confío y te declaro una vez más: ¡Totus tuus, Maria! ¡Totus
tuus! Amén.
Cuando un hombre ora, se coloca ante Dios, ante un Tú, un Tú
divino, y comprende al mismo tiempo la íntima verdad de su
propio yo: Tú divino, yo humano, ser personal creado a imagen de
Dios.
Es hora de redescubrir el valor de la oración, su fuerza
misteriosa, su capacidad de volvernos a conducir a Dios y de
introducirnos en la verdad radical del ser humano.
En nuestras noches físicas y morales, si Tú estás presente, y
nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no
sentiremos la consolación.
“En su sencillez y profundidad, el Rosario sigue siendo también
en este tercer milenio apenas iniciado, una oración de gran
significado, destinada a producir frutos de santidad.”
El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los
de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él
siempre he encontrado consuelo.
La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el
espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la
verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que,
conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad
sobre sí mismo.
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El artista, cuanto más consciente es de su “don”, tanto más se
siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación
con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios
su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí
mismo, su propia vocación y misión.
La Iglesia, pues, tiene necesidad del arte.
La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente.
Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la
Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio
pascual, está en el centro de la vida eclesial.
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Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el
“programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer
milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la
historia con el entusiasmo de la nueva evangelización.
La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por
Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo
tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia la celebra,
los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los
dos discípulos de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y le
reconocieron”.
Madre Teresa de Calcuta
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El amor, para que sea auténtico, debe costarnos.
Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Darle a alguien todo tu amor nunca es garantía de que te amarán
de regreso; pero no esperes que te amen de regreso; sólo espera
que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero, si no
crece, sé feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te
encantaría oír, que nunca escucharás de la persona que te
gustaría que te las dijera, pero no seas tan sordo para no
oírlas de aquel que las dice desde su corazón.
Orar a Cristo es amarlo y amarlo significa cumplir sus palabras.
La oración significa para mí la posibilidad de unirme a Cristo
las 24 horas del día para vivir con Él, en Él y para Él. Si
oramos, creemos. Si creemos, amaremos. Si amamos, serviremos.
Dios es amigo del silencio, que nos da una visión nueva de las
cosas. No es esencial lo que nosotros decimos, sino lo que Dios
nos dice y dice a través de nosotros.
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El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es
la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el
servicio. El fruto del servicio es la paz.
La confesión fortalece el alma, pues una confesión realmente
bien hecha –la confesión de un hijo que reconoce su pecado y
retorna al Padre- produce siempre humildad, y la humildad es
fuerza.
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El que tiene a Dios en su corazón, desborda de alegría.
Nuestra alegría es el mejor modo de predicar el cristianismo.
Al ver la felicidad en nuestros ojos, tomarán conciencia de su
condición de hijos de Dios.
María debe ser la fuente de nuestra alegría; ella, que fue la
maestra en el servicio gozoso a los demás. La alegría era su
fuerza, ya que sólo la alegría de saber que tenía a Jesús en su
seno podía hacerla ir a las montañas para hacer el trabajo de
una sierva en casa de su prima Isabel.
La grandeza de María proviene justamente de su humildad. Y era
humilde porque pertenecía a Dios por completo, estaba en
disponibilidad para lo que Él quisiera pedirle.
Ella, que estaba colmada de gracias, siguió siendo la esclava
del Señor. Se mantuvo con firmeza junto a la cruz de su Hijo, y
ni siquiera viéndolo morir dejó de confiar en Dios.
La grandeza de María reside en su humildad. Jesús, quien vivió
en estrechísimo contacto con ella, parecía querer que nosotros
aprendiéramos de Él y de ella una lección solamente: ser mansos
y humildes de corazón.
María está siempre atenta para traer al mundo la alegría, la
paz y la reconciliación. Ella nos conduce hacia Dios, y con sus
ruegos amorosos intercede por nosotros.
Elevemos hacia ella nuestros corazones para que nos ayude a
reconciliarnos, cada vez que nos alejemos del amor de Dios.
La santidad es hacer siempre, con alegría, la voluntad de Dios.
Para eso es necesaria la fidelidad a sus deseos, y es esta
fidelidad la que hace a los santos.
La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco
veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes
hacerlo por la paz.
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Nunca digas adiós, si todavía quieres tratar. Nunca te des por
vencido si sientes que puedes seguir luchando. Nunca le digas a
una persona que ya no la amas, si no puedes dejarla ir. El amor
llega a aquel que espera, aunque lo hallan decepcionado; a aquel
que aún cree, aunque haya sido traicionado: a aquel que todavía
necesite amar, aunque antes haya sido lastimado, y a aquel que
tiene coraje y la fe para construir la confianza de nuevo.
Toda vida pertenece a Dios, y si Jesús nos dijo que éramos más
importantes a los ojos de su Padre que todo lo creado, y Él
cuida eso, ¡cuánto más cuidará de nosotros! El aborto va en
contra del mandamiento del amor.
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El aborto mata la paz del mundo... Es el peor enemigo de la paz,
porque si una madre es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué
me impide matarte? ¿Qué te impide matarme? Ya no queda ningún
impedimento.
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Cristo se convirtió en el Pan de Vida porque comprendió la
necesidad, el hambre que teníamos de Dios. Y nosotros debemos
comer este Pan y la bondad de su amor para poder compartirlo.
La Eucaristía es el signo más tangible del amor de Dios por el
hombre, ya que renueva permanentemente su sacrificio por amor a
nosotros. Y es la Misa, nuestra oración diaria, el lugar donde
nos ofrecemos con y por Cristo para ser distribuidos entre los
más pobres de los pobres.
Yo soy el lápiz de Dios. Un trozo de lápiz con el cual Él
escribe aquello que quiere.
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