|
El Papa de los
jóvenes

Ondina Cortés
Si algo ha caracterizado estos 25 años del papado de Juan Pablo II
ha sido su capacidad de convocatoria, su gran don para comunicarse
con las multitudes, hacerse “todo con todos.” Pero, de manera
especial, hay una inexplicable sintonía entre el Papa y los
jóvenes, que he podido experimentar en las tres últimas Jornadas
Mundiales de la Juventud en las que he participado con grupos de
Miami. Según los jóvenes, cuando el Papa les habla, sienten que
habla con cada uno de ellos, como si les leyera el corazón. De
hecho, sus palabras demuestran una profunda comprensión de la
juventud, de sus anhelos y esperanzas, de sus temores y luchas, de
sus posibilidades y dones.
En la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Toronto el
pasado verano, en el discurso de acogida tocó un tema central para
los jóvenes: el anhelo de felicidad y dónde encontrarla. “Queridos
jóvenes, son numerosas y atractivas las propuestas que se os
presentan desde todas las partes: muchos hablan que se puede
obtener con el dinero, con éxito, con el poder… A vuestro anhelo
de ser felices, el anciano Papa responde con una palabra que no es
suya… Cristo tiene la respuesta a vuestra expectativa. La alegría
verdadera es una conquista, que no se logra sin una lucha larga y
difícil. Cristo posee el secreto de la victoria”; y a continuación
les presentó las Bienaventuranzas como el camino de la alegría. La
alegría de que les habla el Papa no se encuentra cuando se busca
de manera egoísta como un fin en sí misma: es el fruto de la
entrega, del servicio y del seguimiento de Cristo.
El Papa no desconoce los temores y luchas de la juventud. Él, en
su propia juventud, tuvo que enfrentar múltiples retos, incluso la
persecusión por el sistema totalitario de Polonia, y por eso sus
palabras tienen el peso de la experiencia cuando les dice: “Creer
en Jesús significa aceptar lo que dice, aunque vaya en contra de
lo que dicen los demás. Significa rechazar las seducciones del
pecado, por más atractivas que sean, y seguir el camino exigente
de las virtudes evangélicas” (25 de julio de 2002). Su fortaleza
en medio de la debilidad física, soportando largas jornadas en sus
viajes, inspira a la juventud a no arredrarse ante las
dificultades.
Finalmente, Juan Pablo II despierta vida en los jóvenes, porque
cree en ellos y les invita a elevarse por encima de sus
limitaciones para lanzarse a los grandes ideales. “Nosotros no
somos la suma de nuestras debilidades y de nuestros fracasos; al
contrario, somos la suma del amor del Padre a nosotros y de
nuestra capacidad real de llegar a ser imagen de su Hijo.” (28 de
julio de 2002).
En el Año Jubilar, cuando logró reunir a 3 millones de jóvenes en
Roma para la Jornada Mundial de la Juventud, les dijo: “No tengáis
miedo de ser los santos del nuevo milenio”. Aquellas palabras
inspiraron a muchos jóvenes a un serio compromiso con el Evangelio,
e incluso a optar por la vida religiosa o sacerdotal. Conozco a
tres jóvenes de nuestra Arquidiócesis cuya vocación religiosa se
consolidó en respuesta a esas palabras.
El llamado a la santidad se lo reiteró en Canadá el año pasado
cuando les dijo: “No esperéis a tener más años para aventuraros
por la senda de la santidad…Que nadie os gane en la búsqueda de la
justicia, en la promoción de la paz, en el compromiso de la
fraternidad y la solidaridad”. Les pidió “humanizar el mundo en
que vivimos” y “mejorar el sabor de la historia humana.”
Juan Pablo II también sabe dar cariño y gozar con los jóvenes,
como lo hemos visto en las Jornadas, cantando, dando palmas e
incluso improvisando, como en la Jornada de 2000, al final de la
noche… “Bueno, ¿y ahora qué hacemos?” Quería seguir celebrando.
También los jóvenes le expresan su cariño, gritándoselo en todas
las lenguas.
Ante Juan Pablo II, los jóvenes no sólo se saben amados y
aceptados por este hombre extraordinario, sino por el sucesor de
Pedro, que les invita a la gran aventura de seguir a Jesús en su
Iglesia.
ondina@claretiansisters.org
|