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El pensamiento de Juan Pablo II


Antonio López Villalta

En la ocasión del 25º aniversario del pontificado de Juan Pablo II, conviene reflexionar sobre el significado de su pensamiento para el mundo contemporáneo. No hay duda de que tanto entre los católicos, como entre los que no profesan la fe católica, se reconoce el impacto notable que Juan Pablo II ha tenido no sólo en la conciencia ética actual, sino inclusive en el desarrollo histórico reciente de la Iglesia y del mundo en general, especialmente su influencia en la caída del bloque soviético. Lo que apenas es reconocido es que esta gran influencia de Juan Pablo II en los asuntos religiosos y sociopolíticos del mundo actual es, en gran parte, reflejo de su pensamiento filosófico y teológico, especialmente su pensamiento sobre la relación entre la gracia y la naturaleza humana, pues esta relación es la clave fundamental tanto de su pensamiento en general como de las directrices principales de su pontificado.

Gracia y naturaleza humana
La concepción de Juan Pablo II sobre la relación entre la gracia y la naturaleza humana contrasta con la teología y filosofía neoescolásticas, que prevalecieron en gran parte en la Iglesia desde finales del siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II. Para el pensamiento de la mayoría de los autores neoescolásticos, muy influidos por los teólogos del siglo XVI y XVII, como Cayetano y Suárez, tanto la gracia como la naturaleza humana constituyen realidades autónomas y extrínsecas entre sí, de suerte que la gracia resulta completamente externa y como añadida a la naturaleza humana desde fuera, sin que ésta última incluya ningún dinamismo interior u orientación intrínseca hacia la gracia.

Según esto, no es que haya una mera distinción entre la gracia y la naturaleza humana, sino que hay dos realidades consistentes e inteligibles en sí mismas, sin relación de unión intrínseca entre sí. Así pues, según el pensamiento generalizado de la neoescolástica, en contraste con la enseñanza de los reformadores protestantes del siglo XVI, que acentuaban la corrupción de la naturaleza humana, esta última –y sin su perfeccionamiento, que de hecho se da por la gracia– constituiría una realidad con su propia dignidad y su propia capacidad de perfección en sí misma. En otras palabras, la perfección de la naturaleza humana, que de hecho se da en la realidad concreta por la gracia, es por añadidura a la naturaleza humana, la que por sí misma y sin necesidad de la gracia tendría la capacidad de alcanzar su propia perfección, proporcionada a su intrínseca posibilidad de realización.

Una consecuencia de esta posición era la afirmación de la existencia del llamado “Limbo”, como un lugar al que irían las almas de los niños que morían sin bautizarse. Pues sin haber cometido pecado grave que les condenara al infierno, ni haber tampoco recibido la gracia del bautismo, con la cual irían al cielo, estos niños simplemente irían, al morir, a un lugar intermedio y natural correspondiente a su mera naturaleza humana sin la gracia. Otra consecuencia del pensamiento generalizado de la neoescolástica era una separación, o al menos un distanciamiento considerable, entre las exigencias de la gracia y las de la historia secular como tal. Según esto, lo decisivo para las personas de fe sería solamente su salvación espiritual y eterna, y no las realidades seculares y meramente temporales.

A diferencia del pensamiento neoescolástico, para Juan Pablo II, como nos dice ya en su primera encíclica, Redemptor Hominis –y en coincidencia con la renovación filosófica y teológica que tuvo lugar en el siglo XX, y que culminó en las enseñanzas del Concilio Vaticano II–, la autonomía de la naturaleza humana se perfecciona precisamente en la gracia de Dios ofrecida a todos los seres humanos en Jesucristo. Según esto, y como ya lo había enseñado Santo Tomás de Aquino, la gracia no sólo presupone a la naturaleza humana, sino que además la eleva a su perfección. Esto es así, porque Dios ha creado a los seres humanos para un único fin y perfeccionamiento, a saber, la participación por la gracia en la misma vida de amor trinitario de Dios. Así pues, para el Papa –y como él nos recuerda en su encíclica Fides et Ratio– no se puede confundir la distinción entre la gracia y la naturaleza humana con una separación o relación meramente extrínseca y de distancia entre ambas. Pues la naturaleza humana como tal está constituida por una orientación radical a la gracia que la trasciende, pero que la completa y le da su plenitud definitiva. Según esto, la historia humana como tal, incluyendo sus procesos culturales, sociales y políticos, tiene su perfeccionamiento en la gracia, o concretamente en Jesucristo.

Si los pensadores neoescolásticos hacían énfasis, sobre todo, en que en Jesucristo se revelaba la verdad de Dios, Juan Pablo II nos repite, ya desde el comienzo de su pontificado (Redemptoris Hominis), que en Jesucristo no sólo se revela quién es Dios, sino también quién es el ser humano y cuál es la verdad definitiva de la historia humana. De ahí que, según el Papa, la fe cristiana auténtica no separa al ser humano de las realidades seculares del mundo, sino más bien le capacita más para orientar este mundo hacia el Reino de Dios, proclamado proféticamente por Jesucristo y por la Iglesia.

Esta concepción de Juan Pablo II sobre la relación entre la gracia y la naturaleza humana, es, por lo tanto, una concepción profundamente cristológica. Así pues, él nos indica que, de acuerdo a la fe profesada por la Iglesia, Jesucristo es la unión intrínseca e inseparable de lo divino y lo humano. Y por tanto, Jesucristo no solamente es la misma gracia o realidad divina ofrecida a todos los seres humanos, sino también el ser humano por antonomasia, en cuya imagen todo ser humano ha sido creado por Dios.

La dimensión trinitaria de lo dicho anteriormente tampoco es ignorada por Juan Pablo II. Pues, por una parte, como él nos enseña, Jesucristo –quien es a su vez la imagen perfecta del Padre– nos revela que el amor radical y hasta la muerte por el otro, o por los demás, constituye la misma esencia trinitaria del eterno amor de entrega y de comunión perfecta que es Dios. Y por otra parte, como la plena realización humana se da en la participación en la misma vida trinitaria de Dios, como ya hemos visto, resulta entonces, pues, que solamente en el amor radical y de comunión solidaria con los demás alcanzan los seres humanos su perfección (Fuentes de la renovación).

Más aún, para Juan Pablo II, la vida de oración y participación en los sacramentos de la Iglesia es imprescindible, no solamente para la misión profética de la Iglesia en el mundo, sino también para la misma realización de los cristianos como personas libres y creativas. Pues, según el Papa, sólo en la unión espiritual profunda con Dios, que se da en la adoración personal y comunitaria de Dios, puede el ser humano realizar plenamente su vocación a la trascendencia y a la libertad, más allá de lo meramente animal o impersonal. Y sólo con esta trascendencia y libertad puede el ser humano hacerle frente a las fuerzas deshumanizantes que le oprimen como consecuencia del pecado individual y colectivo, y que contaminan tanto a las estructuras sociales como a la cultura humana en general. Todavía más, como afirma el Papa en Centesimus Annus, solamente en la trascendencia y libertad hacia Dios, puede el ser humano contribuir precisamente a que los demás seres humanos, y la sociedad en general, se eleven a la esfera de la gracia, en la que, como ya hemos visto, toda la realidad histórica alcanza su plena realización y auténtica dignidad.

 

La espiritualidad profunda
Como nos lo recuerda Juan Pablo II en diversos contextos, esta espiritualidad profunda a la que está llamado todo creyente, tiene su modelo humano en María. Así como María estaba llena del espíritu de Dios, que le hizo verdaderamente capaz de traer a Jesucristo al mundo, así también los creyentes deben llenarse del espíritu de Dios, para así poder cristianizar las diversas realidades de la historia humana.

En conclusión, Juan Pablo II nos enseña que nuestra misma comunión con el Dios de Jesucristo es el fundamento no solamente de la vida de la Iglesia, sino también del compromiso de ésta con la transformación de las realidades seculares y temporales, hacia condiciones concretas que estén más de acuerdo con la dignidad humana y con la exigencia correspondiente de solidaridad entre los seres humanos. Es necesario destacar, pues, que la influencia de Juan Pablo II en muchos eventos significativos de la historia reciente es expresión de su concepción, según la cual los creyentes no encuentran en la Iglesia una mera liberación y refugio de las asechanzas de un mundo perdido por el pecado. Más que esto, según el Papa, los creyentes encuentran en la Iglesia el sacramento de salvación del mundo, por el cual Jesucristo se entregó hasta la muerte en la cruz.

Profesor de teología y filosofía en el Seminario Saint Vincent de Paul, en Boynton Beach.

alopez@svdp.edu