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Su Santidad y la
Eucaristía
Del misterio pascual nace la Iglesia

Padre Juan Sosa
Cada Jueves Santo, para recordar la institución de la Eucaristía
por el Señor Jesús y para acentuar la llamada al servicio, el
Santo Padre Juan Pablo II, desde que comenzó su Pontificado, les
ha enviado a los obispos, sacerdotes y diáconos del mundo una
Carta con un mensaje apropiado para Semana Santa y la temporada
pascual. Este pasado Jueves Santo, sin embargo, la Carta de
costumbre tuvo un carácter de Encíclica, de enseñanza magisterial,
dirigida no solamente a los destinatarios de siempre, sino también
a todas las personas consagradas y a todos los fieles laicos, es
decir, a todo el pueblo de Dios, a la Iglesia.
¿Qué nos dice el Papa en esta Encíclica titulada Ecclesia de
Eucharistia? El Santo Padre hace eco de la tradición de la
Iglesia, expresada primero en las Sagradas Escrituras y,
posteriormente, en los Padres que han enriquecido con sus
reflexiones la tradición eclesial. Su pensamiento se pudiera
resumir de la siguiente manera:
Primero:
la Eucaristía es el eje alrededor del cual se ha movido la
reflexión teológica de la Iglesia desde San Pablo hasta, más
recientemente, León XIII, Pío XII, los Padres del Concilio
Vaticano II, Pablo VI y el propio Juan Pablo II. La enseñanza la
resume el Catecismo de la Iglesia: “la misa es, a la vez e
inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el
sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el
Cuerpo y la Sangre del Señor”.
Centro de la vida eclesial
La Eucaristía es el centro de la vida eclesial, ya que “del
misterio pascual nace la Iglesia”. De la pasión, muerte y
resurrección de Jesús, que como misterio celebramos en cada
liturgia eucarística, procede la identidad y sentido de la
Iglesia. La comunidad de fe no es una congregación de fieles que
se unen por razones filantrópicas o sociales; es el sacramento de
Jesucristo en la historia y en el tiempo que garantiza Su
presencia permanente, transformadora y santificante para todos los
pueblos en todas las épocas, hasta que regrese el Señor:
Anunciar la muerte del Señor “hasta que venga” (I Co 11,26),
comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de
transformar su vida, para que toda ella llegue a ser, en cierto
modo, “eucarística”.
Segundo:
Juan Pablo II reitera que el sacerdocio ordenado es imprescindible
para la Eucaristía: “por eso se prescribe en el Misal Romano que
es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística,
mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio”.
El ministerio de cada sacerdote es insustituible para el ejercicio
del sacrificio de Cristo, “sumo y eterno Sacerdote”, en y con
quien se ofrece cada eucaristía. El Santo Padre reitera en esta
Encíclica lo que se había ya declarado en Dominicae Cenae,
de 1980: que, aunque en muchos sitios los fieles ejercen un
sacerdocio real que nace del bautismo, la Eucaristía “es la
principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio,
nacido efectivamente en el momento de la institución de la
Eucaristía y a la vez que ella”.
Tercero:
para el Santo Padre, la Eucaristía es Sacramento de la comunión
eclesial. Recibir al Señor en el misterio que es la Iglesia, es
participar plenamente de todo lo que la Iglesia enseña y promueve.
De ahí la necesidad de no compartir la Eucaristía con aquellos
hermanos que no forman parte de la Iglesia. A Juan Pablo II le
preocupan mucho las divisiones de la Iglesia y ha hecho lo
indecible por lograr la unidad de todos los hermanos separados,
pero para Su Santidad la Eucaristía no es la base de esta unidad,
sino resultado de la misma. El fundamento de la unidad es la
verdad.
Vínculos de la profesión
Precisamente porque la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía
realiza mediante el sacrificio y la comunión en el cuerpo y la
sangre del Señor, exige inderogablemente la completa comunión en
los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del
gobierno eclesiástico, no es posible concelebrar la misma liturgia
eucarística hasta que no se restablezca la integridad de dichos
vínculos.
En el capítulo V de su Encíclica, Juan Pablo II expone algunos de
los aspectos litúrgicos que forman parte de la celebración
comunitaria de la Eucaristía y hace una llamada global a los
fieles para que mantengan tanto el sentido de lo sagrado de la
celebración como el sentido de la estética en el ambiente que se
lleva a cabo en cada celebración, por muy humilde que sea.
María, símbolo de la Iglesia
El Papa dedica el capítulo VI al papel de María como símbolo de la
Iglesia, la mujer “eucarística” que, al vivir intrínsecamente
unida al misterio de Cristo, su Hijo, nos muestra la fidelidad a
la Palabra y la entrega a la voluntad del Padre, que Ella misma
aceptó desde la Anunciación. En este Año del Rosario, para Juan
Pablo II el papel de María es conjuntamente radical y estimulante
para todos los fieles: “En la Eucaristía, la Iglesia se une
plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu
de María”.
A través de los párrafos de la Encíclica, el Santo Padre nos
enseña, pero también nos amonesta a no caer en los abusos que él,
como profeta de estos tiempos, denuncia. Son abusos que el mismo
Papa identifica como “sombras” en la tradición eclesial y que han
surgido en varias partes del mundo, sobre todo el abandono del
culto eucarístico, el cuestionamiento del orden sacerdotal para la
celebración eucarística, o la pérdida del sentido de lo sagrado y
la estética en la celebración. De hecho, se deben percibir estos
comentarios no como reacciones, sino más bien como desafíos
proféticos.
El Santo Padre se adhiere al sentido de la reforma litúrgica, pero
quiere evitar aquellas improvisaciones que, fuera de la
competencia eclesiástica, se han llegado a realizar en varias
partes del mundo y que, de cierta forma, ponen en peligro la
unidad de la Iglesia.
La Encíclica del Papa es un tesoro que nos lleva a meditar y a
reflexionar sobre nuestra relación íntima con Jesucristo en la
Eucaristía, vínculo de amor y signo de caridad. Si del misterio
pascual nace la Iglesia, es decir, nosotros, nuestra es la misión
de vivir el misterio Pascual en el tiempo y en la historia donde
nos encontramos. Unámonos a la reflexión teológica y afectiva del
Santo Padre y vibremos en este momento ecuménico de nuestra
historia con una fe eucarística que ha de hacer resplandecer por
nuestras palabras y acciones la presencia permanente y resucitada
de Jesús en el mundo, hasta que todos seamos uno en el Señor (Juan
17,11).
Párroco de la comunidad de St. Catherine of Siena en Kendall y
presidente del Instituto Nacional Hispano de Liturgia.
juansosa@aol.com
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