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Anécdotas del Papa en Miami


Rogelio Zelada

“Lo que cae del cielo no hace daño”. El viejo refrán tomó un nuevo y maravilloso sentido para mí cuando el Arzobispo Edward McCarthy, desde el ambón del altar papal, anunciaba que, a causa de la tormenta, era necesario suspender la misa del Papa. Las descargas eléctricas y la fuerza de la lluvia eran responsables de que nos quedáramos sin la Eucaristía aquel 11 de septiembre de 1987. Ese día, en medio de la ducha “natural” más prolongada e intensa de mi vida, agradecí a Dios, a todos los santos y –por supuesto– a la Virgen de la Caridad, porque, de haber continuado la celebración litúrgica, hubiera tenido que “exiliarme” en Alaska o Hawai.

Bajo la protección de un amplio paraguas, Su Santidad Juan Pablo II en un momento de intenso recogimiento interior durante la ceremonia que la lluvia impediría terminar. A su lado, el asistente personal del Papa, Mons. Piero Marini. Foto: Archivo LVC

Toda liturgia papal supone una larga y cuidadosa preparación, y también una colección de anécdotas y situaciones difíciles que no suelen pasar al público dominio y que, con el tiempo, terminan por olvidarse. Con la visita de Juan Pablo II a Miami, comenzaba yo como Director Asociado en la Oficina de Liturgia de la Arquidiócesis, y me sumé al equipo de trabajo que debía cuidar cada uno de los detalles de la solemne celebración eucarística en los terrenos de la Universidad Internacional de la Florida.

Nos reunimos muchas veces con el equipo de seguridad, para que nos conocieran y nos reconocieran en el momento oportuno; para ello nos dieron  todo tipo de identificaciones y pases. Las tres identificaciones que tenía encima me daban acceso a todo el espacio litúrgico, ya que tenía que preparar el altar del Papa, colocar los cálices y el mantel, preparar y poner en su sitio todo lo que se le obsequiaría al Papa durante la presentación de los dones, además de llenar de vino los 125 cálices para la comunión del numeroso clero presente.

Un muro cubierto de hojas y orquídeas servían de fondo a la sede del Papa. Detrás, una mesa estaba destinada a recibir todos los cálices y los cestos utilizados para la comunión de los fieles. Unos días antes, ultimábamos detalles en la cocina de la parroquia de St. James. Como nos hacía falta un mantel para esa pequeña mesa (y ya no teníamos presupuesto), Dionisia, la excelente cocinera de la parroquia, nos ofreció un mantel suyo, con la ilusión de “que estuviera cerca del Papa”.

El gran altar papal llevaba un mantel diseñado en forma de funda de hilo puro, de gran calidad y tamaño, que había que poner a última hora para que estuviera inmaculadamente limpio.

En lo alto del altar, tres toldos, como velas o alas de paloma, servían de techo al santuario, un diseño hermoso para un día de sol miamense… sólo que nadie pensó que iban a servir para recoger la lluvia, pasarla de uno a otro toldo y, finalmente, dejarla caer sobre la mesa donde el Papa debía celebrar la Eucaristía.

En medio de aquel desastre,  Mons. Piero Marini, maestro de ceremonias de Juan Pablo II, me dijo: “Hay que cambiar el mantel; el santo Padre no puede celebrar en esas condiciones”. Como no tuve valor para decirle que aquél era el único mantel disponible, y que no se pensó nunca en un diluvio, le respondí –creo que al borde del infarto: “Tranquilo Monseñor, cuando termine la lluvia, cambiaré el mantel” (después de todo, la lluvia no terminó).

Cerca del altar, una construcción provisional con dormitorio, capilla y sala de recibo, iba a permitir que el Papa se revistiera y pudiera descansar un poco, una vez finalizada la liturgia. En este lugar, los Cardenales presentes movieron en peso la mesa del comedor y la arreglaron para cumplir con los deseos del Papa. Sobre la mesa de cristal y bronce se colocó el único mantel seco disponible, el mantel de Dionisia. Sobre este mantel celebró la Eucaristía Juan Pablo II para todos los que habíamos acudido ese día.

Como una delicadeza hacia tan ilustre visitante, en la cocina habían preparado un poco de todo, por si el Santo Padre apetecía comer alguna cosa. Su selección fue una ensalada de frutas frescas, de la que sólo comió la mitad.

La interrupción de la gran liturgia al aire libre fue un momento difícil y doloroso. Con grandes esfuerzos de muchas personas e instituciones se había trabajado afanosamente para preparar la celebración, con un gran coro formado por cientos de miembros de coros parroquiales. Fue necesario fabricar vestiduras, paños,  estandartes y otros aparejos.

Un grupo de personas esperaba recibir la comunión de manos del Papa, o llevarle los regalos en la procesión de los dones; y todos deseaban disfrutar de su presencia.

Momentos antes de comenzar el canto de entrada, estaba yo colocando todo lo que se iba a entregar al Papa: entre otras cosas, un ramo de rosas –todas diferentes–, una por cada nación de América, como símbolo de nuestro amor a la Santísima Virgen María; una cesta de naranjas de la Florida; una mitra, los carteles conmemorativos de su visita.

Las rosas y las naranjas, las coloqué primero, porque pensé que el agua no las dañaría. En el bolsillo del pantalón, por razones de seguridad, llevaba la botella de vino que se iba a poner en el cáliz del Santo Padre.

No pude disponer el resto de las cosas porque dos gigantescos agentes de seguridad, vestidos de negro, me impidieron el paso. Todavía no sé de dónde salieron, ni que hacían allí en ese momento, pero no me permitieron regresar a colocar el resto de los regalos, a pesar de mis identificaciones y explicaciones. En medio de la discusión salió el Papa para comenzar la Misa y se nos quedó mirando de lejos. Estuve tentado de llamarlo para ver si me daba una mano con aquellos mastodontes.

Creo que pocas veces he sentido en mi vida una angustia semejante y creo que nunca he rezado con tanta intensidad. Imaginaba las cámaras de televisión enfocando las mesas vacías y el desconcierto; la ira y la frustración de todos aquellos que con tanta alegría y entusiasmo esperaban entregar los regalos al Papa.

De una cosa estaba seguro: a aquellas personas les sería difícil aceptar y entender una falla semejante, por lo que yo tendría que desaparecer de Miami.

Por ello, cuando el arzobispo dio por terminada la liturgia después de las oraciones universales, me convertí en el hombre más feliz de la tierra. De alguna manera, todo volvía anormalmente a la normalidad. Para mí –y para todos- hubiera sido un desastre si la liturgia hubiera continuado. Ese día, la Virgen de la Caridad me salvó y dio a Miami la peculiaridad de ser el único lugar del mundo donde el papa Juan Pablo II no pudo terminar una Misa. Por muchos años, cuando recibía alguna visita del sur de la Florida, el Papa siempre les recordaba los rayos, los relámpagos, las centellas, las ráfagas y la lluvia de aquel amago de diluvio universal.