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Nosotros, los nonagenarios

Acisclo Miyares del Valle
Especial / La Voz Católica

Acabo de cumplir 90 años de edad, y, desde luego, lo mejor de ello es haber llegado: envejecí e incluso moriré, lo que prueba que existo, pues, de haberme quedado en el camino, mal podría relatar ahora mi experiencia. En primer lugar, hay que admitir que a los 90 años uno es todo un anciano: se ha llegado a una edad en que tanto el deterioro físico como el mental avanzan de forma incontenible. Un panorama que, si bien está plagado de aspectos negativos, aún permite que se saque de él algún partido.

Hay algo curioso que me viene ocurriendo desde que llegué a viejo: cada vez que me cae un año más, en vez de tener el deseo de quitármelo de encima, celebro y anuncio con júbilo su llegada, y hasta empiezo a presumir de anciano; quizá, modestia aparte, por la galanura y serenidad con que creo que encajo los que me van cayendo. Tengo la suerte de haber heredado de mis progenitores un maravilloso código genético (eso que nuestros abuelos llamaban buena sangre), que mantiene mis sentidos alerta, y me proporciona una calidad de vida, si no envidiable, al menos más que pasajera y aceptable.

Hay muchas cosas que un nonagenario de mi talante puede hacer, y otras muchas que no debemos ni intentar. Siempre que la salud nos acompañe y nuestro bolsillo no lo impida, podemos viajar, acompañados si es posible, o solos, tomando las debidas precauciones; disfrutar de los recuerdos de los lugares que han conformado nuestra vida en los años de la juventud, de los familiares y amigos de tantos años, que la diáspora cubana nos ha dispersado por el mundo; disfrutar igualmente de los amigos de la niñez, que hemos vuelto a recuperar después de medio siglo, y de los actuales, cual nos cuadre, bien comunicándonos por Internet, como suelo hacerlo, compartiendo visitas, o en las animadas y agradables charlas del café, con sus moderados refrigerios; y en fin, disfrutar del incomparable bienestar y calor de la familia, tan importante a nuestra edad; el mejor refugio y verdadero puntal que sostiene a nuestra precaria sociedad.

Lo que no podemos hacer es evidente, aunque con frecuencia lo ignoremos: no podemos dar rienda suelta a nuestros apetitos, como son el comer, en el que debe imperar la selección y moderación (frutas, vegetales y miel, en mi caso), y el beber, sin privarnos por completo del placer de hacerlo cuando nos reunimos con amigos. De fumar, ni hablar: cada pitillo es un día de vida que disolvemos en humo. El namoru –como dirían mis amigos brasileiros–, debe ser ya un recuerdo en nuestra vida. No quiere decir esto que tengamos que apartarnos del sexo opuesto, que nos continuará ilusionando y acompañando hasta la muerte; pero, eso sí, como una amistad limpia, sincera y sin lugar a equívocos, al poder prescindir de vanas pretensiones que tantas cosas lindas suelen destruir.

Hay algo que cobra singular importancia en la vejez. Me refiero a los pasatiempos o hobbies, que me han acompañado desde muy temprana edad, y que en la actualidad llenan prácticamente el 75 por ciento de mi tiempo. Empecé desde niño, coleccionando sellos. Es un pasatiempo que despertó en mí la curiosidad por viajar y conocer mundo, a la vez que me proporcionó muy buenos amigos, llevándome a seleccionar los países de mis colecciones por el grado de amistad y simpatía que me unía a cada uno de mis corresponsales. Otro pasatiempo que ha llenado varios años de mi vida es el de la música. Durante los años que viví en Río de Janeiro, me aficioné y dediqué a grabar música, en su mayor parte popular (brasileña y latinoamericana); Brasil es, probablemente, el país más musical del mundo; en cada carioca hay un músico en potencia, que se considera desdichado si no se inspira para componer su samba de carnaval todos los años. Otro pasatiempo que ocupó los muchos años de mi vida y viajes por América Latina, fue el de la fotografía: conservo unas dos mil filminas o diapositivas, clasificadas en cajas por países y temas, que me propongo revisar en la próxima década. Pero el pasatiempo que desbordó mi vida fue el ordenador o la computadora, que desde 1986 es el verdadero juguete de mi vejez, pues me permite comunicarme, prácticamente gratis, al instante y desde casa, con familiares, amigos y colegas, a la vez que pone a mi alcance, a través de Internet, todos los conocimientos que la humanidad ha sido capaz de atesorar durante seis milenios. Por imperativos de la edad, los nonagenarios estamos destinados a pasar muchas horas dentro de casa. Es importante, pues, llenar tantas y tan largas horas con algo que nos ilusione y nos ayude a vivir, y nada como la informática y la lectura, que son aun, por otra parte, perfectamente compatibles con mi edad y facultades.

Algo que tenemos que tener muy presente, es no apurarnos por nada: acelerarse a nuestra edad y tratar de romper el pausado ritmo que nos va imponiendo la naturaleza, es exponernos, cuando menos, a desequilibrios y peligrosas caídas, a molestas faltas de resuello y penosas fatigas.

La vida es bella y se puede disfrutar en todas las etapas. Cuantos más años vivo, más convencido estoy de que Dios creó este mundo maravilloso con el principal propósito de que disfrutemos y seamos felices. Si lo logramos o no, es cosa nuestra. De hecho, si uno se lo propone y no tiene desmedidas ambiciones –de lo que ya estamos curados los nonagenarios–, y nos conformamos con lo que podamos realizar dentro de nuestras posibilidades y aptitudes, no es tan difícil alcanzar la felicidad y disfrutar en paz de este Paraíso que tan magnánima y pródigamente se nos brinda.

El autor reside en Arriondas (Asturias, España).