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Los misterios de
la fe
Sentada frente a la imagen de Jesús con los brazos abiertos en el
atrio del
Centro Pastoral, escuché emocionada al arzobispo John C. Favalora:
“Es con gran alegría que les informo que el Santo Padre ha
nombrado a Monseñor Felipe Estévez como Obispo Auxiliar de Miami”.
Entre aplausos y júbilo recibimos los empleados de la
Arquidiócesis la noticia y nos dispusimos a escuchar al nuevo
Obispo Electo aceptar su nombramiento:
“Como hombre de Eucaristía,
espero ser un siervo fiel de las tradiciones de los apóstoles, de
los misterios de la fe y de todas las enseñanzas morales de la
Iglesia. Estoy comprometido a entregarme en la medida del regalo
pascual de Cristo Jesús … eso explica por qué elegí el lema ‘los
amó hasta el fin’”.
Escuchándolo, me vino a la mente otra mañana, emotiva también, en
que el Padre Estévez, mi párroco, me bendijo para la misión que
iba a emprender en pocas horas. Al otro día me iba de Miami para
realizar un sueño: entrar en la vida religiosa en Cuba, regresar
para ayudar en la evangelización de mi país, del que me había ido
a los 13 años en 1962.
Como una espada de dos filos sobre el fuego se fueron fundiendo en
mi interior dos ardientes anhelos: entregarme a Cristo y dar a
conocer su amor en Cuba, junto a las Religiosas del Sagrado
Corazón.
Cuando tomé el avión que me alejaba de Miami, la capital del
exilio –mi exilio–, sabía que el viaje que iniciaba era un
misterioso llamado de Dios; no sabía que los planes del Señor no
eran los míos. “Misterios de la fe”; cuando uno ama a Dios lo
agradece todo –hasta el sufrimiento más hondo–, porque la
verdadera paz radica en que se haga su voluntad, no la nuestra.
Pasé un año y medio en Puerto Rico, viviendo la enriquecedora
experiencia de la vida religiosa. Como postulante estuve 10 meses,
siempre esperando el permiso de entrada a Cuba para hacer allá el
noviciado. Pero el tiempo pasaba y la congregación decidió que
fuera a Chile a hacer el noviciado. Y para Chile fui. Allí estuve
un año de intensa formación religiosa, trabajo con las comunidades
de base y experiencias de Dios imposibles de olvidar. Nunca llegó
el permiso de entrada, y así, al cabo de casi tres años, regresé a
Miami, despojada de todo, pero portadora de un gran tesoro: haber
vivido el seguimiento de Jesús de forma radical; saber que hay que
darse por entero y que mi seña de identidad es el bautizo, que nos
llama a todos –religiosos y laicos– a la santidad. En mi equipaje
de peregrina traje también algo muy importante: la reconciliación
amorosa con mi identidad cubanoamericana.
Nunca olvidaré el impacto que recibí al llegar al aeropuerto de
Miami: mientras un policía de aduana revisaba rápidamente mi
maleta, escuchaba de nuevo múltiples acentos de español, el
desparpajo del spanglish y lo que percibí como una refrescante
mezcla de culturas y etnias. Y de pronto el policía americano,
cerrando mi maleta, me dijo con una sonrisa: “So, are you home
now?” Y del corazón me salió: “Yes, I’am home”.
Una de las primeras personas que fui a ver fue al Padre Estévez,
mi buen pastor de eucaristías que alimentaron por años mi hambre
de la Palabra y el Pan de Dios. ¿Cómo olvidar sus homilías, su
cuidado pastoral y, sobre todo, su profunda espiritualidad y amor
a Dios? Más de una vez le llamé, un poco en broma y en serio,
“Padre Félix Varela”.
¡Por qué extraños caminos nos conduce el Señor! El Padre Estévez
salió de Cuba a los 15 años de edad; cuando fue ordenado sacerdote,
en 1970, quiso regresar a Cuba, y el Obispo de Matanzas le dijo
que fuera a un país de América Latina, porque desde allí sería más
fácil la entrada. Y se fue a Honduras, donde pasó cuatro años
trabajando como misionero, hasta que se dio cuenta de que el
gobierno cubano nunca lo dejaría entrar. Entonces vino a Miami.
Y aquí estamos. Dos cubanoamericanos que salimos de nuestra tierra
adolescentes y deseamos de todo corazón regresar para anunciar
allá el Reino de Dios. La gran aventura. Pero el Señor de las
sorpresas, que suele escribir recto con renglones torcidos, tenía
otros planes para los dos. Lo importante es serle fiel, y en todo
amar y servir. Como nos dice San Pablo: “en todas las cosas
interviene Dios para bien de los que le aman”.
¡Felicidades, Mons. Felipe de Jesús Estévez!
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