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Cuando un comportamiento desviado
se vuelve respetable
La escritora Anne Hendershott llama la atención sobre la
influencia de los relativistas culturales que rechazan conceptos
como el bien y el mal
Zenit
San Diego, California
El 6 de agosto pasado se cumplía el décimo aniversario de la
encíclica de Juan Pablo II sobre temas de teología moral,
Veritatis Splendor. En la introducción el Papa observaba:
“Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo
hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal?”.
Era una encíclica oportuna, dada la preocupante tendencia en curso
de redefinir los comportamientos dañinos y de romper los límites
morales tradicionales. Y la tendencia ha continuado sin pausa, si
el libro publicado en 2002 por Anne Hendershott, The Politics
of Deviance (‘La política de la desviación’) sirve de prueba.
En su libro, la profesora de sociología en la Universidad de San
Diego señala: “El rechazo de los sociólogos a reconocer que hay
que hacer juicios morales cuando se discute un tema como la
desviación demuestra qué lejos está esta disciplina de sus
orígenes”.
El orden moral
Hendershott explica que, hasta tiempos recientes, los sociólogos
estaban preocupados sobre las cuestiones de orden social y el bien
común. Hasta los años 60 esto implicaba mantener que la
estabilidad social se fundaba en el orden moral. “Unido a este
concepto de orden moral está el concepto compartido de desviación,
y la voluntad de identificar los límites de un comportamiento
apropiado”, observa.
La desviación como concepto ayuda a definir el marco dentro del
cual un grupo puede desarrollar el sentido de su propia identidad
cultural y orden social. No es un proceso rígido, añade el libro.
De hecho, los desafíos a las normas existentes pueden ser
positivos, como cuando la gente se levantó contra el racismo
socialmente aceptado.
Ahora, sin embargo, se está redefiniendo la desviación. Hace 20
años, observa Hendershott, los cursos sobre desviación empezaron a
suprimirse de los programas académicos de muchas facultades de
sociología, y la mayoría de los actuales libros de texto de
sociología rechazan la idea de definir cualquier comportamiento
como desviado.
La cultura del “victimismo”
Los cambios en el ambiente académico tienen a su vez influencia en
los puntos de vista populares y de los medios. Un ejemplo está en
cómo se juzga la drogadicción. Ahora es común considerar la
adicción como “una condición en la que los consumidores de
sustancias están afectados por una enfermedad que han adquirido,
aunque no por su culpa”, comenta.
El siguiente paso, continúa Hendershott, es que los adictos
comienzan a reclamar que el consumo de drogas es un derecho humano
y que el gobierno tiene la responsabilidad de hacer que sea más
seguro para un adicto. De ahí la decisión en algunos países de
proporcionar salas de consumo –las narcosalas– con agujas limpias,
y de renunciar a cualquier intento de alejar a los adictos de sus
hábitos.
La pedofilia
Volviéndonos al tema de la pedofilia, Hendershott comenta que, al
mismo tiempo que los sacerdotes católicos estaban siendo
vilipendiados por sus abusos, algunos grupos académicos se
ocupaban afanosamente en promover lo que denominaban “intimidad
intergeneracional”. Una colección de ensayos de 1991, Male
Intergenerational Intimacy: Historical, Socio-Psychological and
Legal Perspectives (‘Intimidad masculina intergeneracional:
perspectivas históricas, socio-psicológicas y legales), fue
escrita por un conjunto de eruditos, muchos en importantes puestos
de enseñanza. En obras como ésta, los pedófilos ya no son vistos
como extravagantes, sino como “quienes cruzan la frontera”. Muchos
de los ensayos buscan normalizar prácticas sexuales de menores, al
proponer una terminología neutral que busca eliminar “el mal
juicio contra la pedofilia”.
Diagnosis y
estadísticas
En 1994 la asociación psiquiatra norteamericana revisó su
Diagnostic and Statistical Manual (Manual de diagnosis y
estadística), con lo que la pedofilia y el acto de molestar a los
niños no son ya necesariamente, en sí mismos, un indicio de
desorden psicológico. Para calificar este comportamiento como
desordenado, los acosadores deben sentirse “ansiosos” a causa de
sus actos, o “deteriorar” su trabajo o sus relaciones sociales.
Posteriormente, en 1998, un estudio publicado por la asociación
psicológica norteamericana defendía que el abuso sexual de niños
no les causa a éstos, desórdenes emocionales o problemas
psicológicos inusuales cuando llegan a ser adultos.
Otra área de comportamiento que se apunta ahora como objetivo a
cambiar es el suicidio. Quitarse uno la vida, explica Hendershott,
ha sido visto tradicionalmente como un comportamiento desviado
porque devalúa la vida humana. Pero quienes promueven la eutanasia
están tratando de cambiar las opiniones al presentar el suicidio
como un tema de “elección” y hablar del “derecho a morir”.
Y, a nivel académico, es cada vez más común hablar de dos tipos de
suicidio: aquellos que es necesario prevenir, y los suicidios “racionales”,
que deberían respetarse e incluso ayudarse. En el momento en que
fue escrito el libro, había cerca de 100,000 páginas de Internet
dedicadas al tema del suicidio.
Redefinir el lenguaje que se refiere al comportamiento humano
forma parte de una campaña mayor para cambiar la percepción,
concluye Hendershott. En el debate del suicidio, cambiar los
términos de “perturbado” o “loco” por “dignidad” o “autonomía”, es
una medida importante. Hendershott hace notar que estamos en una
época de expertos cuyos puntos de vista se promueven como más
fiables que aquellos de la moralidad tradicional y de las iglesias.
Junto a esto está la influencia de los relativistas culturales,
que piden el rechazo de conceptos como el bien y el mal.
Pero, advierte Hendershott, una sociedad que “rechaza reconocer y
sancionar negativamente actos desviados que nuestro sentido común
nos dice que son destructivos, es una sociedad que ha perdido la
capacidad de enfrentarse al mal, que tiene la capacidad de
deshumanizarnos a todos nosotros”.
Sus palabras se hacen eco de aquellas de Juan Pablo II en la
Veritatis Splendor: “Reconociendo y enseñando la existencia del
mal intrínseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece
fiel a la verdad integral sobre el hombre y, por ello, lo respeta
y promueve en su dignidad y vocación” (n. 83).
Esta misión es esencial en la sociedad de hoy, que con frecuencia
repite la pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. El Papa
observaba que hoy se pasa por alto con frecuencia el lazo de unión
entre la verdad, el bien y la libertad. Con mucha frecuencia la
verdad no se acepta, “ y se confía sólo a la libertad,
desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir
autónomamente lo que es bueno y lo que es malo” (n. 84).
Verdad y compasión
La Veritatis Splendor también trata de una objeción común a las
normas morales, a saber, que defender preceptos objetivos es con
frecuencia visto como intolerante, o que al hacerlo no se tiene en
cuenta la complejidad de una situación particular de un individuo.
Sin embargo, explica Juan Pablo II, mantener la verdad no
significa que la Iglesia carezca de compasión. La Iglesia es tanto
una madre como una maestra, y encubrir o debilitar la verdad moral
no está de acuerdo con un genuino entendimiento de la compasión.
La Encíclica también dice: “Proteger la inviolable dignidad
personal de cada hombre, ayuda a la conservación misma del tejido
social humano y a su desarrollo recto y fecundo” (n. 97). El Papa
pide que la vida personal, social y política “se base en la verdad
y que a través de ella se abra a la auténtica libertad” (n. 101). |