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La Nueva Era: Una “religión” sin Dios
“El
peligro de la Nueva Era está en su lenguaje ambiguo, y en la
confusión provocada por su integración y apropiación de usos y
expresiones tomados de todos los sistemas y expresiones
religiosas.”
El tiempo llamado de “la modernidad” nos llegó marcado por el
signo del racionalismo, el más decidido exponente de un
materialismo filosófico que llegaba con la intención de quedarse
para siempre. La modernidad fue una época en la que un ateísmo
militante se convirtió en la praxis ideológica de fuertes grupos
de poder político, que pretendían reducir a categorías científicas
todos los aspectos de la existencia y de la experiencia humana.
Durante los siglos XIX yXX, el llamado ateísmo “científico” quiso
imponerse como un decidido adversario de la fe cristiana. Durante
este tiempo, la modernidad tomó como causa propia los valores de
la “racionalidad” y la ciencia, a la vez que insistía en negar la
validez de toda expresión religiosa y, por supuesto, de la
existencia de Dios y del mundo espiritual. Un mundo que, al no ser
objeto de la ciencia, no debía preocupar al hombre moderno. Si
ante la “modernidad” la fe cristiana debió enfrentar el grito de:
“Dios no existe”, con la post-modernidad del siglo XX al XXI, los
creyentes nos encontramos con un desafío todavía mayor y una
afirmación mucho más peligrosa: “Sí, Dios existe; pero no es una
persona, sino una fuerza, una energía, un poder, una conciencia”.
Ambigua y edulcorada, la Nueva Era es un fenómeno de naturaleza
religiosa de forma imprecisa, que ha encontrado eco y eje en la
mente y en la cultura post-moderna, aburrida y cansada del
lenguaje y el debate científicos, y desencantada de las promesas
de un paraíso terrenal y humano que la ciencia y la razón nos
ofrecían hasta hace pocos años como una panacea para todos los
males.
El hombre que nace de la cultura postmoderna no parece necesitar a
Dios para nada, porque se ha acostumbrado a la idea de vivir sólo
del placer de cada día. Es aparentemente feliz, culto y divertido;
técnicamente preparado, pero, a la vez, superficial y vacío. Su
dominio de la técnica no lo ha hecho capaz de hacer que el mundo
sea una casa digna para todos, o al menos para la mayoría. Posee
un gran poder, pero lo usa desastrosamente; por eso, de su
“paraíso” personal de comodidad y abundancia quedan excluidas dos
terceras partes de la humanidad. Tiene de todo, pero a la vez es
esclavo de las cosas. El hombre postmoderno piensa y cree que es
humanista, pero su conducta es inhumana, cruel y egoísta. Su mente
está muy desarrollada, pero su corazón es estrecho, mezquino y
raquítico. Se manifiesta progresista, ecologista y abogado de los
derechos de los animales, pero a la vez defiende con pasión el
aborto y la pena de muerte, y es incapaz de una acción solidaria
en favor de los desposeídos y abandonados. Está a favor de la
libertad y los derechos humanos, pero con facilidad oprime y
esclaviza. Su mundo está lleno de mitos nacionalistas; sus héroes
y modelos los ha escogido del mundo del espectáculo, del cine, la
televisión o los deportes. Le molestan las estructuras, las
tradiciones y los compromisos, y prefiere escoger entre lo
novedosamente curioso, lo esotérico, mágico y exótico,
especialmente si le sirve para alimentar su yo interior y su
hambre de relajamiento espiritual y autocomplacencia.
Un Dios diluido en el cosmos
El fenómeno de la Nueva Era ha encontrado un marco preciso en esta
actitud típica de la postmodernidad, que viene a ser la negación
del reto cristiano, el cual nos llama a poner los pies sobre la
dura y –muchas veces– desagradable realidad de la tierra en que
vivimos, para transformarla y salvarla.
Para la Nueva Era, la historia tiene un carácter inevitable y
determinista. Sus seguidores entienden que el eje de la tierra
entra en conjunción con las eras astrológicas al girar en un
movimiento inverso a su rotación, movimiento que dura
aproximadamente 2146 años, tiempo cuando termina una era y se
inicia otra. De este modo, la era de Tauro significó el apogeo de
las religiones de la Mesopotamia; la de Aries, el del judaísmo; la
era de Piscis, o el tiempo del cristianismo, terminaría ahora para
dar comienzo a la Era de Acuario, en la que Ganimedes nos guiará a
una Nueva Era, caracterizada por la religión universal del hombre
y marcada por la unidad, la armonía, la justicia y la paz.
El creyente de la Nueva Era se sumerge en un mundo que intuye
lleno de “energía divina”. Un universo religioso en el que el Dios
Trinitario deja de ser el Dios personal, trascendente y creador –revelado
en Jesucristo, el salvador crucificado, muerto y resucitado–, para
convertirse en una fuerza o un poder.
Dios queda reducido al motor que todo lo anima y del que procede
toda la energía; un Dios diluido en el cosmos, definido en
conceptos panteístas, naturalistas y mitológicos. Los padres de la
Nueva Era tomaron diversos elementos de las religiones pre-cristianas
de la región del Ganges, y los expresaron con una mente y un
lenguaje occidentales. Dios no es un ser personal que entra en
comunión con sus hijos, sino la suma de toda la conciencia
existente en el mundo, el conocimiento. De esa manera, la Nueva
Era diviniza el mundo, el universo, los planetas y las estrellas;
Dios es la naturaleza que se manifiesta en un conjunto de fuerzas
perfectamente armonizadas. (Dios no es el creador del mundo, sino
que éste es increado, eterno y autosuficiente.)
Junto con los animales, plantas y astros, también el hombre es un
ser capaz de alcanzar la divinización mediante la meditación y el
desarrollo de la conciencia llamada “crística”. Este proceso se
realiza en tres etapas, que van desde afirmar que “Dios está
dentro de mí”, a reconocer que “Dios y yo somos la misma
conciencia”, para concluir con que “yo soy Dios”.
No se acepta la realidad del pecado, sino la existencia de un
“conocimiento imperfecto” en personas cuya “conciencia todavía no
se ha desarrollado”; no se habla de pecadores, sino de personas
con “imperfecciones causadas por la falta de evolución del
individuo”, deficiencias que se superan a través de la toma de
conciencia de su “yo soy”.
Todo queda reducido a vibraciones buenas o malas que hay que
recibir o rechazar. La amistad es sólo una coincidencia de ondas vibratorias.
Los afectos y las pasiones son resultado de vibraciones de diversa
frecuencia.
La Nueva Era enseña que para vivir con equilibrio y “armonía”, la
conciencia se debe conectar con la madre tierra –es decir, con
Gaia, la diosa-madre naturaleza– por lo que vive en una exagerada
fascinación por lo “natural”, que “resacraliza” la tierra y
convierte la naturaleza en un misterioso “tejido”, animado por un
fuego secreto que los humanos pueden controlar a través de la
expansión de la conciencia planetaria.
La Nueva Era cree que el destino de una persona depende de ese
“tejido” que la une a una causalidad universal extendida hasta la
más lejana de las estrellas. Para conocer el futuro, emplea todo
tipo de artes adivinatorias o mancias: el Tarot, las runas, las
cartas españolas, la astrología, la lectura de las heces del café
o del te, la numerología, los biorritmos, la magia, etc.
Su pasión por la naturaleza la hace desconfiar de la ciencia.
Prefiere los cristales, las piedras, las hierbas, los amuletos, la
medicina de contacto, las palabras sanadoras, el agua, el culto al
sol, las tierras milagrosas, la urinoterapia, el fuego sagrado,
las energías sanadoras que se reciben en ciertos lugares, alturas,
monumentos, días o momentos del año.
Para los seguidores de la Nueva Era, el alma reencarna de cuerpo
en cuerpo en un ciclo de diversas vidas terrenas, hasta llegar a
su plena divinización. El objetivo de cada etapa deberá ser llegar
a un estado vibracional más elevado, en que la responsabilidad
personal en la construcción del bien común es inexistente y
cualquier otro sentido comunitario desaparece. La espiritualidad
se convierte en la búsqueda de un “sentirse bien”, y la oración en
una terapia de autoliberación para la que son convenientes todas
las técnicas orientales, como el yoga, el zen, el taichí, etc.
El peligro
El peligro de la Nueva Era está en su lenguaje ambiguo, y en la
confusión provocada por su integración y apropiación de usos y
expresiones tomados de todos los sistemas y expresiones religiosas.
Los ángeles, mensajeros de Dios en la tradición cristiana, son
para la Nueva Era poderosas fuerzas, guías o entidades invocados a
la hora de tomar decisiones y para lograr el control de la vida
profesional o personal. Jesús de Nazaret no es más que una de las
muchas figuras históricas que en su momento fueron percibidas como
“Maestros Universales”, junto a Buda, Mahoma, etc., en quienes se
manifestó la energía divina, la energía o naturaleza “crística”.
El título de “Cristo” significa la realización celeste y divina
del individuo, al llegar éste a un estado de conciencia superior y
perfecta, en la que es capaz de percibirse a sí mismo como divino.
Todo es útil para la nueva era: el Feng Shiu, el Jardín de
Findhorn, las prácticas antiguas egipcias, la cábala, el sufismo,
las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia
medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen y el
espiritismo.
La Nueva Era mezcla la acupuntura, la quiropráctica, la
kinesiología, la homeopatía, la iridiología, los masajes, la
reflexología, las terapias nutricionales, las comidas vegetarianas,
la sanación psíquica, las medicinas a base de hierbas; la sanación
mediante cristales, metales, piedras, música o colores; las
terapias de reencarnación, los viajes astrales, los programas de
doce pasos y los grupos de autoayuda. Todo cabe dentro de esta
corriente panteísta y gnóstica, que va desde la hipnosis y el
mundo de los espíritus, la música relajante, los objetos voladores
no identificados, hasta las ondas energéticas de las pirámides.
Con sus seguidores podemos coincidir en afirmar que el ser humano
está hecho para la felicidad, y también compartir la esperanza de
un mundo nuevo y mejor, pero no mucho más. La Nueva Era es, quizás,
uno de los mayores retos para los cristianos del siglo XXI. Este
“supermercado espiritual” permite a sus seguidores escoger lo que
más les guste de las diversas expresiones religiosas disponibles,
para componer una especie de “religión a la carta”, hecha a la
medida de cada cual, pero donde no cabe la realidad del prójimo y
del necesitado.
La Nueva Era ofrece una nueva religiosidad muy atrayente y
colorida, pero carente de toda preocupación por los abandonados,
los desposeídos, los marginados y los más pobres de la tierra.
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