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La Nueva Era: Una “religión” sin Dios

 “El peligro de la Nueva Era está en su lenguaje ambiguo, y en la confusión provocada por su integración y apropiación de usos y expresiones tomados de todos los sistemas y expresiones religiosas.”

Rogelio Zelada

El tiempo llamado de “la modernidad” nos llegó marcado por el signo del racionalismo, el más decidido exponente de un materialismo filosófico que llegaba con la intención de quedarse para siempre. La modernidad fue una época en la que un ateísmo militante se convirtió en la praxis ideológica de fuertes grupos de poder político, que pretendían reducir a categorías científicas todos los aspectos de la existencia y de la experiencia humana. Durante los siglos XIX yXX, el llamado ateísmo “científico” quiso imponerse como un decidido adversario de la fe cristiana. Durante este tiempo, la modernidad tomó como causa propia los valores de la “racionalidad” y la ciencia, a la vez que insistía en negar la validez de toda expresión religiosa y, por supuesto, de la existencia de Dios y del mundo espiritual. Un mundo que, al no ser objeto de la ciencia, no debía preocupar al hombre moderno. Si ante la “modernidad” la fe cristiana debió enfrentar el grito de: “Dios no existe”, con la post-modernidad del siglo XX al XXI, los creyentes nos encontramos con un desafío todavía mayor y una afirmación mucho más peligrosa: “Sí, Dios existe; pero no es una persona, sino una fuerza, una energía, un poder, una conciencia”.

Ambigua y edulcorada, la Nueva Era es un fenómeno de naturaleza religiosa de forma imprecisa, que ha encontrado eco y eje en la mente y en la cultura post-moderna, aburrida y cansada del lenguaje y el debate científicos, y desencantada de las promesas de un paraíso terrenal y humano que la ciencia y la razón nos ofrecían hasta hace pocos años como una panacea para todos los males.

El hombre que nace de la cultura postmoderna no parece necesitar a Dios para nada, porque se ha acostumbrado a la idea de vivir sólo del placer de cada día. Es aparentemente feliz, culto y divertido; técnicamente preparado, pero, a la vez, superficial y vacío. Su dominio de la técnica no lo ha hecho capaz de hacer que el mundo sea una casa digna para todos, o al menos para la mayoría. Posee un gran poder, pero lo usa desastrosamente; por eso, de su “paraíso” personal de comodidad y abundancia quedan excluidas dos terceras partes de la humanidad. Tiene de todo, pero a la vez es esclavo de las cosas. El hombre postmoderno piensa y cree que es humanista, pero su conducta es inhumana, cruel y egoísta. Su mente está muy desarrollada, pero su corazón es estrecho, mezquino y raquítico. Se manifiesta progresista, ecologista y abogado de los derechos de los animales, pero a la vez defiende con pasión el aborto y la pena de muerte, y es incapaz de una acción solidaria en favor de los desposeídos y abandonados. Está a favor de la libertad y los derechos humanos, pero con facilidad oprime y esclaviza. Su mundo está lleno de mitos nacionalistas; sus héroes y modelos los ha escogido del mundo del espectáculo, del cine, la televisión o los deportes. Le molestan las estructuras, las tradiciones y los compromisos, y prefiere escoger entre lo novedosamente curioso, lo esotérico, mágico y exótico, especialmente si le sirve para alimentar su yo interior y su hambre de relajamiento espiritual y autocomplacencia.

 

Un Dios diluido en el cosmos

El fenómeno de la Nueva Era ha encontrado un marco preciso en esta actitud típica de la postmodernidad, que viene a ser la negación del reto cristiano, el cual nos llama a poner los pies sobre la dura y –muchas veces– desagradable realidad de la tierra en que vivimos, para transformarla y salvarla.

Para la Nueva Era, la historia tiene un carácter inevitable y determinista. Sus seguidores entienden que el eje de la tierra entra en conjunción con las eras astrológicas al girar en un movimiento inverso a su rotación, movimiento que dura aproximadamente 2146 años, tiempo cuando termina una era y se inicia otra. De este modo, la era de Tauro significó el apogeo de las religiones de la Mesopotamia; la de Aries, el del judaísmo; la era de Piscis, o el tiempo del cristianismo, terminaría ahora para dar comienzo a la Era de Acuario, en la que Ganimedes nos guiará a una Nueva Era, caracterizada por la religión universal del hombre y marcada por la unidad, la armonía, la justicia y la paz.

El creyente de la Nueva Era se sumerge en un mundo que intuye lleno de “energía divina”. Un universo religioso en el que el Dios Trinitario deja de ser el Dios personal, trascendente y creador –revelado en Jesucristo, el salvador crucificado, muerto y resucitado–, para convertirse en una fuerza o un poder.

Dios queda reducido al motor que todo lo anima y del que procede toda la energía; un Dios diluido en el cosmos, definido en conceptos panteístas, naturalistas y mitológicos. Los padres de la Nueva Era tomaron diversos elementos de las religiones pre-cristianas de la región del Ganges, y los expresaron con una mente y un lenguaje occidentales. Dios no es un ser personal que entra en comunión con sus hijos, sino la suma de toda la conciencia existente en el mundo, el conocimiento. De esa manera, la Nueva Era diviniza el mundo, el universo, los planetas y las estrellas; Dios es la naturaleza que se manifiesta en un conjunto de fuerzas perfectamente armonizadas. (Dios no es el creador del mundo, sino que éste es increado, eterno y autosuficiente.)

Junto con los animales, plantas y astros, también el hombre es un ser capaz de alcanzar la divinización mediante la meditación y el desarrollo de la conciencia llamada “crística”. Este proceso se realiza en tres etapas, que van desde afirmar que “Dios está dentro de mí”, a reconocer que “Dios y yo somos la misma conciencia”, para concluir con que “yo soy Dios”.

No se acepta la realidad del pecado, sino la existencia de un “conocimiento imperfecto” en personas cuya “conciencia todavía no se ha desarrollado”; no se habla de pecadores, sino de personas con “imperfecciones causadas por la falta de evolución del individuo”, deficiencias que se superan a través de la toma de conciencia de su “yo soy”.

Todo queda reducido a vibraciones buenas o malas que hay que recibir o rechazar. La amistad es sólo una coincidencia de ondas vibratorias. Los afectos y las pasiones son resultado de vibraciones de diversa frecuencia.

La Nueva Era enseña que para vivir con equilibrio y “armonía”, la conciencia se debe conectar con la madre tierra –es decir, con Gaia, la diosa-madre naturaleza– por lo que vive en una exagerada fascinación por lo “natural”, que “resacraliza” la tierra y convierte la naturaleza en un misterioso “tejido”, animado por un fuego secreto que los humanos pueden controlar a través de la expansión de la conciencia planetaria.

La Nueva Era cree que el destino de una persona depende de ese “tejido” que la une a una causalidad universal extendida hasta la más lejana de las estrellas. Para conocer el futuro, emplea todo tipo de artes adivinatorias o mancias: el Tarot, las runas, las cartas españolas, la astrología, la lectura de las heces del café o del te, la numerología, los biorritmos, la magia, etc.

Su pasión por la naturaleza la hace desconfiar de la ciencia. Prefiere los cristales, las piedras, las hierbas, los amuletos, la medicina de contacto, las palabras sanadoras, el agua, el culto al sol, las tierras milagrosas, la urinoterapia, el fuego sagrado, las energías sanadoras que se reciben en ciertos lugares, alturas, monumentos, días o momentos del año.

Para los seguidores de la Nueva Era, el alma reencarna de cuerpo en cuerpo en un ciclo de diversas vidas terrenas, hasta llegar a su plena divinización. El objetivo de cada etapa deberá ser llegar a un estado vibracional más elevado, en que la responsabilidad personal en la construcción del bien común es inexistente y cualquier otro sentido comunitario desaparece. La espiritualidad se convierte en la búsqueda de un “sentirse bien”, y la oración en una terapia de autoliberación para la que son convenientes todas las técnicas orientales, como el yoga, el zen, el taichí, etc.

El peligro

El peligro de la Nueva Era está en su lenguaje ambiguo, y en la confusión provocada por su integración y apropiación de usos y expresiones tomados de todos los sistemas y expresiones religiosas. Los ángeles, mensajeros de Dios en la tradición cristiana, son para la Nueva Era poderosas fuerzas, guías o entidades invocados a la hora de tomar decisiones y para lograr el control de la vida profesional o personal. Jesús de Nazaret no es más que una de las muchas figuras históricas que en su momento fueron percibidas como “Maestros Universales”, junto a Buda, Mahoma, etc., en quienes se manifestó la energía divina, la energía o naturaleza “crística”. El título de “Cristo” significa la realización celeste y divina del individuo, al llegar éste a un estado de conciencia superior y perfecta, en la que es capaz de percibirse a sí mismo como divino.

Todo es útil para la nueva era: el Feng Shiu, el Jardín de Findhorn, las prácticas antiguas egipcias, la cábala, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen y el espiritismo.

La Nueva Era mezcla la acupuntura, la quiropráctica, la kinesiología, la homeopatía, la iridiología, los masajes, la reflexología, las terapias nutricionales, las comidas vegetarianas, la sanación psíquica, las medicinas a base de hierbas; la sanación mediante cristales, metales, piedras, música o colores; las terapias de reencarnación, los viajes astrales, los programas de doce pasos y los grupos de autoayuda. Todo cabe dentro de esta corriente panteísta y gnóstica, que va desde la hipnosis y el mundo de los espíritus, la música relajante, los objetos voladores no identificados, hasta las ondas energéticas de las pirámides.

Con sus seguidores podemos coincidir en afirmar que el ser humano está hecho para la felicidad, y también compartir la esperanza de un mundo nuevo y mejor, pero no mucho más. La Nueva Era es, quizás, uno de los mayores retos para los cristianos del siglo XXI. Este “supermercado espiritual” permite a sus seguidores escoger lo que más les guste de las diversas expresiones religiosas disponibles, para componer una especie de “religión a la carta”, hecha a la medida de cada cual, pero donde no cabe la realidad del prójimo y del necesitado.

La Nueva Era ofrece una nueva religiosidad muy atrayente y colorida, pero carente de toda preocupación por los abandonados, los desposeídos, los marginados y los más pobres de la tierra.