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A merced de la tempestad
Discurso que pronunció Juan Pablo II el 14 de noviembre al
recibir en el Aula Pablo VI del Vaticano a los participantes en
la XVIII Conferencia Internacional sobre “La depresión”,
promovida por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud.
El encuentro congregó a 600 expertos médicos, laicos
comprometidos y hombres de Iglesia para afrontar la situación de
340 millones de personas en todo el mundo que padecen depresión,
enfermedad que en el peor de los casos puede llevar al suicidio,
con la pérdida de un millón de vidas al año.
Manifiesto mi reconocimiento a quienes se dedican al servicio de
los enfermos de depresión, ayudándoles a conservar la confianza en
la vida. Este reconocimiento se extiende también, por supuesto, a
las familias que acompañan con cariño y delicadeza a su familiar
querido.
Vuestras sesiones de trabajo han mostrado los diferentes aspectos
de la depresión en su complejidad: van desde la enfermedad
profunda, más o menos duradera, hasta un estado pasajero, ligado a
acontecimientos difíciles –conflictos conyugales y familiares,
graves problemas laborales, estados de soledad–, que comportan una
fisura o una ruptura en las relaciones sociales, profesionales,
familiares. La enfermedad es acompañada con frecuencia por una
crisis existencial y espiritual, que lleva a dejar de percibir el
sentido de la vida.
La difusión de los estados depresivos es preocupante. Se
manifiestan fragilidades humanas, psicológicas y espirituales, que
al menos en parte son inducidas por la sociedad. Es importante ser
conscientes de las repercusiones que tienen los mensajes
transmitidos por los medios de comunicación sobre las personas, al
exaltar el consumismo, la satisfacción inmediata de los deseos, la
carrera a un bienestar material cada vez mayor. Es necesario
proponer nuevos caminos para que cada uno pueda construir la
propia personalidad, cultivando la vida espiritual, fundamento de
una existencia madura. La participación entusiasta en las Jornadas
Mundiales de la Juventud demuestra que las nuevas generaciones
buscan a Alguien que pueda iluminar su camino cotidiano, dándoles
razones de vida y ayudándoles a afrontar las dificultades.
Vosotros lo habéis subrayado: la depresión es siempre una prueba
espiritual. El papel de quienes atienden a una persona deprimida
sin una función específicamente terapéutica consiste sobre todo en
ayudarla a recuperar la propia estima, la confianza en sus
capacidades, el interés por el futuro, las ganas de vivir. Por eso,
es importante tender la mano a los enfermos, hacerles percibir la
ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida en
la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos, en una
palabra, dignos de amar y de ser amados. Para ellos, al igual que
para cualquier otra persona, contemplar a Cristo y dejarse “guiar”
por Él es la experiencia que les abre a la esperanza y les lleva a
optar por la vida (Cf. Deuteronomio 30, 19).
En el camino espiritual, la lectura y la meditación de los Salmos,
en los que el autor sagrado expresa en oración sus alegrías y
angustias, puede ser de gran ayuda. El rezo del Rosario permite
encontrar en María una Madre cariñosa que enseña a vivir en Cristo.
La participación en la Eucaristía es manantial de paz interior, ya
sea por la eficacia de la Palabra y del Pan de Vida, ya sea para
la integración en la comunidad eclesial. Si bien a la persona
deprimida le cuesta un gran esfuerzo lo que a los demás parece ser
algo sencillo y espontáneo, es necesario ayudarla con paciencia y
delicadeza, recordando la advertencia de santa Teresa del Niño
Jesús: “Los pequeños dan pasos pequeños”.
En su amor infinito, Dios está siempre cerca de los que sufren. La
enfermedad depresiva puede ser un camino para descubrir otros
aspectos de uno mismo y nuevas formas de encuentro con Dios.
Cristo escucha el grito de quienes se encuentran en una barca a la
merced de la tempestad (Cf. Marcos 4, 35-41). Está presente junto
a ellos para ayudarles en la travesía y para guiarles hacia el
puerto de la serenidad recuperada.
El fenómeno de la depresión recuerda a la Iglesia y a toda la
sociedad la importancia de proponer a las personas, especialmente
a los jóvenes, figuras y experiencias que les ayuden a crecer a
nivel humano, psicológico, moral y espiritual. La ausencia de
puntos de referencia contribuye a crear personalidades más
frágiles, llevando a pensar que todos los comportamientos son
iguales. Desde este punto de vista, el papel de la familia, de la
escuela, de los movimientos juveniles, de las asociaciones
parroquiales es muy importante a causa de la repercusión que
tienen en la formación de la personas.
También es significativo el papel de las instituciones públicas
para asegurar condiciones de vida dignas, en particular, a las
personas abandonadas, enfermas, ancianas. Son igualmente
necesarias las políticas para la juventud, que ofrezcan a las
nuevas generaciones motivos de esperanza, preservándolas del vacío
o de otros peligros. Queridos amigos: alentándoos a renovar
vuestro compromiso en un trabajo tan importante junto a los
hermanos y hermanas afectados por la depresión, os confío a la
intercesión de María Santísima, Salus infirmorum. Que cada persona
y cada familia pueda sentir su materna ayuda en los momentos de
dificultad. A todos vosotros, a vuestros colaboradores y a
vuestros seres queridos os imparto de corazón la bendición
apostólica.
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