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En esta Navidad, ocupémonos más del Regalo
que de los regalos
Queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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En época de Navidad, la palabra es “regalo”. Pero, de algún modo,
nos olvidamos de que la Palabra fue el mayor de los regalos que
hemos recibido.
Invertimos demasiadas horas en preocuparnos de qué regalos vamos a
comprar para los demás.
Nuestros pies se agotan de recorrer los centros comerciales en
busca de los regalos apropiados para nuestros seres queridos.
Gastamos demasiado dinero en comprar esos regalos.
Al final, nos negamos a ofrecer el mayor regalo de todos: nosotros
mismos.
Del mismo modo que Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, fue un
regalo para toda la humanidad, nosotros somos regalos unos para
otros. Los padres saben que sus hijos son regalos inapreciables de
Dios, pero con frecuencia no les demuestran ese aprecio. En vez de
ello, se empeñan en censurarles lo que hacen mal: Johnny no presta
atención en la escuela. Judy es rebelde. Jimmy es todo un dolor de
cabeza en el baño.
De manera semejante, los hijos no siempre aprecian el regalo que
son sus padres. Nos regañan, se quejan, pelean, siempre están
trabajando, nunca están en la casa. Sólo cuando un padre pierde un
hijo, o un hijo pierde un padre, se aprecia verdaderamente el
regalo que son unos para otros. Lo mismo puede decirse de los
hermanos y las hermanas. Bajo la tradicional rivalidad de los
hermanos subyace un profundo amor y aprecio por el don de tener
una relación fraternal para toda la vida, un confidente seguro, un
compañero de travesuras: alguien a quien extrañaremos
profundamente si un día llegara a no estar junto a nosotros.
Esposos y esposas comienzan viéndose el uno a la otra como un
regalo mutuo, hasta que los altibajos de la vida cotidiana le
cobran su precio a la ilusión del romance. Pero cuando el
compañero o la compañera de toda la vida muere, el que sobrevive
suele darse cuenta de cuán profundamente los habían unido esos
mismos afanes cotidianos, tal como se unen las dos mitades de un
todo.
¿Por qué nos cuesta tanto el darnos cuenta del valor de todos
estos regalos que tenemos con nosotros, tan gratuitos como
imposibles de valorar, únicos e irremplazables?
Tal vez si les dedicáramos más atención y tiempo a estos regalos,
la Navidad no sería una época de tanta presión para todos. Quizás
si enfocásemos nuestra atención en el mayor regalo de todos los
tiempos, Emmanuel, el Verbo de Dios vivo entre nosotros, nuestras
vidas no sufrirían tanta tensión.
Jesús es el regalo que justifica el regalar. Es el hermano, el
amigo, el modelo de comportamiento, el salvador, el que nos da
coraje cuando desfallecemos y esperanza cuando desesperamos; el
que comparte nuestra carga, y el que nos levanta cuando caemos.
Es grato recordar que “Jesús es la razón de ser de la estación”.
Pero hay que hacer algo con esta frase. En vez de una resolución
de Año Nuevo, ¿por qué no formular una resolución de Navidad: la
de hacernos más presentes para aquellos a quienes amamos?
Y pongamos esto en términos concretos: dedicaré media hora más
todos los días a mis hijos, o a mis padres, o a mi cónyuge. Diré
todos los días algo que recuerde a quienes amo –y a mí mismo– lo
importante que es para mí el regalo de tenerlos.
Y haré lo mismo con Jesús, ocupándome de orar todas las mañanas y
todas la noches, yendo diariamente a Misa, rezando el rosario.
Si nos enfocamos más en el Regalo que en los regalos, la Navidad
puede ser un sorprendente recordatorio de cuántas bendiciones
hemos recibido durante todo el año. Amamos y somos amados, no sólo
por nuestras familias y nuestros amigos, sino también por el mayor
Amor de todos, el de nuestro Padre celestial, que amó tanto al
mundo que entregó a su Hijo único como regalo para toda la
humanidad.
Tengan todos ustedes, y sus familias, una Navidad verdaderamente
bendita, y un Año Nuevo lleno del amor del Señor.
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