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La Navidad, el pan nuestro de cada día

Padre Juan J. Sosa

Liturgia de las Horas I, correspondiente al Tiempo de Adviento y Navidad.

Se escuchan las campanas que anuncian el nacimiento del Salvador. Más importante aún, se escucha el eco de los profetas que anunciaron la esperanza de un pueblo peregrino que, por siglos, se mantuvo en la diáspora anhelando la llegada del Mesías. Y en un pesebre humilde, arrullado por estrellas, nace de una Virgen pura y delante de un padre adoptivo, Emmanuel, el Esperado, el Niño Jesús, el Salvador, el Rey de Reyes. En el texto tan conocido que proclama el evangelio de San Juan, éste es el Verbo hecho carne, la Palabra de Dios que sella la promesa de la Alianza, Su Propio Hijo (“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”). A Él lo envía al mundo y a la historia para redimir y rescatar lo perdido y desviado por la desobediencia y el pecado. Por Él nos convertimos en Iglesia para crecer en el camino de la salvación, y en Él nos ofrecemos en cada Sacramento, sobre todo en cada Eucaristía, como una ofrenda digna y agradable, sumamente agradecidos por el mejor regalo que pudiéramos compartir en este tiempo: el tesoro de la fe.

 

Amor divino y amor humano

En el tiempo del Adviento, cuatro semanas antes de la Navidad, nos preparamos para celebrar este acontecimiento tan importante, que nos muestra el Amor divino transformado en Amor humano y redentor. Especialmente, ocho días antes del 24 de diciembre –la vigilia de la Navidad–, la Iglesia señala en su liturgia un período de preparación más íntimo, que acrecienta la urgencia del mensaje de la temporada, para avivar el corazón de los cristianos y contemplarlo como el terreno fértil donde crece la Palabra de Dios, como buena semilla, y de donde se ha de cosechar nuevos sentimientos y acciones en pro de la justicia y de la paz. ¿En qué consiste esta octava preparatoria a la Pascua Navideña? ¿De qué manera la ha celebrado y la celebra la Iglesia?

Como en otros tiempos litúrgicos (Semana Santa, por ejemplo), en estos ocho días se vislumbra con claridad la relación entre la liturgia y la piedad popular de la Iglesia.

 

La liturgia a partir del 17 de diciembre

Las lecturas que en la Eucaristía se seleccionan para este tiempo señalan consistentemente cuán ansioso vive el pueblo por la paz que acompaña la llegada del Salvador. En Él se cumplen las promesas que Dios le hiciera desde que estableciera su Alianza con Abrahán, con Moisés, y con los Reyes. Más allá de la ansiedad primaria de los textos bíblicos, aparecen los personajes clásicos de esta temporada, que nos confirman la presencia de Dios en la historia: Juan, el Bautista, quien desde el desierto nos invita a preparar el camino del Señor; María, la Virgen Madre, que responde a la llamada de Dios sin titubeos; y el propio pueblo, que crece en la esperanza y confía más en el Señor.

La luz que brota de la corona del Adviento ya casi ha completado su ciclo, reflejado por los cirios que se han ido prendiendo durante varias semanas; en conjunto, su presencia en el santuario comienza a anunciar el amor incondicional que Dios tiene con cada uno de nosotros por medio de Jesús.

Por otro lado, la tradición monástica medieval, donde se concentró por siglos el tesoro de la liturgia de la Iglesia, manifiesta la intensidad teológica de esta octava en la Liturgia de las Horas. La Iglesia, en una catequesis continua durante estos días, insiste, por medio de los textos bíblicos y patrísticos de las horas del día, en el anuncio de la salvación: las lecturas escogidas para la primera hora, indican claramente el cumplimiento de las promesas de Dios en la llegada del Mesías; las reflexiones de los Padres de la Iglesia y de otros escritores posteriores subrayan el papel de la Virgen María en este momento crítico de la historia de la salvación (entre otros, San Ireneo, San Hipólito, San Ambrosio, San Agustín, y San Bernardo abad,); y, sobre todo, las Antífonas de la Hora de la Tarde (Vísperas) que introducen el canto del Magnificat (Canto de María), conocidas como las “Antífonas Oh”, muestran una riqueza excepcional, ya que van enlazando la relación del misterio de la Encarnación con la historia de la salvación que le precede, mostrando así, como en crescendo, Quién es el Dios invisible que se ha hecho visible como Emmanuel (Dios-con-nosotros). Los siguientes textos nos lo afirman:

17 de diciembre: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación.

18 de diciembre: Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.

19 de diciembre: Oh Renuevo del Tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.

20 de diciembre: Oh Llave de David y Cetro de la Casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en obras de muerte.

21 de diciembre: Oh Sol que Naces de lo Alto, resplandor de la luz eterna, sol de justicia, ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.

22 de diciembre: Oh Rey de las Naciones y Deseado de los Pueblos, piedra angular de la Iglesia que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

23 de diciembre: Oh Emmanuel, Rey y Legislador Nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro.

24 de diciembre: las tres primeras horas del día nos invitan a alzar nuestros ojos ante la salvación que se acerca. Es el anticipo de las Vísperas de la Navidad, que culminan más adelante con la Misa del Gallo.

Para la liturgia de la Iglesia, reflejada, entre otros sitios y momentos, en la Liturgia de las Horas durante esta octava, Jesús –Emmanuel– es el Hijo de Dios, que se hizo carne (no idea o concepto), uno de nosotros en todo menos en el pecado, para rescatarnos del mal y mostrarnos el camino de la verdadera felicidad, que brota del interior del corazón humano y no de las apariencias materiales o externas, a las que a veces nos inclinamos. Dios nos sigue hablando a través de Él, que vive en la Iglesia para ayudarnos a ser ofrenda visible y continua al Padre en comunión con el Espíritu Santo, como lo fuera Él mismo en el ara de la Cruz. Él nos llama a la conversión, a un cambio de corazón y de costumbres, a la construcción del Reino.

 

Lo popular de la Octava

¿Habrá sido resultado de la predicación misionera de la Iglesia a través de los siglos, o quizás resultado de la intuición religiosa de los pueblos que, a pesar de vivir separados de la liturgia oficial, celebraban su fe casi al mismo ritmo del Año Litúrgico? No lo sabemos.

Lo que sí sabemos y palpamos es que, al margen de la intensidad teológico-catequética que la Liturgia de las Horas provee durante esta octava al final del Adviento, existe una intensidad celebrativa del misterio de la Encarnación que los pueblos han asumido y que encierra, en sí, una teología enriquecedora. Es una teología popular transformada en drama, gesto y canción, que adquiere un matiz particular dentro del marco universal de la liturgia de la Iglesia. Es una expresión mimética (representativa) de fe viva ante el misterio del Verbo encarnado en el seno de la Virgen, que nace en Belén para ser luz en medio de las sombras que nos rodean. Es la semilla del Verbo, que necesita brotar del propio pueblo durante estos ocho días para anunciar en sus expresiones populares la victoria del amor sobre el odio, y la llamada a la paz como fruto de la justicia. Y aunque todavía no es Navidad, durante esta octava final del Adviento no hay directrices litúrgicas que puedan detener los cantos, los gestos y las representaciones dramáticas del Evangelio que, de por sí, se han convertido simultáneamente en espacios de preparación y de celebración antes de las fiestas; entre otras:

Las pastorelas, dramatizaciones que narran el misterio de la Encarnación en términos populares. Muy comunes en México, se unen a las posadas como formas de expresión simbólica por las que el pueblo identifica la pobreza de la Sagrada Familia con sus propias necesidades, indicando la riqueza de Aquel que ha de nacer y que necesita una posada digna. No importa si los seres humanos no le dan posada física al Salvador. Aunque nazca en un pesebre, rodeado de animales, al arrullo de los ángeles, la Palabra de Dios (Jesús) nace en el corazón de una familia y tiene que renacer en el corazón de todos los que lo conocen y le buscan. Extendidas por América Central y muchas otras partes, incluso en los Estados Unidos en comunidades hispanas y bilingües, las posadas nos muestran a un pueblo peregrino que marcha unido en la fe y en el amor de Jesús.

Unidas a las pastorelas y posadas, también en el Caribe y en la costa norte de América del Sur se conocen los aguinaldos, celebraciones eucarísticas que durante esta octava, desde la aurora, congregan a los fieles para agradecer el regalo de Jesús y fomentar aún más la fraternidad de los presentes durante el desayuno familiar que, de rigor, les ofrece en su casa uno de las familias de la comunidad después de cada Misa. La Eucaristía, como vínculo de amor, promueve que los participantes experimenten los lazos familiares que han de prepararlos más íntimamente para celebrar la Navidad.

Las mejores melodías y los ritmos más típicos acompañan estos momentos celebrativos, como si el Niño Jesús y toda la Sagrada Familia asumieran, en los símbolos de cada cultura, un rostro específico y peculiar. En sus propios villancicos, cada pueblo recuerda el verdadero sentido de la llegada del Señor y derrama su alegría cultural en los textos que la expresan (“Hacia Belén se encamina María con…Alegría, Alegría, Alegría”). Por ello, son campanitas cubanas las que se oyen en Belén; junto a ellas, las cuerdas del cuatro puertorriqueño hacen cantar a los fieles en una forma repetitiva y contagiosa; y a ellos se unen los tambores que acompañan la letra del villancico venezolano que, con un tono gentil y arrogante a la vez, se atreve a proclamar: “Si la Virgen fuera andina y San José de los llanos, el Niño Jesús sería un niño venezolano”. Es, sin embargo, el villancico contemporáneo dominicano el que resume el mayor desafío para los fieles en esta época de aguinaldos, porque brota de un corazón lleno de fe que ha de transformar la alegría de esta octava en una oración profunda y continua. A la guitarra se unen las voces que proclaman la Navidad como un acontecimiento continuo en la vida de todos los cristianos: “Que la Navidad sea el pan nuestro de cada día”.

Tanto los Cantos en sí como las celebraciones expuestas, han de necesitar siempre el alimento que, conjuntamente, la Palabra y los Sacramentos de la Iglesia proveen. Es imprescindible, sin embargo, que no las ignoremos como si fuesen patrimonio incompleto de una fe débil y poco educada de nuestros pueblos; por el contrario, al ignorarlas ignoramos el sensu fidelium (el sentir de los fieles), que tanto respeta la liturgia. Es importante que asumamos tanto el fervor como la tradición de estas celebraciones populares, para dirigirlas hacia la Palabra y la Eucaristía, por las que se han de nutrir con lo mejor que la teología de la liturgia les puede ofrecer. De ahí, el matrimonio necesario de la liturgia con la piedad popular en este tiempo.

La piedad popular auténtica, según las instrucciones de Pablo VI y Juan Pablo II, afirma que la mímesis popular –es decir, las diversas representaciones populares del misterio salvífico– puede servir como una puerta hacia la verdadera anámnesis (la comprensión del memorial que le da sentido a la celebración, es decir, el marco teológico-pascual de donde surgen las representaciones y que, a fin de cuentas, se convierten en el objetivo de las mismas).

Abracemos y transformemos con cuidado pastoral las expresiones de nuestros pueblos, para que, junto a la liturgia, se conviertan en expresiones auténticas de la tradición espiritual de la Iglesia. Celebremos esta octava en cada parroquia, e invitemos a que diferentes grupos culturales compartan el tesoro de estas costumbres locales después de celebrar las Vísperas de la Iglesia, que encierran el tesoro litúrgico de la tradición en sus Antífonas. Seamos un puente que sirva de evangelización y de renovación para todos los que comparten este tiempo de fe, de esperanza y de amor.

La liturgia oficial y la piedad popular en el Adviento y en la Navidad: diferentes y, a la vez, muy unidas por el mismo misterio que celebran. Jesús se encarna en el tiempo y en la historia para mostrarnos el Amor Divino que trasciende y transforma toda realidad humana. La Virgen nos enseña a decir que sí y a no titubear en nuestra aceptación de la voluntad de Dios. San José nos muestra a ser fieles a la verdad que las promesas de Dios anuncian. Cantemos, pues, con ángeles y pastores, cantemos como Iglesia peregrina, porque el Cristo de Belén nos vuelve a llamar este año a descubrir, en lo oficial y en lo popular de esta temporada, el amor fraterno de todos los que nos rodean. Éste es nuestro desafío: hacer de la Navidad el pan nuestro de cada día.

Párroco de la comunidad de St. Catherine of Siena de Miami y presidente del Instituto Nacional Hispano de Liturgia, Inc.