El tiempo de Lucas
Con el tiempo de Adviento comienza el Año Litúrgico y, con éste,
la lectura de un evangelista diferente.
Estamos en el tiempo de Lucas.
La extraordinaria reforma del leccionario litúrgico que nos dio el
Vaticano II, no sólo nos trajo una mejor selección de textos
bíblicos para ser proclamados en la Liturgia de la Palabra de la
Eucaristía dominical, sino que, sobre todo, nos permitió un mayor
acceso a la Sagrada Escritura.
Para ello fue añadida una segunda lectura, tomada de las Cartas
Apostólicas, y el ciclo de lecturas fue ampliado de un año a tres.
Estos ciclos de lecturas fueron estructurados siguiendo el orden
de los evangelios sinópticos; así, en el primer ciclo o año “A”,
escuchamos la lectura del Evangelio según San Mateo; en el “B”,
según San Marcos, y en el “C”, según San Lucas. El evangelio de
Juan se encuentra hábilmente repartido en los tres ciclos,
principalmente en el de Marcos, ya que éste es el evangelio más
corto.
Con el tiempo de Adviento comienza el Año Litúrgico y, con éste,
la lectura de un evangelista diferente. Estamos en el ciclo “C”:
el tiempo de Lucas.
Aunque Marcos es el evangelio más antiguo y Mateo el preferido por
la Iglesia, las grandes fiestas de Navidad, Pascua, Pentecostés y
la Ascensión están marcadas por la presencia de textos lucanos.
Lucas posee una visión profundamente humana de Jesús, hondamente
dedicado a los pobres, pecadores, marginados, abandonados y
excluidos. Ha venido a llamar a los pecadores para que se
conviertan; a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Jesús se
sienta a la mesa con pecadores y con odiados recaudadores de
impuestos; comparte con ellos y así se acerca a los enfermos del
corazón, los que principalmente tienen necesidad de su medicina.
Lucas es un buen teólogo, que sabe distinguir sanamente. Es un
buen educador, que enseña a su comunidad a buscar y a tener una
visión realista y equilibrada de la historia en que vive, y a no
tomar posiciones extremas o absolutas. Uno de los ladrones
crucificados con Jesús se une a la gente que se burla de Él, pero
el otro, con su actitud, demuestra que es posible la conversión a
Cristo en todo momento y ocasión. Aunque los fariseos son enemigos
de Jesús, un grupo de éstos lo previene de las malas intenciones
de Herodes Antipas, y Gamaliel, uno de ellos, aparece como
simpatizante del camino de Jesús. El texto lucano reconoce que hay
samaritanos que no quieren aceptar a Jesús en su aldea, a la vez
que presenta a uno de ellos como modelo de caridad y servicio al
prójimo.
Para Marcos, la diferencia entre el cristianismo y el judaísmo
radica en sus respectivos signos. Para Mateo, en la ética de una
justicia mejor; pero Lucas escoge el camino de la historia. Nos
narra cómo la separación entre la tradición de Israel y la fe
cristiana ocurrió gradualmente y debido al rechazo del evangelio
por parte de los judíos. Los cristianos no abandonaron la religión
de sus padres, sino que fueron expulsados de las sinagogas a pesar
de ser el verdadero y definitivo Israel de Dios.
En la obra de Lucas, los destinatarios de las bienaventuranzas son
los pobres. La comunidad cristiana es, ante todo, una comunidad
que comparte los bienes. Los ricos deben socorrer a los pobres y
éstos deben apoyarse mutua y solidariamente, compartiendo desde su
pobreza. “El que tenga dos túnicas que dé una al que no tiene y el
que tenga comida que haga lo mismo”, “porque hay más felicidad en
dar que en recibir”.
Son pobres pastores, en vez de ricos magos, los que acuden al
pesebre. Los marginados son objeto preferencial de Jesús, quien se
hace amigo de las mujeres y acepta su ayuda, a pesar del pobre
papel que se les asignaba y del pobre valor social con que eran
apreciadas entonces. Consecuentemente, en la casa de Simón el
fariseo recibe a una pecadora arrepentida y busca abiertamente la
hospitalidad de un recaudador de impuestos.
El mandato de amar a los enemigos tiene singular relieve en Lucas.
A un golpe recibido en una mejilla (una terrible ofensa moral para
los judíos), se debe serenamente poner la otra, y al que nos
arrebata el manto, ofrecerle también la túnica, y nunca
reclamársela. Para Lucas, todos éstos son caminos heroicos que
conducen a la paz y al verdadero amor, porque el que logra
alcanzar esta actitud, vive en el total desapego de los bienes,
posesiones y riquezas. Zaqueo da la mitad de sus bienes a los que
defraudó, y Epulón recibe su condena por no dar nada al pobre
Lázaro, tendido a la puerta de su casa. Toda autoridad o jerarquía
es en esencia servicio: “yo estoy entre ustedes como el que sirve”.
Lucas es un escritor delicado, que trata con mucha delicadeza a
los apóstoles, eliminando todos aquellos textos en los que no
quedan bien parados. Cuando no los puede omitir, retoca sus
fuentes, excusándolos. Para él, los apóstoles no entienden lo que
Jesús les enseña, no por incapacidad personal o torpeza, sino
“porque algo les impedía hacerlo”, y los discípulos se duermen en
el Huerto de los Olivos simplemente “porque estaban cansados”.
Al parecer, Lucas nunca estuvo en Palestina, pues el conocimiento
de su geografía y sus costumbres es a menudo confuso, impreciso y
a veces equivocado. La misericordia y el gozo son temas que
vuelven una y otra vez a lo largo de todo el evangelio lucano, que
aparece guiado de principio a fin por la fuerza arrolladora del
Espíritu.
Lucas presenta a Jesús como profeta y salvador cuyo camino está
marcado por el cumplimiento de las profecías, por aquello que
“debía suceder”. Jesús se encamina hasta su meta final o
glorificación, su Resurrección-Ascensión, el momento de “ser
elevado de este mundo” para ocupar su lugar a la derecha del
Padre. Es a través de este camino de glorificación que el Espíritu
llegará a la Iglesia, irrumpirá como un regalo, como una oferta de
salvación para todos los hombres y las mujeres de este mundo. Sólo
es necesario que sean capaces de aceptar todos los desafíos
presentes y futuros, con la decisión de vivir y caminar según la
fe en Cristo Jesús.
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