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“¡Enójense, pero sin pecar!”

Adele Gonzalez

La ira es una de las emociones más difíciles de controlar. Los cristianos la consideramos un pecado capital. Sin embargo, la Biblia está llena de pasajes donde la ira desempeña un papel sobresaliente.

En el Antiguo Testamento encontramos sentimientos de ira en la literatura profética: Isaías 1:11-20; 58; Jeremías 7:8-14; Amós 5:21-24. Los profetas hablan del enojo de Yavé cuando el pueblo de Israel actúa en contra de la Alianza, es decir, cuando adoran ídolos falsos o cuando dejan de ayudar a los pobres, a los afligidos y a los extranjeros. También en el Libro de los Salmos, encontramos la ira expresada en forma de oración, cuando el salmista siente que sus enemigos lo acosan y Dios parece estar sordo a su plegaria. También en los Evangelios encontramos historias en las que Jesús se enoja contra los mercaderes en el templo de Jerusalén (Juan 2:13-16), o cuando los fariseos quisieron ridiculizarlo por curar en el día sábado y Jesús “paseó sobre ellos su mirada enojado y apenado por su ceguera…” (Mc 3:5).

La carta a los Efesios exhorta: “¡Enójense, pero sin pecar!” (Ef 4:26). ¿Cómo es posible enojarse sin pecar? ¿Cómo podemos encontrar expresiones de ira en la Biblia, incluso en la vida de Jesús, cuando es un pecado mortal?

 

Sentir no es consentir

Lo primero que tenemos que hacer es distinguir el sentimiento de enojo/ira del pecado de la ira. Nos enseñan la psicología y el Catecismo de la Iglesia Católica que sentir y consentir no es lo mismo, y que los sentimientos en sí mismos son amorales. “El término ‘pasiones’ designa los afectos y los sentimientos. Ejemplos eminentes de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira. En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Las emociones y sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes, o pervertidos en los vicios”. (Catecismo #s 1767-1774.)

En segundo lugar, analicemos qué causa la ira. El sentimiento de ira surge cuando lo que la persona espera, necesita o desea no es alcanzado. Por ejemplo: si yo espero que mis hijos se porten siempre bien, hagan la tarea sin protestar, y mantengan sus cuartos en orden, me voy a frustrar. La emoción de la ira es una reacción a mi frustración, porque las cosas no son como yo quisiera que fueran.

 

Fuerza de cambio

Del lado positivo, la energía de este sentimiento tan poderoso puede convertirse en una fuerza que produzca cambios. Podría reevaluar mis expectativas, y darme cuenta de que los niños no son perfectos y que de vez en cuando me van a dar un dolor de cabeza. También mi frustración me podría motivar a pasar más tiempo con ellos ayudándolos con sus tareas, tener una conversación con sus maestros, o dejar atrás mi deseo de que ellos obtengan la excelencia que yo nunca alcancé. Es decir, la emoción de la ira debe ser canalizada de un modo positivo, que llame la atención pero no dañe a nadie.

Cuando ignoramos el sentimiento de ira o lo negamos pensando que sentirla es ya un pecado, es cuando permitimos que la ira nos controle y se convierta en una fuerza negativa. Cuando no le prestamos atención, la ira se convierte en violencia o agresividad.

 

Violencia externa e interna

La violencia más obvia, la más fácil de identificar, es la externa o dirigida hacia afuera. Entre estos comportamientos encontramos la violencia física y verbal, los chismes, la indiferencia y el control a través del silencio.

La violencia interna, o dirigida hacia adentro, es la más difícil de reconocer. Cuando es “activa” puede causar todo tipo de adicciones: drogas, alcohol, comida, juego, trabajo, etc. Incluso en casos extremos, nos puede llevar hasta el suicidio. Cuando esta violencia interna es pasiva, sufrimos de depresión y nos enfermamos más a menudo.

¡Cuánto sufrimos por causa de una emoción que es simplemente un aviso de que algo anda mal en nosotros! La carta a los Efesios continúa: “…que el enojo no les dure hasta el término del día”. Parece algo sencillo, pero encierra una gran verdad: No dejemos que la ira nos consuma. Debemos aceptarla, buscar su causa y discernir si es un llamado a cambiar nuestras expectativas, o si debemos usarla para enfrentarnos a alguna situación injusta. Lo peor es dejar que el miedo a enojarnos haga que la ira nos controle.

Recomiendo que en la oración expresemos nuestros sentimientos con honestidad ante Dios y que, confiados en Él, mantengamos una actitud de perdón y, de ser posible, de reconciliación. La emoción de la ira es parte del ser humano. El pecado quiere decir que hemos permitido que se convirtiera en agresividad y violencia.

En las palabras de San Pablo: ¡No permitas que tu enojo dure más allá de la puesta del sol!

mailto:AdeleGonz@aol.com