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“Querían que me hiciera la amniocentesis, para que pudiera someterme a un aborto en el caso de que la prueba indicara que la bebé tenía el síndrome de Down. En ese momento, ya tenía casi siete meses y medio de embarazo”, explica Franco, de 25 años y miembro de la parroquia Mother of Christ, de Miami. Y les dijo a los médicos que no. El 3 de abril de 2003, Franco dio a luz a Kelci Nicole, que no nació con síndrome de Down, sino con un defecto en el corazón. Franco dice que la prognosis es buena. “Para mí fue un alivio que Kelci no tuviera el síndrome de Down, pero, aunque lo hubiera tenido, era mi hija, y yo estaba dispuesta a ser su madre y a cuidar de ella”, dice. “Ella se plantó con firmeza y dijo que no debido a sus creencias”, señala el Dr. Enrique Cantón, el pediatra que comenzó a atender a Ivy Franco cuando ésta tenía sólo 10 días de nacida. “No es posible hacer un diagnóstico de síndrome de Down con un sonograma”, añade este pediatra pro-vida, que apoyó a Franco en su decisión. Pero ésta es la situación que afrontan muchas mujeres embarazadas cuando acceden a someterse a un examen prenatal rutinario, indica Barbara Groeber, coordinadora de educación de la Agencia de Respeto a la Vida de la Arquidiócesis de Miami. “Actualmente, las mujeres están bajo una enorme presión para que sólo traigan al mundo niños saludables”, señala Groeber; “esta presión puede comenzar en la consulta del médico, pero se extiende a toda nuestra sociedad”, precisa. “Uno de los factores que nos han llevado a esta situación, ha sido el desarrollo del examen prenatal, la amniocentesis”, señala. “Este procedimiento intrusivo, que por sí mismo es capaz de provocar el malogro del embarazo, ha insensibilizado a los estadounidenses hasta el punto de asumir una mentalidad según la cual hay que detectar y destruir a las criaturas imperfectas”. La amniocentesis se practica insertando una larga aguja a través de la pared abdominal hasta el útero de la embarazada, con el fin de extraer una pequeña cantidad de fluido amniótico. Aunque se creó originalmente con un propósito noble –el de diagnosticar anormalidades fetales que pudieran operarse dentro del útero–, este procedimiento, que según se sabe ha producido resultados falsos, se emplea en ocasiones para abortar a niños “imperfectos”. “La mujer que no se ha puesto previamente en guardia contra esto, puede dejarse llevar por un camino que ella nunca habría adoptado. Una vez que nuestros hijos han nacido, los amamos incondicionalmente. Es cuando todavía no han nacido cuando nuestra sociedad nos induce a creer que son algo menos que niños de verdad”, señala Groeber. Joan Crown, directora adjunta de la Agencia de Respeto a la Vida, recuerda la experiencia de haber dado asesoramiento, a través del Proyecto Rachel, a una mujer que había sido convencida para que abortase a su hijo, ya en fase avanzada de gestación, debido a un diagnóstico de síndrome de Down. “El grado de su pesar era semejante al de otras mujeres que han pasado por este programa después de someterse a un aborto”, dice Crown. “No encontraba ningún consuelo en la mentira social de que le había hecho un gran favor a su hijo al no imponerle una ‘pobre calidad’ de vida. Lamentaba la pérdida de ese hijo como cualquier madre que ha perdido el suyo, y se prometió educar a la profesión médica para que valorase a estos niños”, concluye.
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