|
Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la Jornada Mundial del
Emigrante y el Refugiado (2004)
|
 |
|
Jornaleros inmigrantes esperan en una esquina una oportunidad
laboral. Un documental sobre los conflictos entre los jornaleros
mexicanos y los residentes de la localidad de Farmingville, en
Long Island, se presentará en la televisión pública de los
Estados Unidos, y ha dado pie a una campaña en pro de los
inmigrantes. Foto EFE/Cortesía PBS/Caterini Tambini |
|
|
1. La Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, que tiene por
tema: “Emigraciones en una visión de paz”, ofrece este año la
oportunidad de reflexionar en un tema muy importante. En efecto,
este tema atrae, por contraste, la atención de la opinión pública
hacia la movilidad humana forzada, centrándose en algunos aspectos
problemáticos de gran actualidad a causa de la guerra y la
violencia, el terrorismo y la opresión, la discriminación y la
injusticia, por desgracia siempre presentes en la crónica diaria.
Los medios de comunicación social introducen en las casas imágenes
de sufrimiento, de violencia y de conflictos armados. Son
tragedias que trastornan países y continentes; y con frecuencia
las zonas más afectadas son también las más pobres. De este modo,
a un drama se suman otros.
Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a ver el peregrinar
desconsolado de los desplazados, la fuga desesperada de los
refugiados, la llegada -con todo tipo de medios- de inmigrantes a
los países más ricos en busca de soluciones para sus numerosas
exigencias personales y familiares. Surge entonces la pregunta: ¿Cómo
hablar de paz cuando se producen constantemente situaciones de
tensión en no pocas regiones de la tierra? ¿Cómo puede el fenómeno
de las migraciones contribuir a construir la paz entre los
hombres?
2. Nadie puede negar que la aspiración a la paz se encuentra
arraigada en el corazón de gran parte de la humanidad.
Precisamente ese es el deseo ardiente que impulsa a buscar todo
tipo de medios a fin de alcanzar un futuro mejor para todos. Cada
vez se afianza más la convicción de que es preciso combatir el mal
de la guerra en su raíz, porque la paz no es únicamente ausencia
de conflictos, sino un proceso dinámico y participativo a largo
plazo, en el que se debe implicar a todos los estamentos sociales,
desde la familia hasta la escuela, pasando por las diversas
instituciones y organismos nacionales e internacionales. Juntos se
puede y se debe construir una cultura de paz, que permita prevenir
el recurso a las armas y cualquier forma de violencia. Por eso,
hay que apoyar los gestos y los esfuerzos concretos de perdón y
reconciliación; es preciso superar contiendas y divisiones, que de
otra manera se perpetuarían sin perspectivas de solución.
Asimismo, conviene reafirmar con vigor que no puede haber
auténtica paz sin justicia y sin respeto de los derechos humanos.
En efecto, existe un vínculo muy estrecho entre la justicia y la
paz, como ya puso de relieve el profeta en el Antiguo Testamento: “Opus
iustitiae pax” (Is 32, 17).
3. Crear condiciones concretas de paz, por lo que atañe a los
emigrantes y refugiados, significa comprometerse seriamente a
defender ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en
paz y dignidad en la propia patria. Gracias a una atenta
administración local o nacional, a un comercio más equitativo y a
una cooperación internacional solidaria, cada país debe poder
asegurar a sus propios habitantes no sólo la libertad de expresión
y de movimiento, sino también la posibilidad de colmar necesidades
fundamentales, como el alimento, la salud, el trabajo, la vivienda,
la educación, cuya frustración pone a mucha gente en condiciones
de tener que emigrar a la fuerza.
Ciertamente, existe también el derecho a emigrar. En la base de
este derecho, como recuerda el beato Juan XXIII en su encíclica
Mater et Magistra, se encuentra el destino universal de los
bienes de este mundo (cf. nn. 30 y 33). Desde luego, corresponde a
los Gobiernos regular los flujos migratorios, respetando
plenamente la dignidad de las personas y las necesidades de sus
familias, y teniendo en cuenta las exigencias de las sociedades
que acogen a los inmigrantes. A este respecto, ya existen acuerdos
internacionales en defensa de los emigrantes, así como de cuantos
buscan en otro país refugio o asilo político. Son acuerdos que
siempre se pueden seguir perfeccionando.
4. Nadie debe quedar insensible ante las condiciones en que se
encuentran multitud de emigrantes. Se trata de personas que están
a merced de los acontecimientos y que a menudo han vivido
situaciones dramáticas. Los medios de comunicación social
transmiten imágenes impresionantes, y en ocasiones escalofriantes,
de esas personas. Se trata de niños, jóvenes, adultos y ancianos
con rostros macilentos y ojos llenos de tristeza y soledad. En los
campos de acogida sufren a veces graves privaciones. Sin embargo,
a este respecto, es necesario reconocer el laudable esfuerzo
realizado por no pocas organizaciones públicas y privadas para
aliviar las preocupantes situaciones que se han producido en
diversas regiones del mundo.
Tampoco se puede dejar de denunciar el tráfico practicado por
explotadores sin escrúpulos que abandonan en el mar, en
embarcaciones precarias, a personas que buscan desesperadamente un
futuro menos incierto. Los que se hallan en condiciones críticas
necesitan intervenciones solícitas y concretas.
5. A pesar de los problemas a los que he aludido, el mundo de los
emigrantes puede contribuir en gran medida a la consolidación de
la paz. En efecto, las emigraciones pueden facilitar el encuentro
y la comprensión entre las personas y las comunidades, e incluso
entre las civilizaciones. Este diálogo intercultural enriquecedor
constituye, como escribí en el Mensaje para la Jornada Mundial de
la Paz de 2001, un “camino necesario para la construcción de un
mundo reconciliado”.
Eso sucede cuando los inmigrantes son tratados con el respeto
debido a la dignidad de cada persona; cuando con todos los medios
se favorece la cultura de la acogida y la cultura de la paz, que
armoniza las diferencias y busca el diálogo, aun sin caer en
formas de indiferentismo cuando están en juego los valores. Esta
apertura solidaria se transforma en ofrecimiento y condición de
paz.
Si se fomenta una integración gradual entre todos los inmigrantes,
respetando su identidad y, al mismo tiempo, salvaguardando el
patrimonio cultural de las poblaciones que los acogen, se corre
menos riesgo de que los inmigrantes se concentren formando
auténticos “guetos”, aislándose del contexto social y acabando a
veces por alimentar incluso el deseo de conquistar gradualmente el
territorio.
Cuando las “diversidades” se encuentran, integrándose, dan vida a
una “convivencia de las diferencias”. Se redescubren los valores
comunes a toda cultura, capaces de unir y no de separar; valores
que hunden sus raíces en el idéntico humus humano. Eso ayuda a
entablar un diálogo fecundo para construir un camino de tolerancia
recíproca, realista y respetuosa de las peculiaridades de cada uno.
En estas condiciones, el fenómeno de las migraciones contribuye a
cultivar el “sueño” de un futuro de paz para la humanidad entera.
6. ¡Bienaventurados los constructores de paz! (cf. Mt 5, 9), así
dice el Señor. Para los cristianos, la búsqueda de una comunión
fraterna entre los hombres tiene su fuente y su modelo en Dios,
uno en la naturaleza y trino en las Personas. Deseo de corazón que
todas las comunidades eclesiales compuestas por emigrantes y
refugiados y por los que los acogen, encontrando estímulos en las
fuentes de la gracia, se esfuercen incansablemente por construir
la paz. Nadie debe resignarse a la injusticia, ni dejarse abatir
por las dificultades y las molestias.
Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y
si se valora la aportación de los inmigrantes y los refugiados, la
humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y
nuestra tierra verdaderamente en “casa común”.
7. Con su vida, y sobre todo con su muerte en la cruz, Jesús nos
mostró cuál es el camino que debemos recorrer. Con su resurrección
nos aseguró que el bien siempre triunfa sobre el mal y que todos
nuestros esfuerzos y nuestras penas, ofrecidos al Padre celestial
en comunión con su Pasión, contribuyen a la realización del plan
universal de salvación.
Con esta certeza, invito a los que están comprometidos en el vasto
sector de las migraciones a ser constructores de paz. Para esto
aseguro un recuerdo especial en mi oración y, a la vez que invoco
la maternal intercesión de María, Madre del Hijo unigénito de Dios
hecho hombre, envío a todos y cada uno mi bendición.

|