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Reflexión sobre la Epifanía

 

Antonio López Villalta

En la Navidad, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús. Con la conmemoración de la visita de los Magos del Oriente al recién nacido niño Jesús –es decir, con la fiesta de la Epifanía– los cristianos recuerdan la “aparición” o “revelación pública” –que es, precisamente, lo que la palabra “epifanía” quiere decir– del recién nacido Jesús al mundo. La celebración de la Epifanía de Jesús sirve, pues, a los cristianos para profundizar en el sentido de la revelación que Dios realiza en la venida de su Hijo al mundo.

Así como para los Magos del Oriente –representantes de la sabiduría antigua sobre el sentido del cosmos y sus enigmas– rendir homenaje y adoración al niño Jesús era la culminación de una larga travesía, así también para los cristianos de todo el mundo la fiesta de la Epifanía proclama que la meta y el sentido del misterio del cosmos, y especialmente de la historia humana, culmina en Jesús, quien viene a establecer la comunión entre Dios y los seres humanos.

 

Dios toma la iniciativa

De manera opuesta a las ideas prevalecientes en muchas concepciones y tradiciones religiosas, el nacimiento de Jesús nos revela que, en las relaciones entre Dios y los seres humanos, no se trata tanto de que el ser humano ascienda hacia la esfera divina por medio de sus esfuerzos y planes, sino más bien de lo opuesto, es decir, del descenso de Dios al mundo, haciéndose humano, para que así el ser humano pueda llegar a su plenitud uniéndose con Dios. Así pues, la fe cristiana hace énfasis en que es Dios el que desde toda la eternidad tomó la iniciativa de comunicarse con la humanidad, asumiendo personalmente nuestra condición material e histórica. En otras palabras: es ante todo por la iniciativa de la gracia de Dios –que nos llega a nosotros a través de Jesucristo–, que los seres humanos podemos realizarnos plenamente en unión con Dios. De ahí que creer que el ser humano puede realizarse por sus propias fuerzas e iniciativas –como pretende la cultura del individualismo autosuficiente y secularizante en que vivimos– es desconocer la verdad que la celebración de la Epifanía manifiesta sobre el nacimiento de Jesús.

Al recibir el tributo de los tres Magos, el niño Jesús se manifiesta en su condición de Rey espiritual de la humanidad. Quien ha nacido es el Mesías, el Cristo, el Salvador prometido y esperado de todos. Reconocido inicialmente por los pastores, y ahora por los tres sabios viajeros venidos de muy lejos en su busca, Jesús congrega en torno suyo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llamándolos a sí desde todos los confines de la Tierra. Tomado de Alfa y Omega.

 

El largo viaje de los Magos del Oriente a Belén para adorar a Jesús, también nos recuerda nuestra necesidad de adorar al Dios que se revela en la realidad humana de Jesucristo. Según esto, la adoración a Dios no nos separa de los seres humanos. Pues, si por una parte, es verdad que Dios es el que desciende a nuestro nivel para establecer comunión con nosotros, por otra parte hay que decir, también, que nuestra participación en la comunión con Dios hace que el mismo Dios asuma, dentro de su realidad profunda, nuestra propia realidad. En otras palabras, no es que exista un Dios en sí mismo y que además, cerca de Él, existan también seres humanos. No. El Dios de Jesucristo, el único Dios que hay, es el Dios-Hombre que, en un solo ser personal, es lo divino y lo humano inseparablemente. O en otras palabras: ahí donde está Dios, ahí también están todos los seres humanos que hayan acogido de veras a Jesucristo. Como el mismo Jesús oró al Padre: “Padre santo, protege en tu nombre a los que me has dado para que sean uno, como Tú y yo somos uno” (Jn 17, 11).

Muchas veces insistimos en la espiritualidad de Dios, afirmando que Dios es un ser puramente espiritual y que, a diferencia de Dios, los seres humanos somos los que tenemos cuerpo y somos materiales. Sin embargo, el nacimiento del niño Dios nos revela el respeto de Dios por el mundo material en el que existimos los seres humanos, ya que, en su encarnación en Jesús, dignifica lo material, al asumir tanto un alma como también un cuerpo humanos. En realidad, si no cualificamos nuestras expresiones con respecto a la espiritualidad de Dios, corremos el riesgo de caer en una concepción espiritualista y falsa, o herética, concepción que fue sostenida por diversos círculos gnósticos ya desde finales del primer siglo de nuestra era. Más bien hay que decir que, aunque Dios en sí sea espíritu, es también el que tiene preeminentemente cuerpo, materia. Por eso no se trata tanto de que Jesucristo tenga un cuerpo a imagen nuestra, sino al revés: somos nosotros los que hemos sido creados a imagen de Jesucristo, en quien todo fue hecho, y por lo tanto, somos más bien nosotros los que hemos sido creados con un cuerpo a semejanza del de Jesucristo. Y nuestra vocación definitiva no consiste meramente en la sobrevivencia espiritual de nuestra alma, sino en nuestra participación en la resurrección del cuerpo de Jesucristo. Así pues, el nacimiento de Jesús nos recuerda que lo material, como tal, es bueno. Lo que es malo y pecaminoso es el materialismo egoísta que no quiere compartir con los demás, y que prescinde del amor de Dios a todos los seres humanos, con quienes Dios ha querido compartirlo todo, incluyendo el ofrecimiento, en Jesucristo, de su propia vida hasta morir por nuestra salvación.

 

El compromiso cristiano de transformar este mundo

Finalmente, la venida de Jesús al mundo nos recuerda nuestro compromiso cristiano de transformar este mundo en un mundo más de acuerdo con el amor entre los seres humanos, y entre éstos y Dios. A imitación de María, que por haber acogido plenamente el amor de Dios fue capaz de acoger en su vientre la encarnación del Hijo de Dios, y de dar a luz a Jesucristo para el mundo, los cristianos estamos llamados a acoger en nuestro corazón a Jesús, para ser entonces vehículos de la llegada de Jesús a este mundo. Pues lo que va a renovar al mundo y al ser humano, mejorando sus condiciones espirituales y materiales, no son los planes y programas diseñados por los criterios meramente humanos. Lo que va a renovar al mundo y al ser humano es la acogida que le demos a Jesucristo, que viene de lo alto, y que nace y vive en medio de la historia humana, guiándola misteriosamente hasta su transformación en él.

 

Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario Saint Vincent de Paul, Boynton Beach, Florida.