Reflexión sobre
la Epifanía
En la Navidad, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús.
Con la conmemoración de la visita de los Magos del Oriente al
recién nacido niño Jesús –es decir, con la fiesta de la Epifanía–
los cristianos recuerdan la “aparición” o “revelación pública” –que
es, precisamente, lo que la palabra “epifanía” quiere decir– del
recién nacido Jesús al mundo. La celebración de la Epifanía de
Jesús sirve, pues, a los cristianos para profundizar en el sentido
de la revelación que Dios realiza en la venida de su Hijo al mundo.
Así como para los Magos del Oriente –representantes de la
sabiduría antigua sobre el sentido del cosmos y sus enigmas–
rendir homenaje y adoración al niño Jesús era la culminación de
una larga travesía, así también para los cristianos de todo el
mundo la fiesta de la Epifanía proclama que la meta y el sentido
del misterio del cosmos, y especialmente de la historia humana,
culmina en Jesús, quien viene a establecer la comunión entre Dios
y los seres humanos.
Dios toma la iniciativa
De manera opuesta a las ideas prevalecientes en muchas
concepciones y tradiciones religiosas, el nacimiento de Jesús nos
revela que, en las relaciones entre Dios y los seres humanos, no
se trata tanto de que el ser humano ascienda hacia la esfera
divina por medio de sus esfuerzos y planes, sino más bien de lo
opuesto, es decir, del descenso de Dios al mundo, haciéndose
humano, para que así el ser humano pueda llegar a su plenitud
uniéndose con Dios. Así pues, la fe cristiana hace énfasis en que
es Dios el que desde toda la eternidad tomó la iniciativa de
comunicarse con la humanidad, asumiendo personalmente nuestra
condición material e histórica. En otras palabras: es ante todo
por la iniciativa de la gracia de Dios –que nos llega a nosotros a
través de Jesucristo–, que los seres humanos podemos realizarnos
plenamente en unión con Dios. De ahí que creer que el ser humano
puede realizarse por sus propias fuerzas e iniciativas –como
pretende la cultura del individualismo autosuficiente y
secularizante en que vivimos– es desconocer la verdad que la
celebración de la Epifanía manifiesta sobre el nacimiento de
Jesús.
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Al recibir el tributo de los tres Magos, el niño Jesús se
manifiesta en su condición de Rey espiritual de la humanidad.
Quien ha nacido es el Mesías, el Cristo, el Salvador prometido y
esperado de todos. Reconocido inicialmente por los pastores, y
ahora por los tres sabios viajeros venidos de muy lejos en su
busca, Jesús congrega en torno suyo a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad, llamándolos a sí desde todos los
confines de la Tierra. Tomado de Alfa y Omega. |
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El largo viaje de los Magos del Oriente a Belén para adorar a
Jesús, también nos recuerda nuestra necesidad de adorar al Dios
que se revela en la realidad humana de Jesucristo. Según esto, la
adoración a Dios no nos separa de los seres humanos. Pues, si por
una parte, es verdad que Dios es el que desciende a nuestro nivel
para establecer comunión con nosotros, por otra parte hay que
decir, también, que nuestra participación en la comunión con Dios
hace que el mismo Dios asuma, dentro de su realidad profunda,
nuestra propia realidad. En otras palabras, no es que exista un
Dios en sí mismo y que además, cerca de Él, existan también seres
humanos. No. El Dios de Jesucristo, el único Dios que hay, es el
Dios-Hombre que, en un solo ser personal, es lo divino y lo humano
inseparablemente. O en otras palabras: ahí donde está Dios, ahí
también están todos los seres humanos que hayan acogido de veras a
Jesucristo. Como el mismo Jesús oró al Padre: “Padre santo,
protege en tu nombre a los que me has dado para que sean uno, como
Tú y yo somos uno” (Jn 17, 11).
Muchas veces insistimos en la espiritualidad de Dios, afirmando
que Dios es un ser puramente espiritual y que, a diferencia de
Dios, los seres humanos somos los que tenemos cuerpo y somos
materiales. Sin embargo, el nacimiento del niño Dios nos revela el
respeto de Dios por el mundo material en el que existimos los
seres humanos, ya que, en su encarnación en Jesús, dignifica lo
material, al asumir tanto un alma como también un cuerpo humanos.
En realidad, si no cualificamos nuestras expresiones con respecto
a la espiritualidad de Dios, corremos el riesgo de caer en una
concepción espiritualista y falsa, o herética, concepción que fue
sostenida por diversos círculos gnósticos ya desde finales del
primer siglo de nuestra era. Más bien hay que decir que, aunque
Dios en sí sea espíritu, es también el que tiene preeminentemente
cuerpo, materia. Por eso no se trata tanto de que Jesucristo tenga
un cuerpo a imagen nuestra, sino al revés: somos nosotros los que
hemos sido creados a imagen de Jesucristo, en quien todo fue hecho,
y por lo tanto, somos más bien nosotros los que hemos sido creados
con un cuerpo a semejanza del de Jesucristo. Y nuestra vocación
definitiva no consiste meramente en la sobrevivencia espiritual de
nuestra alma, sino en nuestra participación en la resurrección del
cuerpo de Jesucristo. Así pues, el nacimiento de Jesús nos
recuerda que lo material, como tal, es bueno. Lo que es malo y
pecaminoso es el materialismo egoísta que no quiere compartir con
los demás, y que prescinde del amor de Dios a todos los seres
humanos, con quienes Dios ha querido compartirlo todo, incluyendo
el ofrecimiento, en Jesucristo, de su propia vida hasta morir por
nuestra salvación.
El compromiso cristiano de transformar este mundo
Finalmente, la venida de Jesús al mundo nos recuerda nuestro
compromiso cristiano de transformar este mundo en un mundo más de
acuerdo con el amor entre los seres humanos, y entre éstos y Dios.
A imitación de María, que por haber acogido plenamente el amor de
Dios fue capaz de acoger en su vientre la encarnación del Hijo de
Dios, y de dar a luz a Jesucristo para el mundo, los cristianos
estamos llamados a acoger en nuestro corazón a Jesús, para ser
entonces vehículos de la llegada de Jesús a este mundo. Pues lo
que va a renovar al mundo y al ser humano, mejorando sus
condiciones espirituales y materiales, no son los planes y
programas diseñados por los criterios meramente humanos. Lo que va
a renovar al mundo y al ser humano es la acogida que le demos a
Jesucristo, que viene de lo alto, y que nace y vive en medio de la
historia humana, guiándola misteriosamente hasta su transformación
en él.
Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario Saint Vincent de
Paul, Boynton Beach, Florida.
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