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Pastores de la
esperanza
Años atrás servía yo de maestro de ceremonias en la ordenación de
un obispo muy querido y esperado por su diócesis. Como si fuera
hoy, recuerdo todos los detalles de aquella liturgia, que se
desarrolló según los viejos ordines del ritual anterior a la
reforma conciliar. La predicación fue excelente, tanto que, casi
cuarenta años después, me parece escuchar la voz del Padre Pastor
González: “Esta vez la Santa Sede ha acertado en la elección del
hombre que necesitábamos para esta tierra; cosa que es muy
notable, porque muy pocas veces la Santa Sede acierta a la hora de
elegir a nuestros obispos”. La hipérbole, fruto del entusiasmo y
la emoción, hizo saltar de sus asientos a un buen número de
venerables prelados que, sentados delante de mí, se habían
arrellanado cómodamente para escuchar al famoso orador. Desde ese
momento no se perdieron ni una sola palabra de la homilía, pero el
“brinco” que dieron los oyentes me mantuvo conteniendo la risa
durante casi toda la ceremonia.
Cuando un presbítero es propuesto a la Santa Sede para ser elegido
obispo, entra de lleno en un fuerte proceso de discernimiento y
secreta consulta con el que la Madre Iglesia espera asegurar,
dentro de lo humanamente posible, la más completa idoneidad del
candidato a elegir. Para escoger obispos del siglo XXI, quiere la
Iglesia hombres capaces de enfrentar el mundo desde una mirada
contemplativa y con un corazón compasivo, como testigos y
servidores de una esperanza tal que los prepare para programar,
intuir y casi soñar el futuro.
Modelos de sabiduría y caridad
Se espera de los obispos que sean modelos de sabiduría teológica y
de caridad pastoral, buenos servidores de la predicación y la
catequesis, moderadores, promotores y guardianes de toda la vida
litúrgica y maestros de oración para la Iglesia. Un ministro de la
verdad que salva, capaz de enseñar a su pueblo las cosas que él
mismo aprendió de Dios. Un servidor de la oración pastoral y
apostólica que guste de rezar con el presbiterio, con los diáconos,
los seminaristas, los consagrados, las consagradas y los laicos.
Sostén y firme animador de la vida espiritual y de sólidos
vínculos de comunión eclesial, se espera del obispo el coraje para
enfrentar la fatiga de su ministerio y la audacia de llevar la
cruz con dignidad, como un signo vivo de las realidades futuras
que él anuncia viviéndolas en el presente; para ello debe entender
la jerarquía como mediación salvífica; un oficio o ejercicio no de
poder, sino de santificación y de servicio al estilo de Cristo,
destinado sobre todo a hacer el bien, más que a manifestar una
preeminencia.
El obispo, por ser maestro, sacerdote y pastor, es el principal
animador de la comunión de carismas y ministerios en la comunidad
diocesana; el promotor de su unidad y su fuerza misionera. Es el
padre-obispo preocupado por la formación de los laicos, no sólo en
la sana y correcta doctrina, sino sobre todo en la comprensión y
el desarrollo de un modelo de Iglesia de comunión y participación
adulta, activa, responsable y comprometida. Un pastor que confíe
en los laicos, que con tanta frecuencia no se sienten apreciados
como adultos en la fe, y que quisieran sentirse más partícipes de
la vida y de los proyectos de evangelización de su Iglesia.
Para San Agustín, el oficio episcopal es un oficio de amor, amoris
officium, que obliga a vivir y ejercitar el ministerio con las
mismas disposiciones de Cristo, Príncipe de los pastores y Obispo
de nuestras almas.
Por eso el Obispo, que sabe ser profeta de esperanza, como un
centinela de Dios en la noche, puede trazar senderos en el mundo
de hoy y animar a su pueblo a seguirlo con entusiasmo y confianza,
porque él va el primero, delante, y por eso, a pesar de su
humanidad y sus errores, sus hijos pueden seguirlo.
El santo obispo de Hipona animaba a sus fieles a confiar en el
obispo, pero, sobre todo, a poner su esperanza sólo en Dios:
“Seamos como seamos, la esperanza de ustedes no debe estar puesta
en nosotros. Como obispo debo hacer un acto de humildad y decirles:
yo quiero alegrarme con ustedes pero no deseo ser alabado ni
exaltado. No estoy de acuerdo, ni apruebo a ninguno que ponga en
mí su esperanza. Ese modo de pensar no debe ser alentado. Que su
esperanza no esté puesta en nosotros, que no esté puesta en los
hombres, porque si somos buenos, somos ministros, y si somos malos,
también somos ministros. Aunque, si somos ministros buenos, fieles,
es entonces cuando realmente somos verdaderos ministros”.
Una impresionante imagen eclesial
La liturgia de la Ordenación de un Obispo utiliza el lenguaje de
los signos para dibujar, con su simbolismo, una impresionante
imagen eclesial del que recibe el Sacramento. El ritual, al poner
el Evangeliario sobre la cabeza del ordenando, nos dice que la
vida del obispo debe estar totalmente sometida a la Palabra de
Dios, para realizarla “en la predicación del Evangelio con toda
paciencia y doctrina”.
El anillo en la mano derecha del obispo, nos indica su fidelidad
en la integridad de la fe y en la pureza de su vida para con la
Iglesia, que él deberá cuidar como esposa de Cristo. La mitra nos
refiere a la santidad a la que es llamado el obispo, y anuncia la
corona de la gloria que el Señor dará a los que fielmente le han
servido.
El báculo expresa el solícito cuidado que se espera del buen
pastor del rebaño que le ha confiado el Espíritu Santo.
La cruz pectoral recuerda que el obispo pertenece a Cristo, y que
de la cruz del Señor deberá recibir constantemente la fuerza
necesaria para poder, como Él, entregar día a día su vida a los
demás; una entrega que se expresa naturalmente en la opción
preferencial por los más pobres y abandonados; por los que padecen
cualquier forma de rechazo a causa del color de su piel o del
color de su cultura. Escoger a nuevos pastores para el Pueblo de
Dios es todo un reto para la Iglesia, y un enorme desafío para los
que aceptan el episcopado. Por eso, en cada liturgia dominical, la
oración de los fieles no cesa de pedir por la misión, la vida, la
fidelidad y el cuidado pastoral de todos los obispos.
mailto:zelada@miamiarch.org
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