Evangelizar desde la pobreza y el
martirio
El legado de dos grandes Congresos Misioneros
El Segundo Congreso Misionero de América y Séptimo Congreso
Misionero Latinoamericano tuvieron lugar en Guatemala del 25 al 30
de noviembre. Asistieron al evento representantes de todos los
pueblos del continente americano. Juan Pablo II se hizo presente
en la figura de su enviado especial, el Cardenal Crescenzio Sepe,
Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
Yo tomé parte como miembro de Amor en Acción, comunidad misionera
laica de la Arquidiócesis de Miami, y de la delegación de los
Estados Unidos, encabezada por el P. Kozar, de La Propagación de
la Fe, en Washington.
Al reseñar dicho evento, uno de los sucesos más importantes en la
historia de la Iglesia en América, hay que destacar la cooperación
del pueblo guatemalteco. Por todas partes se pudo notar el
esfuerzo por acomodar y hacer sentir bien a los más de 3,000
participantes en el Congreso Americano Misionero. Cuando nos
acercábamos al Auditorio Juan Pablo II para la inauguración,
miembros de los diferentes equipos de organización nos daban la
bienvenida a todo lo largo de la calle. Eran cientos de personas
de todas las edades, con chalecos de distintos colores
correspondientes al equipo al cual pertenecían.
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De izquierda a derecha: un seminarista de San Pedro de Macorís,
Josefina Chirino, Margarita Gutridge, Alicia Marill, Padre
Octavio Colomina y Mónica Santos. |
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Las intervenciones que más me impresionaron durante el Congreso
fueron la del Cardenal de Honduras, Oscar Rodríguez Maradiaga; la
del Obispo de Saint-Hyancinthe (Canadá), Francois Lapierre, PME, y
la de Mons. Victorino Girardi Stellin, MCCJ, Obispo de Tilarán,
Costa Rica.
“¡Ay de mí si no evangelizo!”
“Necesitamos un marcapasos misionero para que nuestro corazón
tenga los mismos latidos que el corazón misionero de San Pablo:
‘Ay de mí si no evangelizo.’”
Con estas palabras, y al grito repetido de tres mil personas –“¡Ay
de mí si no evangelizo, ay de mí si no evangelizo!”– terminó el
Cardenal Rodríguez Maradiaga su ponencia “La Misión desde la
pequeñez, la pobreza y el martirio,” tema principal del Congreso.
Fueron palabras conmovedoras por su contenido y también por el
estilo sincero y apasionado con que hablaba el cardenal, hombre
sencillo y cercano a su pueblo. “Que cada uno, desde su pequeñez,
haga crecer el Reino de Dios. Que cada uno, desde su aparente
insignificancia, crezca en virtudes y valores humanos, sociales,
personales, cristianos, morales y éticos para un mundo mejor y más
santo. Eso significa ser misioneros del Reino.” Tenemos que
apoyarnos en nuestra experiencia de pequeñez, como lo hizo María,
quien en su cántico de alabanza exalta la acción de Dios en los
sencillos y pequeños.
El cardenal hondureño nos recordó que Cristo se hizo pobre al
hacerse nuestro hermano, pobre como nosotros, y que el seguimiento
de ese Cristo pobre nos enseña que “el mejor servicio al hermano
es la evangelización que lo dispone a realizarse como hijo de Dios,
lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente.” Por
nuestra parte, nosotros hemos de dar de nuestra pobreza, y
nuestras iglesias han de dar “de su sentido de la salvación y de
la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la
experiencia de las comunidades eclesiales de base, la floración de
sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe”.
Entre los aplausos de los delegados de las distintas iglesias de
América, Su Excelencia Rodríguez Maradiaga hizo referencia a los
mártires de América Central: “Bendita sea esta tierra de mártires,
y bendita sea la misión que aquí se lleva a cabo regada con su
sangre. ¡La misión de la Iglesia se ve fortalecida por esos
titanes de la fe!”
Finalmente, el cardenal enfatizó la responsabilidad de los obispos
en animar la actividad misionera, recordando a los millones de
latinoamericanos que han emigrado al Norte en busca de mejores
condiciones de vida, y se preguntó qué están haciendo nuestros
obispos para acompañar pastoralmente a nuestros emigrantes con
sacerdotes, religiosos y religiosas, y misioneros laicos.
Un deseo de encuentro
Con gran sentido del humor, e interrumpido varias veces por
aplausos y risas, Mons. Francois Lapierre, Obispo de Saint
Hyancinthe, Canadá, habló acerca de “La Misión y los desafíos del
mundo actual”. Entre esos desafíos nombró la globalización en los
sectores económicos y ecológicos, y las drogas en el ámbito moral.
Valiéndose del encuentro entre María y su prima Isabel, recordó
que Dios “visita y libera”, y destacó entre dichos desafíos el de
desarrollar la reciprocidad: “vivir la misión como un aprendizaje
del dar y del recibir, y no solamente dar, sino dar y recibir”,
señaló Mons. Lapierre.
Recordando a los terroristas del 11 de septiembre de 2001, que
cometieron su crimen en nombre de Dios, y señalando que no faltan
quienes quieren desarrollar una nueva cruzada contra el Islam, el
obispo recalcó que no se trata de continuar viviendo con una
visión de la misión como conquista, sino de vivir la misión como
diálogo. Y precisó que esto no significa asumir una actitud de
tolerancia, sino desarrollar una cultura del diálogo, que no es
otra cosa que la cultura de la paz.
“La necesidad del diálogo no le quita nada a la urgencia del
anuncio, a la urgencia de la Misión hoy, porque en el corazón de
la Misión existe un deseo. Para mí, la Misión es una cultura del
deseo. Lo que tenemos de más precioso en nosotros es un deseo de
encuentro, es un deseo de amistad, es un deseo de comunicación, y
la Misión es una cultura del deseo”. Mons. Lapierre señaló que
estamos experimentando no sólo una crisis de fe, sino una crisis
del deseo. “La sociedad de consumo donde vivimos amenaza con la
extinción del deseo”, dijo. “Esto explica que muchos se quejen de
las dificultades, pero que pocos estén dispuestos a comprometerse”,
precisó.
Camino de la Iglesia
Mons. Victorino Girardi desarrolló el tema de la Misión ad gentes
en el siglo XXI. El Obispo de Tilarán, Costa Rica, destacó que la
Misión ad gentes se caracteriza por el anuncio de Cristo y de su
Evangelio, por la edificación de la Iglesia local, y por la
promoción de los valores del Reino. Por esto, algunos pueden creer
que la Misión ad gentes conlleva una falta de respeto a las
creencias de los demás; sin embargo –precisó el obispo– sabemos
que la voluntad de Dios es que todos se salven, y “podrán salvarse
por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros
no les anunciamos el Evangelio; pero, ¿podremos nosotros salvarnos
si por negligencia, miedo o vergüenza –lo que San Pablo llamaba
avergonzarse del Evangelio– o por ideas falsas omitimos anunciarlo?
Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios”, según
palabras de Paulo VI. Hoy día, señaló Mons. Girardi, el misionero
debe asumir una actitud de total y delicado respeto de la persona,
profese ésta la religión que sea, consciente de que el hombre –todo
ser humano– es el camino de la Iglesia.
Todavía hoy existe la posibilidad de que los misioneros sean
víctimas de la violencia, sobre todo en ciertas regiones del mundo.
En este sentido, durante el Congreso fue presentado el libro
Testigos Fieles del Evangelio, donde se recuerda a 103 de los
mártires de la guerra civil en Guatemala durante las décadas de
1970, 1980 y 1990, en su gran mayoría campesinos, catequistas y
miembros de la Acción Católica, hombres y mujeres que dedicaron
sus vidas a la Palabra de Dios, y que fueron fieles hasta el final
de su misión.
Por esas “cosas de la vida”, sin yo buscarlo y ni siquiera
pensarlo, pues tuvimos que separarnos brevemente de nuestro grupo,
mi amiga Alicia Marill y yo entramos al Congreso bajo la bandera
cubana que portaba la delegación de la isla. Después de todo lo
dicho en estas páginas, ¿puede haber mayor regalo de Dios?
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