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Padre Luis M. Oraá, SJ: una vida de entrega

Cecilia la Villa de Fernández Travieso
Especial para La Voz Católica

“Se nos fue un sabio y un santo”, dijo Mons. Carlos Manuel de Céspedes al enterarse de la muerte del Padre Oraá en Bilbao, España, el pasado 27 de noviembre. Y yo agrego: “Fue sacerdote. Caminó en las sandalias de Cristo”. Hay sacerdotes escogidos, que embellecen el camino que lleva a Dios –Oraá entre ellos–; que salvan lo que tocan y marcan muchas vidas. El P. Luis Oraá caminó con sencillez y predicó con el ejemplo.

Padre Luis M. Oraá, S.J.

El P. Oraá fue un hombre de paz, de pocas palabras y de profundos mensajes. Comunicaba con la luz que emana de palabras salidas de un alma limpia; entendía con rapidez; captaba el sufrimiento y el dolor del otro y brindaba el consuelo preciso, la palabra acertada. Era de risa fácil, contagiosa, iluminando vidas y llenándonos de la luz de Cristo. Defensor de su propia privacidad y de la privacidad ajena, respetaba hasta el infinito tu espacio y tu silencio. Algo emanaba de su persona que te devolvía la paz. Siempre presente, siempre a tu lado, no fallaba. Era la roca sólida, estaba donde lo necesitaban.

Comenzó su servicio en España, lo continuó en Cuba y compartió con los cubanos nuestro desgarrante proceso. Conoció, entendió y amó a Cuba, como lo testimonian su ensayo “Trilogía de las pasiones que sufre Cuba” y su cuento, “La Ceiba, el árbol cubano de Navidad”, que conservo.

Oraá nos acompañó en Miami, apuntalándonos y aportando bases sólidas que compensaran tanta inseguridad; nos abrió horizontes y nos transmitió de palabra su vivencia personal del Concilio Vaticano II. El P. Oraá iluminó nuestro caminar, señalándonos las prioridades humanas y cristianas, los compromisos con nuestros hermanos cubanos y con la sociedad.

Aún recuerdo aquellos retiros y charlas que cambiaron tantas vidas, eliminando la hojarasca y reforzando lo esencial: las “Antiguas” del Sagrado Corazón, la Rosa Mística, las Congregaciones Marianas, los Encuentros Familiares… Fue en el local de las Filipenses donde participamos en la primera misa celebrada en Miami con música popular, y Oraá fue su promotor. Enseñó en el Colegio de Belén de Miami, educando a tantos jóvenes de bien. Quería y le gustaba Miami.

Su constante espíritu de servicio lo llevó a República Dominicana, donde Oraá se entregó en cuerpo y alma a su opción por el pobre. Compartió, convivió y luchó por ellos, y los “amó hasta el sacrificio”. “Su vida estaba sembrada en el corazón de Los Guandules”, nos recuerda Lidia Garcés. Enseñó en la Universidad Madre y Maestra y en el Seminario; escribió la columna “Vida” en Amigos del Hogar y obtuvo el premio “Siboney” por su ensayo “Hostos y la literatura”, que donó para la construcción de la escuelita en Los Guandules. Los dominicanos lo adoptaron y él se dejó adoptar con alegría. República Dominicana se convirtió en su patria y Los Guandules en su alma. “Caminando por las calles del barrio”, decía Oraá, “descubro en cada hombre a Jesús y en cada mujer a María”. Para entender a Oraá hay que buscar a Dios en todos los actos de su vida.

Una solicitud de ayudar a los jesuitas de Cuba fue suficiente para que él se ofreciera: Oraá no vacilaba. Para Luis, la voluntad de Dios era su único rumbo y regresó a Cuba, su último peregrinar. Comenzó en Santiago de Cuba; estuvo largo tiempo en La Habana y, luego de una corta estadía en Cienfuegos, regresó a esa querida ciudad. Escribió artículos en Vida Cristiana. Su trabajo pastoral se concentró en La Lisa y en Cienfuegos. Dio retiros al clero en el Seminario San Ambrosio, y a laicos en distintas diócesis. Fue auxiliar del Maestro de Novicios Jesuitas, y daba misas diarias en la capilla de las Siervas de María. El P. Oraá se encontró con una Cuba distinta, difícil de evangelizar.

Una vez más, en su “caminar”, Oraá no vaciló en proclamar el Evangelio sin medir los riesgos personales. Le dolía la ausencia de confianza entre cubanos –lo cual impedía la formación de comunidades cristianas–, y le herían las diferencias en el trato a los cubanos “de a pie”, la mayoría silente. De nuevo, en su larga historia de entrega, el P. Oraá dio testimonio de solidaridad.

En noviembre pasado, viajó a Bilbao a celebrar con sus compañeros del seminario sus 50 años de sacerdocio. Allí lo sorprendió su último viaje.

Me costó aceptar su partida. No es fácil desprenderse de alguien a quien has querido, has admirado y te ha apoyado por tantos años. El vacío es enorme, pero allí, en esa zona indescriptible, sigue estando vivo. Su recuerdo es imborrable. Sus enseñanzas, permanecen. Y, por su vida, mi gratitud a Dios.

Subdirectora de una compañía que promueve programas de ayuda a personas de bajos y medianos ingresos para comprar su casa.

mailto:tomyceci@bellsouth.net