Reducidos al
silencio
Entrevista
con el Cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino
Korazym
La Habana
Aunque exista la posibilidad de culto, en Cuba se asiste a un
intento de marginar la labor y el testimonio de la Iglesia,
comprometiendo su dimensión profética en una realidad
donde el vacío espiritual y la desesperanza se palpan.
Con todo, tras la
histórica visita del Papa Juan Pablo II en 1998 –aunque
prácticamente no ha tenido repercusión en las autoridades–, se
asiste a un crecimiento de la Iglesia en la Isla. Y es que son
muchos los que buscan un sentido a la vida, señala el cardenal
Jaime Lucas Ortega y Alamino, Arzobispo de San Cristóbal de La
Habana, en esta entrevista publicada por Korazym el 14 de enero.
Eminencia, en esta realidad,
la Iglesia continúa dando su testimonio e indicando tal vez un
camino distinto. ¿Cuál es la situación de los cristianos en la
Isla?
El pasado 8 de
septiembre, como Conferencia Episcopal, escribimos una Instrucción
Pastoral: es una toma de posición sobre la situación de la Iglesia
en la sociedad, sobre la política y sobre la participación de los
laicos en la vida social. La Iglesia tiene una tarea profética de
hablar en defensa del hombre, de los derechos humanos, y hoy se
encuentra entre dos fuegos: hay quien la quiere como un partido
político de oposición que critica y responde a las situaciones más
difíciles, mientras otros, especialmente en el gobierno, quieren
una Iglesia tranquila, totalmente empeñada en el culto religioso.
Hay que decir que desde este punto de vista no hay más
dificultades; con todo, si es fácil vivir en una Iglesia cultual,
es más importante llevar adelante una misión profética. Alguno
dentro del gobierno empieza a entender que es necesario que la
Iglesia se comporte como en otros países del mundo, hablando del
hombre, de sus problemas, de la libertad, de la dignidad, de sus
derechos, que no están sólo relacionados con la alimentación, la
salud, la educación, sino también con la libertad de expresión. Es
la esfera de los derechos humanos, parte integrante de una
persona.
Es un problema que les toca también de cerca como
institución…
Cierto. En Cuba ya
no hay escuela católica; no podemos enseñar en la escuela pública;
no tenemos acceso a la prensa. Publicamos nuestros documentos,
pero no tenemos ningún eco en los medios de comunicación. Tenemos
alguna respuesta indirecta, manifestaciones de estupor oficiales,
porque tal vez encuentran duro el mensaje. Es paradójico: una
carta pastoral nuestra es más conocida en el extranjero que en el
país. Así que el gobierno nos acusa de hablar para el exterior.
En cambio, su interlocutor es un pueblo que está
redescubriendo las propias raíces cristianas…
En Cuba existe una
Iglesia viva, aunque pequeña (sólo el 65% de la población está
bautizada); la Misa semanal es frecuentada. Tras la visita del
Papa, la Iglesia está en crecimiento, a pesar de la extraordinaria
emigración que ha llevado a cubanos a todos los países del mundo.
No emigran sólo los católicos, sino un poco todos. No se trata de
un crecimiento espectacular, pero se percibe: hemos realizado una
encuesta sobre quién asiste a nuestras iglesias, y se ha revelado
que el 55% ha regresado después de 10 años, y otro 20% después de
5. Muchos se han acercado tras años de compromisos ideológicos con
la revolución. Estas personas no han vivido todo el espíritu
postconciliar, como si una parte del cristianismo hubiera sido
suprimida. Por ello, estamos intentando situar la formación en
primer lugar, especialmente en las catequesis. Basta pensar que en
los años 60 y 70 no venía nadie; actualmente, en la noche de
Pascua, celebramos más de 1,500 bautismos. El dato que más nos ha
sorprendido ha sido ver lo difundido que estaba un sentido
cristiano profundo y un conocimiento de los sacramentos.
¿Se puede considerar este
último aspecto como un signo de crisis del sistema ideológico y de
poder?
Es sin duda el
fruto del vacío. La gente hoy busca un sentido a la vida,
especialmente los jóvenes. Cuando Dios no está, en el alma queda
un vacío. En Cuba se busca un mensaje más humano, menos ideológico,
capaz de tocar el corazón del hombre. Y la gente encuentra todo
esto también en la caridad y en la misericordia cristiana. Cuando
leí la encíclica del Papa Dives in Misericordia, comprendí
inmediatamente que el autor venía de un país que había
experimentado las consecuencias del bloqueo socialista. Para
nosotros, los cubanos, ésa es la encíclica central de su
ministerio. En La Habana hay un Cristo de mármol imponente
realizado por una escultora. Al contemplarlo, el Papa dijo que era
signo de la misericordia. Es ésta la clave de todo: la gente hoy
quiere ser acogida y acompañada con algo más que la justicia
humana, que a veces puede ser muy dura. Ciertamente, los problemas
persisten, especialmente desde un punto de vista moral: el
divorcio y el aborto, por ejemplo, se consideran normales, porque
se ha afirmado un pensamiento secular.
En una Carta Pastoral de
febrero de 2003, usted escribió que es necesario preparar un
camino para el futuro. En su opinión, ¿cuál podrá ser el futuro de
Cuba? Después de Castro, ¿cambiará algo?
Es una preocupación
común a todos, pero no lo sabemos. Las leyes de la historia, la
vida misma y el mundo cambian. Será por lo tanto imposible
quedarse como hoy, pero las modalidades del cambio no podemos
conocerlas.
En primavera, el Proyecto
Varela, promovido por un grupo de católicos, propuso un referéndum
sobre las libertades civiles y sobre la democracia. Es un signo de
renovación muy fuerte que, sin embargo, fue reprimido duramente y
acompañado de un enconamiento de la política del régimen…
Hay un movimiento
que va en este sentido, y es verdad que hubo una reacción dura,
especialmente en un segundo momento. El promotor del Proyecto
Varela es un católico y ha recibido el premio Sájarov. Tras este
episodio, varios disidentes han sido detenidos y condenados a
penas durísimas de hasta 25 años de cárcel. Se ha querido golpear
sobre todo a los miembros del movimiento. Para ellos, la situación
es verdaderamente muy dura.
Europa ha reaccionado con
firmeza a estas medidas, también a través de sanciones económicas.
En su viaje a Cuba, el Papa invitó al país a abrirse al mundo y al
mundo a hacer lo mismo con la isla. Hoy, la vida de los cubanos
debe coexistir con un régimen, pero además con un embargo. En su
opinión, ¿qué camino debe seguir la comunidad internacional para
ayudar a Cuba?
La Iglesia cubana
siempre ha dicho, después de 1969, que el embargo no es la
solución. Las medidas económicas contra el país sólo crean
aislamiento, porque el gobierno se hace más rígido e intransigente.
Las divergencias con la Unión Europea son muy difíciles, y no sé
como podrán ser superadas.
Volviendo a la vida del país, ¿qué tipo de realidad
social afrontan? ¿Cómo es la vida de cada día?
Hay una gran
pobreza, no extrema como la de los países africanos, pero una
dificultad seria para llevar una vida normal. El que quiere
casarse no encuentra una casa; se vive en ambientes muy pequeños;
representa un problema trasladarse de una zona a otra, encontrar
alimentos. También el trabajo se resiente: hay, pero es
insuficiente desde el punto de vista económico. Así, se pueden
encontrar médicos que después de su turno en el hospital se ponen
a vender dulces a los turistas para conseguir más ingresos.
¿Y los jóvenes? ¿Cuáles son
sus esperanzas?
Los jóvenes
estudian secundaria; después hacen tres años de preuniversitario
en zonas alejadas de la ciudad, trabajando media jornada: por la
mañana están en los campos y por la tarde estudian. Quien sale de
la universidad, casi siempre debe realizar tareas distintas de lo
que ha estudiado. La juventud no tiene esperanza. Es un fenómeno
sin duda general, que involucra a otros países, pero en Cuba no
existe ninguna adhesión entusiasta a la vida social y política.
El sentido de desconfianza hacia el poder actual,
¿no puede favorecer un cambio?
Es difícil
construir cuando la gente no es capaz de actuar con libertad
interior. Para muchos, la única opción interesante, el sueño más
importante de la vida, es dejar el país. No se consigue ver un
futuro en el país. Existe un proyecto individual ligado a la
emigración, pero no hay un plan común. Este sueño implica a todos,
desde los católicos a los hijos de los dirigentes del gobierno y
de la administración.
La emigración
masiva es la mayor amenaza para nuestro futuro. Actualmente, y no
hablo sólo de Cuba, no es posible entusiasmar a los jóvenes con la
ideología. Hay necesidad de respuestas profundas.
Una pregunta personal: en la
realidad que ha descrito, ¿cuáles son sus preocupaciones como
hombre y obispo al gestionar cada día?
Nuestro trabajo es
muy duro y difícil. La realidad de la gente, el desaliento, la
falta de esperanza, puede echarse sobre nosotros como una
influencia maléfica, un tipo de depresión.
Por lo tanto, es
necesario ir adelante en un camino de fe, de esperanza cristiana y
de alegría evangélica, transmitiendo todo esto a la gente.
El gran servicio
que podemos hacer a nuestro pueblo no es tanto denunciar, sino
presentar al hombre el amor de Dios. Si después, a causa del amor,
hay que denunciar, entonces denunciamos.
También en tiempos
de Jesús había problemas políticos y desórdenes en el pueblo. Él
estaba entre la gente, pero con un mensaje que venía de lo alto.
En Cuba, hoy, hay que vivir por la fe, y éste es un mensaje que
sirve también para nosotros.
El viaje del Papa fue
interpretado por todos como el intento de llevar adelante un
diálogo. A la luz de los hechos, ¿lo cree aún así?
El diálogo ha
comenzado, también porque las homilías del Papa fueron muy claras.
No ha habido, sin embargo, ninguna respuesta. Fuera del
reconocimiento de la Navidad como día festivo, todo es ignorado en
cuanto a nuestras posturas y peticiones.
En la primavera
pasada, tras el arresto de los disidentes, el Cardenal Sodano dijo
que la Iglesia sigue creyendo en el diálogo, aunque parezca
difícil o imposible. Nosotros, por lo tanto, continuaremos.
El Santo Padre
tiene con Cuba la misma actitud mantenida hacia los países del
Este antes de la caída del muro de Berlín. Nosotros intentamos
hacer nuestra parte. Dialogar significa aceptar el punto de vista
del otro, y el derecho del otro a decir algo sin una posición
ideológica. No es posible no aceptar una flexibilidad y considerar
sólo el blanco o el negro. No obstante, incluso en estas
condiciones, el único camino de la Iglesia para afrontar los
problemas es el diálogo.
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