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Samuel y la oración contemplativa

 

Isabel Castellanos

Servía el joven Samuel al Señor a las órdenes de Elí. En aquel tiempo era rara la palabra del Señor, y no eran corrientes las visiones. Cierto día estaba Elí acostado en su habitación –sus ojos iban debilitándose y ya no podía ver–; no estaba aún apagada la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el santuario del Señor, donde se encontraba el arca de Dios. Llamó el Señor: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “Aquí estoy.” Y corrió donde Elí diciendo: “Aquí estoy, porque me has llamado.” Pero Elí le contestó: “Yo no te he llamado, vuélvete a acostar.” Samuel se fue y se acostó. Volvió a llamar el Señor: “¡Samuel!” Se levantó Samuel y fue donde Elí diciendo: “Aquí estoy, porque me has llamado.” “Yo no te he llamado, hijo mío, vuélvete a acostar.”, le respondió Elí

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada Su palabra. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se levantó y fue a donde Elí diciendo: “Aquí estoy, porque me has llamado.” Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven, y dijo a Samuel: “Vete y acuéstate y si te llaman, dirás: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha.’” Samuel se fue y se acostó. Vino el Señor y llamó como las veces anteriores: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y Samuel creció, y el Señor estaba con él.

Relato del primer encuentro

La Iglesia proclama la historia de Samuel durante los días de la semana que siguen a la fiesta del bautismo de Jesús. El relato de ese primer encuentro de Samuel con el Señor está colmado de imágenes y expresiones que aluden a la oración contemplativa, particularmente en sus modalidades de oración centrante y de lectio divina.

Samuel nos muestra, en primer lugar, que en todo encuentro con el Señor es Dios quien toma la iniciativa. El muchacho, es verdad, había puesto de su parte. Tenía la costumbre de reposar en el templo, cerca del arca. Es decir, anhelaba hallarse próximo a la presencia viva de Dios. Atendía, además, al anciano y ciego Elí, y gustosamente sacrificaba su propio sueño si creía que éste así lo requería. Amor a Dios y amor al prójimo. Éstos eran los cimientos espirituales de Samuel. Pero eran también pura gracia y no obra propia. Dios había ido formando, calladamente, a Samuel, y su llamado no fue una recompensa, sino un misterio, un don, un designio de la voluntad divina. Del mismo modo, en toda oración, y especialmente en la oración contemplativa, es Dios quien toma la iniciativa. En su escuela aprendemos, como Samuel, que el Señor es totalmente impredecible, radicalmente sorprendente, absolutamente fuera de nuestro control. Llega cuando quiere, donde quiere y de la forma que quiere. Es inútil tratar de forzarlo. Sólo podemos esperar por Él pacientemente, confiados en que su tiempo no es el nuestro.

La figura de Elí nos recuerda que, en la travesía espiritual, no podemos andar solos. Necesitamos de otros que, en su momento, nos ayuden a discernir La Voz entre las voces. Elí hizo posible que Samuel reconociera el llamado del Espíritu y que respondiera de forma adecuada. Hoy en día la dirección espiritual no abunda como antes. Los sacerdotes son más escasos y están más llenos de ocupaciones administrativas que en el pasado. Pero existen nuevas formas de sostén, apropiadas para los nuevos tiempos. En el contexto de la oración centrante, encontramos grupos de apoyo que se reúnen semanalmente, y el facilitador y los miembros, además de orar en comunidad, pueden compartir sus inquietudes y experiencias.

Consentir a la acción de Dios

La respuesta que Elí le recomienda a Samuel es asimismo eminentemente contemplativa. No le indica que recite nada, que pida nada, que desarrolle acción alguna. Le aconseja solamente que espere. Y si Dios le habla de nuevo, que señale su intención de escuchar. Lo insta a que asuma una actitud receptiva a la acción transformadora del Señor. Ésa es la esencia misma de la oración centrante, que consiste en consentir a la presencia y a la acción de Dios en nuestra vida. Es también –y de modo especial– el eje de la lectio divina, que radica en escuchar la Palabra de Dios “con los oídos del corazón,” como diría San Benito. Las palabras de Samuel resultan, por lo tanto, extraordinariamente apropiadas para comenzar nuestra sesión diaria de lectio divina: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

Si continuamos leyendo el primer libro de Samuel, percibimos que éste, poco a poco, aprendió a reconocer la voz del Señor y a seguir sus consejos. Es decir, aprendió a vivir guiado por la presencia constante de Dios. Los mensajes que recibió no siempre fueron de su agrado. Muchas veces le resultaron incómodos e incluso peligrosos. Pero fue en esa escuela de sintonía receptiva donde Samuel recibió la energía y la gracia para realizar la misión que Yahveh le tenía reservada desde siempre. Es también donde nosotros aprendemos a interpretar el lenguaje de Dios, a distinguir su voz en el silencio.

mailto:castella@fiu.edu