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El
Padre Francisco Santana:
una vida de entrega a Cristo y a Cuba
Dora Amador
La Voz Católica
Unos días antes
de morir, el P. Francisco Santana quiso contarme muchas cosas,
la mayoría de ellas para que las revelara, otras no. En su
habitación del Hospital Mercy, iluminada por su ternura, fui
escribiendo todo lo que él me iba diciendo con una voz muy débil
ya, deteniéndose a menudo porque le faltaba el aire; esta vida
terrenal se le escapaba más rápidamente de lo que nos pudimos
imaginar.
El querido P.
Santana estaba muy grave; el cáncer había hecho metástasis; pero
no quería morir sin contar la verdad de Fe en Acción, mantenida
en silencio hasta que enfermó, cuando quiso que La Voz
Católica hiciera pública su obra. (Ver Ofrecer el
sufrimiento y la vida para alcanzar la redención en la
edición de junio). Temía que si el gobierno cubano se enteraba,
impidiera su labor. Pudo aliviar el dolor y curar las
enfermedades de miles de cubanos, salvó vidas y le dio esperanza
a un pueblo sumido en la desesperación.
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Foto de su silla de ruedas que le envió una enferma de Cuba al
P. Santana. |
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A este cura bueno me condujo Dios hace muchos años para ser
testigo de la humildad de alguien grande; del amor y la limpieza
de corazón de un hombre que fue objeto de insultos y calumnias
en Miami (sólo hay que recordar el año 1996, cuando iba de un
lado para otro, solicitando medicinas y comida para los
damnificados del huracán Lily, ¡cómo lo atacaron por la radio!),
y de la crueldad del gobierno castrista, que no le dio el
permiso de entrada a su país cuando lo solicitó hace meses para
celebrar sus 35 años de sacerdocio en el Santuario de la Virgen
de la Caridad del Cobre en Santiago de Cuba. Los celebró en la
Ermita de la Caridad el 12 de diciembre. Su homilía fue canto
hondo de amor a Cuba y a los cubanos, “sin exclusiones”, como
solía decir, y rezó por todos, “también por Caridad Diego”, dijo,
la encargada de asuntos religiosos del Partido Comunista, la
misma que le negó el permiso de entrada al país.
Al morir el querido Padre Francisco Santana tenía sólo dos pares
de zapatos, ambos con las suelas rotas. Los puños de su único
traje estaban raídos por el tiempo. Como los de José Martí, que
solía retratarse con las manos en la espalda para que no se
viera que las mangas de su traje estaban rotas. Ambos vivieron
en la pobreza. El Padre Santana murió un 28 de enero, la misma
fecha en que fue bautizado.
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Muchas sillas como ésta, ha enviado el P. Santana
a Cuba. |
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Con qué signos tan claros se nos va revelando Dios. En la mañana
del domingo 22 de febrero, me encontraba en la capilla sin poder
concentrarme en la oración; sabía que tenía poco tiempo para
editar las palabras del P. Santana y escribir sobre él. Entonces
abrí el Evangelio de ese día:
“Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos,
hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los
maldicen, rueguen por los que los maltratan.
”Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. Al
que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al
que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames.
”Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes.
Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen?
Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los
que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores
obran así. Y si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué
gracia tiene? También los pecadores prestan a pecadores para que
éstos correspondan con algo.
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María Ángeles Martínez muestra las carpetas que contienen unas
36,000 cartas procedentes de Cuba, dirigidas al P. Santana.
Foto: Angelique Ruhí-López |
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"Amen
a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a
cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán
hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los
pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes.
”No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán
condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará; se
les echará en su delantal una medida colmada, apretada y
rebosante. Porque con la medida que ustedes midan serán medidos
ustedes.” (Lucas 6, 27-38).
Estas palabras de Jesús las hizo vida el P. Santana hasta
quedarse casi en carne viva. Murió amando a Cristo y a Cuba con
todo su corazón e hizo de su vida una ofrenda por la redención
de todos los cubanos.
El texto que sigue es una versión editada de lo mucho que
compartió conmigo una tarde que nunca olvidaré. Estando ya en la
puerta para irme con mi computadora portátil en la mano, me
volví y lo vi sentado en su butaca, con su suero y su oxígeno.
Casi sin poder levantar la mano, me sonrió y me bendijo. Salí de
allí llorando de tristeza por él, que no pudo volver, por Cuba,
por los cubanos, por todo esto que nos ha tocado vivir. Me iba
llorando porque algo grande y misterioso me llenaba, sabía que
acababa de estar con un hombre santo.
Unidos en la caridad
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Filiberto Rodríguez lee una de entre las 50 a 100 cartas que
llegan todas las semana de Cuba, pidiendo medicinas.
Foto: Angelique Ruhí-López |
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Yo no tengo duda ninguna de que Fe en Acción es una obra del
Espíritu Santo.
El 13 de mayo de 1993, Día de la Virgen de Fátima, estaba yo en
Radio Martí y hablábamos en una mesa redonda con periodistas
sobre la ayuda humanitaria a Cuba. Y en medio del programa dije
que aquí en Miami conocíamos el chiste, muy común allá, de que
para estar bien y “resolver” hacía falta “tener fe”,
queriendo ellos decir no fe en Dios, sino “un familiar en
el exterior”. Y entonces quise dirigirme, en ese momento,
a los que no tenían familiar en el exterior. Y les dije a los
cubanos: no hay que lamentarse, si alguno de ustedes que me
escucha tiene algún familiar enfermo, si necesita una medicina,
escríbanme, que ustedes todos tienen un familiar en el exterior,
que es Nuestro Señor Jesucristo. Si he venido desde el año 85 [cuando
dio inicio a su programa “El cubano y su fe” en Radio Martí]
predicando que Dios es nuestro Padre y que somos hermanos, todos
tienen fe. Yo no puedo seguir proclamando la Buena
Noticia, dije, nuestra fe en Jesucristo, si no hiciéramos un
esfuerzo para ayudarlos. Y les dije la verdad: no tengo un
centavo, pero manden las cartas.
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Rodolfo García, hace entrega de un paquete de medicinas de Fe
en Acción, a la Hna. María Cristina Palacio, en la parroquia de
Santa Rita, La Habana, el 29 de mayo
de 2002.
Foto: Angelique Ruhí-López |
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Las primeras dos
que recibimos eran, una de un católico y la otra de un ateo. El
ateo estaba muy agradecido y abochornado consigo mismo, al ver
el acto de generosidad del cura, y cómo para él fue un momento
de conversión. Me pidió la medicina que necesitaba. La carta del
que decía que era católico, que era del pueblo de Florida, en
Camagüey, me dice que varias personas me habían escuchado y que
habían empezado a mandar ya las cartas para pedirme medicamentos,
y que circulaba un comentario de que ésta era otra de las formas
sarcásticas que el exilio tenía para con el pueblo cubano. Yo me
dije, bueno, miren qué contraste, la carta del ateo y la del
católico.
Al llegar las primeras cartas me puse a rezar frente a la imagen
de la Virgen de la Caridad con mucha fe, y le pedí, y le dije
que no tenía nada, no tenía dinero ni nada, pero mucha voluntad.
Yo no sabía lo que iba a pasar, pero que en sus manos lo
ponía todo.
Para ese entonces, la situación en Cuba estaba tan mala que
Fidel Castro se ve precisado a aceptar que las iglesias empiecen
a repartir medicinas allá. Permite que Cáritas llevara ayuda
humanitaria a Cuba. Comienza a dejar que los sacerdotes salgan
al extranjero, porque sabía que al regreso llevarían medicinas y
“fulas”, como le llaman allá a los dólares.
Los sacerdotes cubanos venían a la Ermita, y me contaban las
necesidades que tenían. Veíamos dos necesidades inmediatas:
abastecer el trabajo de base de Cáritas y encontrar a alguien en
Cuba que nos sirviera de distribuidor de las medicinas que
estábamos enviando personalmente.
Me acuerdo que hubo un sacerdote que pudo llevar 1,600 libras de
medicinas, no había limites entonces. Y jugábamos al gato y al
ratón con el régimen.
Norma Schmidt,
una voluntaria que trabajaba en la Ermita de la Caridad, me
empezó a ayudar leyendo las cartas que iban llegando, y me dijo
que se había enamorado del proyecto. Y Alberto Valdés y otros
voluntarios recogían las medicinas de las oficinas de los
médicos que nos la donaban, y se almacenaban en casa de Alberto;
su casa era la oficina de Fe en Acción. Ondina Menocal y Silvia
Rodríguez nos ayudaron mucho a reunir los equipos de voluntarios,
porque necesitábamos mucha más gente. Ellas trabajaban desde su
casa. Pero después tuvimos que alquilar una oficina, porque ya
teníamos una legión de voluntarios para separar las donaciones
venidas de los médicos cubanos.
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María Dolores Martínez (izq.) y Clara Rodríguez preparan
paquetes de medicinas para enviar a Cuba. Junto con las
medicinas, se les envía un rosario, un libro de oración y un
sobrecito de Sazón Completa donado por Goya.
Foto: Angelique Ruhí-López |
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Mira cómo las cosas se van dando cuando Dios pone su mano. Todo
se fue dando de una manera que no me cabe duda de que fue el
Espíritu Santo. Uno de esos días fui a visitar a Vivian Manerud,
la dueña de ABC Charters, que tenía vuelos constantes a Cuba. Y
le planteo la situación, pidiéndole ayuda. Desde que nos
conocimos nos caímos muy bien; ella me dijo que lo iba a pensar
y que en dos días me iba a dar la respuesta. A partir de ahí me
ofreció 30 visas mensuales y 30 pasajes gratis, aprobados por la
Sección de Intereses. También fui a Costa Rica a hablar con el
presidente de LACSA. La compañía nos estuvo dando cuatro viajes
por semana a La Habana vía San José. Ya para entonces se había
corrido la voz en Cuba de que esto existía, y mucha gente venía
a la Ermita pidiendo ayuda.
Poco tiempo después fui a Ginebra, a una gestión de derechos
humanos, y allá conocí a Elena Díaz-Verson Amos. Conversamos, y
a partir de ese momento, hasta que murió en el año 2000, nos
estuvo enviando entre $6,000 a $10,000 todos los meses para la
compra de medicinas y pasajes. Todos los años recibíamos esa
donación de ella.
Surgían casos que podíamos atender de urgencia gracias a su
ayuda, como fue el caso del hijo de Oswaldo Payá, cuando el niño
enfermó de gravedad en 1997. Elena envió un avión-hospital a
recoger al niño, y pudieron venir Oswaldo, Ofelita Acevedo, su
esposa, y Oswaldito, de 9 años. Gracias a su ayuda rápida se le
salvó la vida. Yo sólo tenía que hacerle una llamada por
teléfono para plantearle cualquier necesidad, y Elena Díaz-Verson
respondía en seguida; no había necesidad de pedir ayuda
financiera, porque ella financiaba todo Fe en Acción.
También nos ayudó mucho el Miami Medical Team; Manuel Alzugaray
nos enviaba muchas medicinas. Y así se fue estructurando todo un
sistema, que es el que ves hoy en la oficina, con una red de
voluntarios: unos leen las cartas, las clasifican por provincias,
llenan un papel donde ponen lo que cada cual necesita; otros
llenan los paquetes de medicinas, y otros dan el viaje cargados
para entregar en las parroquias.
Elena Díaz-Verson me dijo que había que organizarlo todo bien y
puso al servicio nuestro sus abogados; Fe en Acción se inscribió
como una organización sin fines de lucro [non profit],
independiente de la Arquidiócesis de Miami. Cuando hicieron la
inscripción me pusieron como presidente. De ahí en adelante el
Departamento de Estado me otorgó todos los permisos; también el
de Comercio, el del Tesoro.
Pero todo empieza a cambiar después de la visita del Papa.
Vivian Manerud nos empieza a reducir la ayuda, porque el
gobierno cubano quería “despapar” a Cuba lo antes posible;
Fidel le cogió mucho miedo a los efectos que había tenido la
visita del Papa. Así que desde el 98 se nos va cayendo la ayuda
de Vivian y en el 2000 se muere Elena Díaz-Verson sin dejar
nada escrito que nos pudiera ayudar.
Y después llega Elián, al poco tiempo de la muerte de Elena, y
me veo sin nada, aunque el Miami Medical Team siguió ayudando,
pero después el problema ha sido los tratamientos especiales a
ciertos pacientes. Entonces aparecen Carlos Saladrigas y Carlos
Manuel de la Cruz, millonarios los dos, les dicen “los Carlos”.
Necesitábamos dinero, y entre los dos Carlos y un miembro de la
familia Bacardí impulsaron la obra de nuevo, dando la ayuda
necesaria para el 2001 y el 2002.
Tuvimos un presupuesto bueno para compras de medicinas y un
promedio de 40 viajeros mensuales.
Pero yo quiero que cambie el nombre; esto se debe llamar Unidos
en la Caridad. Para mí, una de las cosas más bellas que pasaron
fue que Elena Díaz-Verson, una mujer podríamos decir de derecha,
se une a una de izquierda, Vivian Manerud, porque cada una de
ellas sabía lo que la otra hacía por Fe en Acción. Se unieron
para salvar vidas en Cuba.
Éste es el testimonio que necesitamos. El corazón es la única
base firme con que podemos construir la Cuba del futuro. Es en
la caridad, sólo en la caridad. A mí me dicen: “padre, qué
humano es usted”, y no se dan cuenta de que dicen “cristiano”.
Las cartas que recibimos son de católicos, de ateos, de
comunistas, espiritistas, bautistas, adventistas.
Los cubanos continuamos viviendo de fe. Yo recibí una postal de
Cuba, de la Divina Misericordia, y esa tarde estaba rezando,
diciendo: “Jesús, en ti confío”, porque estaba ya metido en
deudas. Y tocaron a la puerta, y la persona que me vino a
visitar me preguntó que si estaba preocupado, y me puse a
hablarle para desahogarme, y esa persona sacó una chequera y me
dio un cheque por $30,000.
Quisiera que Fe en Acción, Unidos en la Caridad, tuviera una
Junta de Directores, de consejeros espirituales, que todos los
cubanos nos podamos unir en la caridad, para el reencuentro.
Porque el problema de Cuba es más espiritual que económico o
social; la redención de Cuba se dará en el rescate del espíritu,
y eso sólo lo puede hacer el amor, porque el amor todo lo espera.
Más que eso, el amor todo lo logra: logró unir a Vivian y a
Elena.
Yo les quiero pedir que sigamos esta obra de caridad con los
enfermos y los necesitados de Cuba.
(Estando en el hospital, el P. Santana confió Fe en Acción a
Alberto Valdés, que desde los inicios es un voluntario del
programa).
Para hacer donaciones a Fe en Acción, puede llamar al
305-649-0933.
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