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El encuentro con Dios en las cárceles

Angelique Ruhí-López
La Voz Católica

Amado Bretón-Alfonso está buscando a Dios en la cárcel. “Quiero cambiar mi vida”, indicó Bretón-Alfonso, que en diciembre se encontraba en el Centro de Entrenamiento y Tratamiento del Departamento Correccional de Miami-Dade, con cuatro o cinco acusaciones en su contra. “Sabía de Dios antes, pero no había buscado a Dios. Estoy cansado de la vida que hasta ahora había hecho”.

El Obispo Auxiliar Agustín Román reparte la Eucaristía y bendice a presos del Centro de Entrenamiento y Tratamiento del Departamento Correccional de Miami-Dade, durante la celebración de una misa de adviento en diciembre. Arriba: Omar Fernández. Abajo, de iquierda a derecha, Amado Bretón Alfonso y Napoleón Jesús Díaz.
Fotos: Angelique Ruhí-López

El Centro de Entrenamiento y Tratamiento del Departamento Correccional de Miami-Dade es una cárcel en donde la mayoría de los presos cumple sentencias de menos de un año, o están en espera de ser juzgados. Cada jueves, 4 o 5 voluntarios laicos, miembros de la Pastoral Carcelaria de la arquidiócesis, visitan la cárcel y celebran una liturgia de la palabra, junto con predicación y oración de los fieles. Una o dos veces al año se invita a sacerdotes para celebrar misas. Además, los voluntarios conversan con los presos y comparten mutuamente sus experiencias de Dios.

“Soy testigo del poder que tiene Jesús para transformar los corazones de los hombres”, señaló Abelardo Carbono, coordinador del programa de voluntarios de la arquidiócesis para el Centro de Entrenamiento y Tratamiento, que visita la cárcel cada jueves. “Tenemos resultados y muchos testimonios de presos. Algunos han dicho que lo mejor que les ha pasado es el estar en la cárcel. La experiencia más grande es ver la necesidad que tienen. Esto hace que no faltemos”.

La visión y misión de una pastoral carcelaria, según la declaración de los Obispos Católicos de los Estados Unidos titulada Responsabilidad, rehabilitación y restitución: La perspectiva católica de la delincuencia y la justicia penal, publicada en febrero de 2001, es de reconocer que “la dignidad de la persona humana se aplica tanto a la víctima como al agresor” y que “nuestra fe ofrece mejores alternativas a los transgresores responsables de sus actos para desafiarlos a cambiar sus vidas”.

El preso Omar Fernández reza de rodillas al final de la misa, ofrecida mediante la Pastoral Carcelaria de la arquidiócesis. Francisco Jiménez, sentado detrás y acusado de penetrar en una propiedad privada, es católico practicante y conocía a Mons. Román desde Cuba.

Es decir, que al comprometerse, los casi 200 voluntarios de la Pastoral Carcelaria de la Arquidiócesis de Miami están viviendo el reto al cual nos llama Jesús en Mateo 25:36: “estuve en la cárcel, y vinieron a verme”. Y los presos reconocen la labor evangélica de estos voluntarios.

“Lo que todo el mundo quiere es paz y tranquilidad. Yo las encontré a través de los que vienen a evangelizar de la Iglesia Católica”, explicó Luis Hernández, que lleva 3 años en la cárcel porque lo acusan de robo. “Quizás Dios quiere que esté aquí para madurarme. No hay ninguna ofensa que el Señor no perdone 70 veces 7”.

“Las conversiones se logran con el poder de la Palabra”, señaló Carbono. “Tenemos Biblias en todos los idiomas [necesarios]; inclusive Biblias de letra grande. Nunca nos faltan materiales”.

Lester Jones, de Mississippi, acusado de ser cómplice en un robo, dice que lee diariamente la Biblia que le fue entregada.

“Yo creo en Dios también; no importa de qué religión seamos”, comentó Jones, que es bautista. “Mi mamá murió en marzo de 2003 y este ministerio me ha ayudado a reorganizar mi vida. Es una bendición tener este tiempo aquí en la capilla. Esta gente, los de la Pastoral Carcelaria, me entienden. Cuando salga de aquí, mi testimonio será compartir lo que Dios ha hecho por mí”.

Según Sammy Díaz, el director de la Pastoral Carcelaria, los voluntarios ayudan a los reclusos en el crecimiento espiritual y en la conversión, tanto como en la aceptación de su situación. Como acompañantes espirituales, los voluntarios ayudan a los detenidos a cambiar su actitud. Además de esto, la pastoral también se ocupa de las víctimas de crímenes a través de programas de abogacía, y está preparada para dar respuesta a las necesidades espirituales y emocionales de las víctimas y de los familiares de los presos.

“Quiero estar aquí y ayudar a esta pastoral, porque me hace sentir feliz”, expuso Carmen Figueroa, que tiene 7 hijos, 13 nietos y 18 biznietos. “Es un ministerio muy lindo y hace falta. Es la gente más olvidada. Hay que orar por ellos”.

El poder y el amor de Dios se manifiestan no sólo en los voluntarios , sino también en los presos que han buscado – y han encontrado – a Dios en la cárcel.

“Siempre he sabido que Dios nos ama, pero saberlo y actuar según esto son dos cosas distintas”, afirmó un preso que no quiso decir su nombre. “Estar en la cárcel significa tener tiempo para pensar en estas cosas. Aquí, hay que escribir una petición para todo lo que haces – si quieres un uniforme nuevo, si quieres ir a ver al capellán, si quieres ir a cualquier parte del edificio. Pero con el Señor, no hay que escribir ninguna petición. Solo tienes que buscarlo y Él te encontrará”.