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La Cuaresma
Este 25 de febrero fue el Miércoles de Ceniza que dio comienzo a
la Cuaresma. Desde los primeros siglos de la era cristiana, la
Cuaresma en la Iglesia de rito latino se refería al período
litúrgico de cuarenta días en el que, desde el Miércoles de
Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, sin contar los domingos,
los cristianos dedicaban tiempo al ayuno y a la renovación
personal, en preparación para la celebración de los misterios
pascuales de Jesucristo. En la Iglesia oriental, al menos desde
el siglo IV, como sabemos ya por el testimonio de San Atanasio
de Alejandría, se celebraba la Cuaresma iniciándola con seis
semanas de mera preparación personal y litúrgica, sin la
exigencia eclesial de ayuno, para un tiempo final de ayuno
severo durante la Semana Santa. Con este tiempo de ayuno y
renovación, tanto en la Iglesia de rito latino como en la
oriental, los cristianos han intentado solidarizarse con la
realidad salvífica de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Que el tiempo cuaresmal fuese para la Iglesia un período de
cuarenta días se basa, sin duda, en el ejemplo, no sólo de los
dos grandes profetas del antiguo pueblo israelita, es decir,
Moisés y Elías, sino sobre todo de Jesucristo, que antes de
comenzar su misión pública se retira al desierto durante
cuarenta días.
Esta asociación de la Cuaresma con Moisés, Elías, y sobre todo
Jesucristo, es de suma significación para los cristianos, pues
nos recuerda que la vocación cristiana tiene una dimensión
profética que hunde sus raíces en una espiritualidad del
desierto, como ya enseñaban los Padres de la Iglesia. En efecto,
la dimensión profética que configura a todo cristiano desde su
bautismo está íntimamente relacionada con la experiencia
personal del encuentro con Dios en el desierto. Para los
profetas del pueblo judío el desierto era el lugar de
preferencia para disponerse a escuchar la palabra purificadora
de Dios y su revelación liberadora. Es en el desierto que Moisés
tiene el encuentro con Dios que cambia radicalmente el sentido y
la misión de su vida: de un pastor de ovejas, se convierte en el
gran profeta y liberador de los judíos. Más aún, es en los
cuarenta años de peregrinaje por el desierto que el pueblo judío,
liberado de la esclavitud en Egipto, recibe la ley de Dios por
medio de Moisés, y se consolida como el pueblo que está
preparado y purificado para establecerse en la tierra prometida
por Dios.
Fue durante cuarenta días que Elías peregrinó por el desierto
hasta llegar al Sinaí, el lugar en el que Moisés había tenido su
encuentro con Dios, y donde Elías recibió la consoladora
revelación de que, en medio de los trabajos y las vicisitudes
dolorosas de la vida, Dios es tierno y suave alivio para la
mente y el corazón –refrescante como la brisa–, para el que pone
su esperanza solamente en Él.
Y fue en los cuarenta días en el desierto y la austeridad del
ayuno que Jesús es confirmado por su Padre en su misión
salvífica de proclamar el Reino de Dios, venciendo las
asechanzas del pecado humano y de las tentaciones e incitaciones
mentirosas del demonio, que distorsionan la verdad y la historia
personal y colectiva de los seres humanos.
Los cuarenta días de Cuaresma se refieren a la necesaria
conversión que, como lo proclamaba Juan el Bautista –también en
el desierto–, tenemos que realizar para entrar en el Reino de
Dios, es decir, para poder vivir de acuerdo al verdadero sentido
de nuestra vida, que no es otra cosa que la realización del plan
de Dios para cada uno de nosotros y para la sociedad en general.
Necesitamos el silencio y la austeridad purificadora del
desierto para no confundir la voz profética de Dios y la gracia
de su Reino con los ruidos tentadores y las apariencias del
mundo sensual y materialista. Así pues, el tiempo cuaresmal es
para los cristianos un tiempo de preparación y purificación. Es
un tiempo de gracia en que estamos llamados a despojarnos ante
Dios de todo lo que no venga de Él, para que en la desnudez de
nuestro desierto existencial podamos llenarnos de Dios,
recibiendo de Él la misión profética de liberación personal y
social que Él ha planeado para nosotros. En otras palabras, los
cuarenta días de Cuaresma constituyen la ocasión para
prepararnos y disponernos para que Dios se nos revele y nos
transforme, liberándonos de las cadenas que impiden nuestra
plena maduración y crecimiento en la fe, y en nuestra misión
como cristianos bautizados, y por tanto como personas.
El ayuno y oración, la penitencia, y la solidaridad con los
pobres, son muy importantes durante la Cuaresma. Todos ellos son
realidades concretas que nos ayudan a despojarnos de nuestras
dependencias egoístas y de nuestras ataduras personales, que nos
impiden tener un corazón abierto no sólo para lo que Dios tiene
reservado para cada uno de nosotros, sino también para lo que
Dios quiere hacer a través de nosotros en favor de los demás
seres humanos, especialmente de los más necesitados.
El tiempo de Cuaresma podrá ser un tiempo de auténtica
conversión y renovación si incluye también un proceso de serio
discernimiento y profunda reflexión sobre la orientación y
prioridades de nuestra vida y nuestros compromisos. En este
proceso de discernimiento y reflexión debemos no solamente
preguntarnos sobre el sentido y la autenticidad de nuestras
actitudes y opciones fundamentales. Debemos también caer en la
cuenta con humildad, que como Santa Teresa decía, es la verdad
de nuestra indigencia e incapacidad para ser genuinamente
felices y para realizarnos plenamente sin la ayuda de Dios,
concretamente, sin la gracia que nos viene de la muerte y
resurrección de Jesucristo. Más aún, la Cuaresma es un tiempo
privilegiado para volver a comenzar de nuevo con esperanza
cuando todo parecía estar perdido o sin sentido; es un tiempo
especial de la misericordia de Dios, que quiere la conversión
del pecador y el regreso a Dios, nuestro Padre, después de haber
estado zozobrando y ahogándose en medio de las miserias de la
vida.
En fin, y a modo de recapitulación, conviene señalar aquí que el
espíritu de conversión y de desierto nos orienta y dispone hacia
la participación en el misterio pascual de la muerte y
resurrección de Jesucristo, que como indicamos antes, es aquello
para lo que la Cuaresma nos prepara. Para esta participación
fuimos bautizados, como nos lo recuerda Pablo en su Epístola a
los Romanos. En efecto, morir a todo lo que nos separa del
seguimiento radical de Jesucristo para poseer la vida verdadera
que Él nos ofrece con su resurrección, es lo que la Iglesia
celebra y exhorta a todos los cristianos a celebrar en este
tiempo de peregrinación existencial en el desierto que es la
Cuaresma.
Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario San Vicente de
Paúl, Boynton Beach, Florida.
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