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La Cuaresma

Antonio López Villalta

Este 25 de febrero fue el Miércoles de Ceniza que dio comienzo a la Cuaresma. Desde los primeros siglos de la era cristiana, la Cuaresma en la Iglesia de rito latino se refería al período litúrgico de cuarenta días en el que, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección, sin contar los domingos, los cristianos dedicaban tiempo al ayuno y a la renovación personal, en preparación para la celebración de los misterios pascuales de Jesucristo. En la Iglesia oriental, al menos desde el siglo IV, como sabemos ya por el testimonio de San Atanasio de Alejandría, se celebraba la Cuaresma iniciándola con seis semanas de mera preparación personal y litúrgica, sin la exigencia eclesial de ayuno, para un tiempo final de ayuno severo durante la Semana Santa. Con este tiempo de ayuno y renovación, tanto en la Iglesia de rito latino como en la oriental, los cristianos han intentado solidarizarse con la realidad salvífica de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Que el tiempo cuaresmal fuese para la Iglesia un período de cuarenta días se basa, sin duda, en el ejemplo, no sólo de los dos grandes profetas del antiguo pueblo israelita, es decir, Moisés y Elías, sino sobre todo de Jesucristo, que antes de comenzar su misión pública se retira al desierto durante cuarenta días.

Esta asociación de la Cuaresma con Moisés, Elías, y sobre todo Jesucristo, es de suma significación para los cristianos, pues nos recuerda que la vocación cristiana tiene una dimensión profética que hunde sus raíces en una espiritualidad del desierto, como ya enseñaban los Padres de la Iglesia. En efecto, la dimensión profética que configura a todo cristiano desde su bautismo está íntimamente relacionada con la experiencia personal del encuentro con Dios en el desierto. Para los profetas del pueblo judío el desierto era el lugar de preferencia para disponerse a escuchar la palabra purificadora de Dios y su revelación liberadora. Es en el desierto que Moisés tiene el encuentro con Dios que cambia radicalmente el sentido y la misión de su vida: de un pastor de ovejas, se convierte en el gran profeta y liberador de los judíos. Más aún, es en los cuarenta años de peregrinaje por el desierto que el pueblo judío, liberado de la esclavitud en Egipto, recibe la ley de Dios por medio de Moisés, y se consolida como el pueblo que está preparado y purificado para establecerse en la tierra prometida por Dios.

Fue durante cuarenta días que Elías peregrinó por el desierto hasta llegar al Sinaí, el lugar en el que Moisés había tenido su encuentro con Dios, y donde Elías recibió la consoladora revelación de que, en medio de los trabajos y las vicisitudes dolorosas de la vida, Dios es tierno y suave alivio para la mente y el corazón –refrescante como la brisa–, para el que pone su esperanza solamente en Él.

Y fue en los cuarenta días en el desierto y la austeridad del ayuno que Jesús es confirmado por su Padre en su misión salvífica de proclamar el Reino de Dios, venciendo las asechanzas del pecado humano y de las tentaciones e incitaciones mentirosas del demonio, que distorsionan la verdad y la historia personal y colectiva de los seres humanos.

Los cuarenta días de Cuaresma se refieren a la necesaria conversión que, como lo proclamaba Juan el Bautista –también en el desierto–, tenemos que realizar para entrar en el Reino de Dios, es decir, para poder vivir de acuerdo al verdadero sentido de nuestra vida, que no es otra cosa que la realización del plan de Dios para cada uno de nosotros y para la sociedad en general. Necesitamos el silencio y la austeridad purificadora del desierto para no confundir la voz profética de Dios y la gracia de su Reino con los ruidos tentadores y las apariencias del mundo sensual y materialista. Así pues, el tiempo cuaresmal es para los cristianos un tiempo de preparación y purificación. Es un tiempo de gracia en que estamos llamados a despojarnos ante Dios de todo lo que no venga de Él, para que en la desnudez de nuestro desierto existencial podamos llenarnos de Dios, recibiendo de Él la misión profética de liberación personal y social que Él ha planeado para nosotros. En otras palabras, los cuarenta días de Cuaresma constituyen la ocasión para prepararnos y disponernos para que Dios se nos revele y nos transforme, liberándonos de las cadenas que impiden nuestra plena maduración y crecimiento en la fe, y en nuestra misión como cristianos bautizados, y por tanto como personas.         

El ayuno y oración, la penitencia, y la solidaridad con los pobres, son muy importantes durante la Cuaresma. Todos ellos son realidades concretas que nos ayudan a despojarnos de nuestras dependencias egoístas y de nuestras ataduras personales, que nos impiden tener un corazón abierto no sólo para lo que Dios tiene reservado para cada uno de nosotros, sino también para lo que Dios quiere hacer a través de nosotros en favor de los demás seres humanos, especialmente de los más necesitados.

El tiempo de Cuaresma podrá ser un tiempo de auténtica conversión y renovación si incluye también un proceso de serio discernimiento y profunda reflexión sobre la orientación y prioridades de nuestra vida y nuestros compromisos. En este proceso de discernimiento y reflexión debemos no solamente preguntarnos sobre el sentido y la autenticidad de nuestras actitudes y opciones fundamentales. Debemos también caer en la cuenta con humildad, que como Santa Teresa decía, es la verdad de nuestra indigencia e incapacidad para ser genuinamente felices y para realizarnos plenamente sin la ayuda de Dios, concretamente, sin la gracia que nos viene de la muerte y resurrección de Jesucristo. Más aún, la Cuaresma es un tiempo privilegiado para volver a comenzar de nuevo con esperanza cuando todo parecía estar perdido o sin sentido; es un tiempo especial de la misericordia de Dios, que quiere la conversión del pecador y el regreso a Dios, nuestro Padre, después de haber estado zozobrando y ahogándose en medio de las miserias de la vida.

En fin, y a modo de recapitulación, conviene señalar aquí que el espíritu de conversión y de desierto nos orienta y dispone hacia la participación en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, que como indicamos antes, es aquello para lo que la Cuaresma nos prepara. Para esta participación fuimos bautizados, como nos lo recuerda Pablo en su Epístola a los Romanos. En efecto, morir a todo lo que nos separa del seguimiento radical de Jesucristo para poseer la vida verdadera que Él nos ofrece con su resurrección, es lo que la Iglesia celebra y exhorta a todos los cristianos a celebrar en este tiempo de peregrinación existencial en el desierto que es la Cuaresma.

Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario San Vicente de Paúl, Boynton Beach, Florida.