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Para decodificar “el Código Da Vinci”
Redacción
La Voz Católica
Escrita con un vertiginoso ritmo persecutorio, la novela
El código Da Vinci,
del norteamericano Dan Brown, se “hace leer” de una sentada, a
pesar de sus casi 500 páginas de extensión. El autor ha sabido
combinar los ingredientes necesarios para facturar un
bestseller,
y ha logrado un impresionante éxito de lectores, que seguramente
se convertirá en éxito de espectadores cuando se estrene la
anunciada versión cinematográfica de la novela.
En una verdadera demostración de maestría técnica, Brown
desarrolla su trama en un lapso de menos de 24 horas, que se
inicia con un asesinato al filo de la media noche y termina con
una consoladora reunificación familiar al anochecer del día
siguiente.
El núcleo conceptual de
El código Da Vinci
consiste en la sugerencia de que “la más grande historia jamás
escrita” –es decir, la historia de Jesús de Nazaret– es,
realmente, “la más grande mentira jamás inventada”. Mentira
sobre la cual se levantaría la Iglesia Católica, cuya jerarquía
habría logrado ocultar la “verdad” durante 2,000 años.
Esta verdad, según Brown, es la de que Jesús y María Magdalena
sostuvieron un amor plenamente humano y engendraron una hija que
dio origen, a su vez, a una dinastía real perseguida por la
Iglesia y defendida por una orden secreta a lo largo de la
historia. Casi extinguida, la dinastía de María Magdalena logra
sobrevivir hasta la protagonista de la novela, una criptógrafa
francesa que, en compañía de un académico norteamericano al
estilo de Indiana Jones, sortea todos los peligros hasta llegar,
recorriendo un laberinto de claves, a la “verdad” de que ella es
la descendiente “legítima” de Jesucristo y María Magdalena.
El crítico español Pablo J. Ginés Rodríguez, en un pormenorizado
análisis de las contradicciones que subyacen en la novela,
demuestra que ésta –a pesar de sus méritos– se basa en una
falsedad:
“La base
‘histórica’ de Brown descansa sobre una fecha: el concilio de
Nicea, del año 325. Según su tesis, antes de esta fecha el
cristianismo era un movimiento muy abierto, que aceptaba ‘lo
divino femenino’, que no veía a Jesús como Dios, y que había
generado muchos evangelios. En aquel año el emperador
Constantino, adorador del culto –masculino– al Sol Invicto, se
apoderó del cristianismo, desterró a ‘la diosa’, convirtió al
profeta Jesús en un héroe-dios solar, y desató una redada, a la
manera estalinista, para hacer desaparecer los evangelios que no
le convenían”.
“Pero incluso si
Constantino hubiese querido cambiar así la fe que ya practicaban
millones de hombres y mujeres”, señala Ginés Rodríguez, “¿cómo
habría podido hacerlo en un concilio, sin que se diesen cuenta
no sólo todos los cristianos, sino centenares de obispos? Muchos
de los obispos de Nicea eran veteranos supervivientes de las
persecuciones de Diocleciano, y llevaban sobre su cuerpo las
marcas de la prisión, la tortura o los trabajos forzados por
mantener su fe. ¿Iban a dejar que un emperador cambiase esta fe?”,
se pregunta el crítico. “¿Acaso no era esa fe la causa de las
persecuciones desde Nerón: la resistencia cristiana a ser
asimilados como un culto más? De hecho, si el cristianismo,
antes del 325, hubiese sido tal como lo describen los personajes
de Brown y muchos neognósticos actuales, nunca habría padecido
persecución, ya que habría encajado perfectamente con tantas
otras opciones paganas”, señala. “El cristianismo fue siempre
perseguido por no aceptar las imposiciones religiosas del poder
político, y por proclamar que sólo Cristo es Dios, con el Padre
y el Espíritu Santo”, afirma Ginés Rodríguez. “Un repaso a los
evangelios canónicos, escritos casi 250 años antes del Concilio
de Nicea, muestra unas cuarenta menciones a Jesús como Hijo de
Dios”, concluye.
Por su parte, la periodista española Mar Velasco, en una severa
crítica sobre la novela de Brown, afirmó que “probablemente, lo
mejor que se puede decir a propósito de El código Da Vinci
es lo que la escritora Cinthya Grenier escribió en el Weekly
Standard: ‘Por favor, que alguien le dé a este hombre y a
sus editores unas clases básicas sobre la historia del
cristianismo, y un mapa’”.
Según la
periodista, en el libro “las excentricidades se mezclan con
multitud de datos erróneos, que tanto la crítica como el público
no han tardado en reconocer: desde afirmaciones escritas desde
la más absoluta ignorancia histórica –los Juegos Olímpicos de la
antigüedad se celebraban en honor de Zeus, no de Afrodita; el
Papa Clemente V no eliminó a los templarios en un plan
maquiavélico ni pudo echar sus cenizas al Tíber, entre otras
cosas porque vivía en Aviñón–, hasta la osadía de dar
referencias geográficas que no se corresponden con la realidad
–el recorrido en coche por las calles de París es imposible–,
pasando por ataques directos y poco originales a la figura de
Cristo y a la doctrina católica”.
“Desafortunadamente”, escribe Ginés Rodríguez, “para miles de
lectores jóvenes y adultos, esta novela será su primer –quizá
único– contacto con la historia antigua de la Iglesia, una
historia regada por la sangre de los mártires y la tinta de
evangelistas, apologetas, filósofos y Padres. No sería digno de
los cristianos del siglo XXI”, señala, “ceder ante el
neopaganismo, sin lucha ni respuesta, el espacio que los
cristianos de los primeros siglos ganaron con su fidelidad
comprometida a Jesucristo”.
Con la colaboración de la agencia de prensa ACI.
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