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Hacia una esperanza activa
“¡Tenga usted esperanza, que todo va a salir bien!”¿Qué
significa esta frase? ¿A qué nos referimos cuando decimos “tenga
esperanza”?
Los cristianos nos hemos caracterizado siempre por ser “personas
de esperanza”. Esta afirmación categórica muchas veces no es
entendida por la gran mayoría, que cree que esperar es estar
sentado, quieto, a ver en qué momento llueven bendiciones del
cielo. En varias oportunidades nos señalan a los cristianos como
grandes pacientes, dejando todo en manos de Dios.
En parte es cierto que así hemos sido educados; pero, ¿qué tan
ciertas son, teológicamente, estas afirmaciones? La esperanza es
lo más lejano a la pasividad total. Esperar, unido a creer y a
amar, nos habla de las tres grandes virtudes que –por girar en
torno de ellas la vida humana-cristiana– se llaman “cardinales”.
La fe, la esperanza y la caridad (o el amor) son el eje para
entender todo el resto de la verdad revelada por Dios a través
de las Sagradas Escrituras, e interpretada por la Tradición de
la Iglesia.
Cuando digo “tengo esperanza”, quiero decir que estoy poniendo
de mi parte todos los dones que Dios me dio, para cumplir Su
voluntad. Y tengo entonces esperanza en que estoy haciendo bien
las cosas dentro del marco de la vida social y cultural que me
toca vivir. Así, mi esperanza es activa. Mi creer se transforma
en esperanza.
Tengo esperanza en que lo que creo es verdad. Creo en Jesucristo
y espero en Él. El centro de mi esperanza es el Señor. Yo creo
en lo que Jesús me ha prometido. Por eso, creyendo en Él, espero
el cumplimiento de su Palabra Salvadora. Porque creo, espero, y
esperando me mantengo activo, para que esa salvación que Jesús
consiguió para mí, desde la vivencia eclesial, pueda yo
alimentarla para vivir mejor.
Mantenerse en esperanza es el mejor recurso para la felicidad
del alma. Quien está sin esperanza o desesperado, no es feliz.
Por eso es muy importante preguntarnos con cierta frecuencia
cómo está nuestra esperanza.
La esperanza también está unida a las realidades últimas de
nuestra vida. Tenemos esperanza de que después de esta vida,
alcanzaremos la vida eterna en el Paraíso, donde todo será
felicidad sin mancha. Pero es muy importante que no dejemos para
el cielo la felicidad, sino adiestrarnos para vivirla desde el
momento presente.
La esperanza que tenemos puesta en Cristo Jesús, también nos
lleva a dos grandes momentos: saber que en el futuro, podré
seguir amando al Señor, y entregarle por anticipado a Él todos
los días que han de venir. Eso nos da esperanza, nos produce
alegría. Pero un segundo momento es saber que Dios puede seguir
actuando en nuestras vidas de una manera distinta, nueva. En
Dios, todo es novedad, como decía San Agustín: “¡oh hermosura
siempre antigua y siempre nueva, qué tarde te conocí!”
Preparemos en este tiempo nuestros corazones para
renovar nuestra fe en el Señor y en su Iglesia. Al mismo tiempo,
renovar nuestra esperanza en Él y en que Él puede hacer de
nosotros criaturas nuevas, que con esperanza miramos al mundo,
al futuro, y actuamos para transformarlo, ya no en nombre propio,
sino en nombre del Señor. Como diría San Pablo: “no soy yo, es
Cristo quien vive en mí”
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