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Hacia una esperanza activa

Ricardo Grzona

“¡Tenga usted esperanza, que todo va a salir bien!”¿Qué significa esta frase? ¿A qué nos referimos cuando decimos “tenga esperanza”?

Los cristianos nos hemos caracterizado siempre por ser “personas de esperanza”. Esta afirmación categórica muchas veces no es entendida por la gran mayoría, que cree que esperar es estar sentado, quieto, a ver en qué momento llueven bendiciones del cielo. En varias oportunidades nos señalan a los cristianos como grandes pacientes, dejando todo en manos de Dios.

En parte es cierto que así hemos sido educados; pero, ¿qué tan ciertas son, teológicamente, estas afirmaciones? La esperanza es lo más lejano a la pasividad total. Esperar, unido a creer y a amar, nos habla de las tres grandes virtudes que –por girar en torno de ellas la vida humana-cristiana– se llaman “cardinales”. La fe, la esperanza y la caridad (o el amor) son el eje para entender todo el resto de la verdad revelada por Dios a través de las Sagradas Escrituras, e interpretada por la Tradición de la Iglesia.

Cuando digo “tengo esperanza”, quiero decir que estoy poniendo de mi parte todos los dones que Dios me dio, para cumplir Su voluntad. Y tengo entonces esperanza en que estoy haciendo bien las cosas dentro del marco de la vida social y cultural que me toca vivir. Así, mi esperanza es activa. Mi creer se transforma en esperanza.

Tengo esperanza en que lo que creo es verdad. Creo en Jesucristo y espero en Él. El centro de mi esperanza es el Señor. Yo creo en lo que Jesús me ha prometido. Por eso, creyendo en Él, espero el cumplimiento de su Palabra Salvadora. Porque creo, espero, y esperando me mantengo activo, para que esa salvación que Jesús consiguió para mí, desde la vivencia eclesial, pueda yo alimentarla para vivir mejor.

Mantenerse en esperanza es el mejor recurso para la felicidad del alma. Quien está sin esperanza o desesperado, no es feliz. Por eso es muy importante preguntarnos con cierta frecuencia cómo está nuestra esperanza.

La esperanza también está unida a las realidades últimas de nuestra vida. Tenemos esperanza de que después de esta vida, alcanzaremos la vida eterna en el Paraíso, donde todo será felicidad sin mancha. Pero es muy importante que no dejemos para el cielo la felicidad, sino adiestrarnos para vivirla desde el momento presente.

La esperanza que tenemos puesta en Cristo Jesús, también nos lleva a dos grandes momentos: saber que en el futuro, podré seguir amando al Señor, y entregarle por anticipado a Él todos los días que han de venir. Eso nos da esperanza, nos produce alegría. Pero un segundo momento es saber que Dios puede seguir actuando en nuestras vidas de una manera distinta, nueva. En Dios, todo es novedad, como decía San Agustín: “¡oh hermosura siempre antigua y siempre nueva, qué tarde te conocí!”

Preparemos en este tiempo nuestros corazones para renovar nuestra fe en el Señor y en su Iglesia. Al mismo tiempo, renovar nuestra esperanza en Él y en que Él puede hacer de nosotros criaturas nuevas, que con esperanza miramos al mundo, al futuro, y actuamos para transformarlo, ya no en nombre propio, sino en nombre del Señor. Como diría San Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”

presidencia@fundacionpane.org