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Lo que Gibson buscaba lo ha conseguido: golpea

Vittorio Messori
La Razón / ACI

Jesús (Jim Caviezel), sentado junto a los Apóstoles en la Última Cena. © 2003 Icon Distribution Inc. Newmarket Films. Fotos: Philippe Antonello

Mel Gibson lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: “Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman”.

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús; hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que –se dieron cuenta después– es, en alemán, la “Estrella de la mañana” de la letanía del Rosario.

 

Comprender con el corazón
Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: “Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo”. El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido el de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga botonadura celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.

La Virgen María (Maia Morgenstern), a la izquierda, y María Magdalena (Monica Bellucci). © 2003 Icon Distribution Inc. Newmarket Films. Fotos: Philippe Antonello

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el “comprender las palabras”, como quieren los nuevos liturgistas, de cuya superficialidad se lamenta Gibson, porque le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.

El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas –terribles y maravillosas– que se bastan a sí mismas.

En el plano técnico, el filme es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica –con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger– de la que La Pasión es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

 

Catolicidad radical
En síntesis, la “catolicidad” radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo narran. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús, que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo para sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.

Una “catolicidad” radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto “eucarístico”, reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro –o la otra– con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilato, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de San Juan, que también yo propuse. Un “vaciamiento” del sudario, dejando un signo suficiente para “ver y creer” que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?
¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos norteamericanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado, no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión, hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilato, se opone el coraje del miembro del Sanedrín –episodio añadido por el director– que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, Magdalena pregunta a la Virgen: “¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?”. “Porque”,  responde María, “todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más”. Todos, pero absolutamente todos. Sean “judíos o gentiles”. Esta obra, dice Gibson ante los ataques preventivos, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería éste si excluyese a alguien?