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Por una liturgia
de la Iglesia fiel al pasado,
abierta
al futuro y asentada en el presente
Vanessa Guillén Drija
Especial para La Voz Católica
Hace poco más de cuatro décadas el Sumo Pontífice Pablo VI
promulgó la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la
Sagrada Liturgia, y motivados por dicha celebración, el pasado 7
de febrero tuvo lugar en la Universidad de St. Thomas, en Miami,
el simposio titulado 40 Años de Reforma Litúrgica: Moldeando
la Liturgia para el Siglo XXI, que contó con la presencia
del Reverendo Juan Javier Flores, Presidente del Instituto
Pontificio de Liturgia San Anselmo, en Roma; y el reverendo
Keith K. Peckelers de la Universidad Gregoriana y el Instituto
de Liturgia Pontificia de Nueva York.
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El P. Juan Javier Flores, presidente del Instituto Pontificio de
Liturgia San Anselmo, de Roma, habla ante una audiencia en la
Universidad St. Thomas. Foto:
Vanessa
Guillén Drija
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Durante la reflexión sobre la reforma litúrgica del Concilio
Vaticano II, el Rev. Flores afirmó que este concilio “ha
ofrecido a la Iglesia la mejor reflexión sobre la liturgia que
se ha hecho en toda la historia de la Iglesia”, ya que al pasar
de los años “ha ido ofreciendo a la misma Iglesia indicaciones y
libros litúrgicos adaptados a la mentalidad de los nuevos
tiempos presagiados y anticipados por el Vaticano II (…) lo que
hace de la liturgia la fuente de la espiritualidad de la
Iglesia”.
Igualmente Flores enfatizó que una buena manera de hacer que la
liturgia vuelva a ser el alma de la Iglesia será partiendo de
“una sana formación litúrgica” que comience con el conocimiento
de la teología, “para acabar en una pastoral que lleve a
nuestros fieles al mismo misterio de Jesucristo”, y que se habrá
completado “cuando nuestras celebraciones estén llenas del
espíritu que invade toda la letra de la reforma litúrgica,
cuando los sacerdotes celebren con la dignidad y el decoro que
se exige y cuando los fieles participen en la acción litúrgica
como celebrantes y no como mudos espectadores”.
Para contextualizar su aseveración, Flores hizo referencia al
documento número 10 de la Constitución Conciliar que expresa que
‘la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la
Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza’,
a lo que añadió que lo más importante de ese texto es el hecho
de que presenta toda la liturgia, no sólo a la eucaristía, como
el centro de la vida de la Iglesia. “Solamente partiendo de esta
visión teológica, la liturgia de este siglo será la liturgia de
la Iglesia, fiel al pasado pero también abierta al futuro y
asentada en el presente”, dijo.
“La liturgia que ha traspasado el umbral del año 2000 deberá ser
una liturgia más simbólica que verbalista. Una liturgia que
incida en los símbolos y en el rito para que expresen lo que son
y lo que significan. Una liturgia que represente lo que ella es
en sí, acción sagrada por excelencia, que comunique las cosas
santas que significa en un lenguaje que llegue al hombre de hoy
y de mañana”.
Celebración litúrgica vivida
El Rev. Juan Javier Flores también enfatizó la necesidad de
llevar el conocimiento a la parte vivencial. “Ahora nuestra vida
cristiana se deja impregnar de lo celebrado. No hay modo mejor
de participar en la liturgia que asimilándola a nuestro vivir
cotidiano”, dijo.
Asimismo explicó: “Se trata de ser lo que celebramos, de
asimilar las realidades celebradas hasta hacerlas vida. La
dimensión interior y la mística de la liturgia conlleva por
nuestra parte una labor de apropiación del objeto celebrado que
no es otro que Jesucristo, muerto y resucitado. Transformarse en
Cristo ha sido desde siempre el anhelo de toda la mística
cristiana (…) La liturgia del siglo XXI deberá arrastrar consigo
todo el compromiso que le ha hecho caminar en medio de los
cristianos durante dos milenios. En el Antiguo Testamento no
existía una liturgia que no fuese también justicia y caridad
hacia los demás, del mismo modo que no existía justicia y
caridad dirigida hacia los demás que no fuese también liturgia”.
Flores manifestó su visión de lo que debería seguir siendo la
Liturgia del Tercer Milenio: “una liturgia que represente lo que
quiere ser; que comunique, unifique y transforme; profética y
espiritual”; que sea “una celebración que esté vinculada con la
vida y que se comprometa en la acción, de modo que la liturgia
sea vista como única escuela de espiritualidad eclesial, como
fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, como fuente de la vida
espiritual, o como dijo Pablo VI, como ‘fuente primera de
nuestra comunión con Dios y primera escuela de vida espiritual’”.
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