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Ante el Memorial Cubano

Mensaje de Mons. Agustín Román al concluir la Misa en el Memorial Cubano por las Víctimas del Castrismo, celebrada el 21 de febrero en el Parque Tamiami. Al día siguiente, domingo 22, se celebró un acto ecuménino en el que ofrecieron testimonio cristianos de diversas confesiones.

Mons. Agustín Román

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”. Éstas son palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que podemos encontrar en los Evangelios, y son, ciertamente, palabras que encierran un gran compromiso para cada cristiano: tomar cada uno su cruz, negarse a sí mismo, y seguir a Jesucristo.

Yo estoy seguro, además, de que no habría palabras más precisas para describir la vida de los que se olvidan de todo interés personal, hacen suya la cruz de su pueblo y siguen al Señor hasta la muerte, en pos del ideal cristiano de la justicia.

Fue el propio Jesús quien llamó bienaventurados a los que tienen hambre y sed de justicia y quien nos dijo, además, que no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos.

Juan Álvarez, que fué preso político durante 10 años en Cuba, enciende una vela delante de la cruz de su sobrino Ernesto Díaz Madruga, primer preso asesinado en Isla de Pinos –actualmente Isla de la Juventud–, el 22 de mayo de 1965.  Fotos: EFE/Marimer Codina

Por lo tanto, si es siempre hermosa la costumbre de rezar por los difuntos, lo es mucho más hoy, en que ponemos a los pies de nuestra Santísima Madre de la Caridad del Cobre, nuestra plegaria por aquellos que dieron sus vidas por el bienestar de la patria y por la felicidad de todo su pueblo. Al hacer esto, es como si regáramos con la fe, la esperanza y la caridad, la semilla de amor cristiano que ellos sembraron con la entrega de sus vidas.

En nuestra gratitud y en nuestra oración, están presentes todos aquellos que se entregaron en el sacrificio último y definitivo, independientemente de todo sectarismo político o religioso, pues la patria es de todos, y Dios es Padre de todos.

Yo no puedo evitar, sin embargo, tener presente ahora, de una manera muy especial, el recuerdo de muchos jóvenes cubanos de firme militancia religiosa, que fueron también víctimas fatales de la dictadura marxista, ya que, cumpliendo con la exhortación del apóstol Santiago, demostraron la fe de sus corazones con las obras de su vida.

Grupos del exilio cubano conmemoraron el pasado fin de semana, en Miami, el 109 aniversario del comienzo de la Guerra de Independencia cubana, el 24 de febrero de 1895, con el llamado Memorial Cubano por las Víctimas del Castrismo. El cementerio simbólico fue organizado por más de 32 organizaciones del exilio cubano; consta de más de 10,000 cruces –una por cada víctima– y fue instalado en el Tamiami Park, en el suroeste de Miami. En la foto, participantes en la vigilia encienden velas para recordar a los muertos.

Pienso en muchachos como Rogelio Fernández Corzo y Juanín Pereira, católicos de misa y comunión diarias. En Alberto Tapía y en Virgilio Campanería, este último monaguillo en el Central Conchita, allá en Matanzas, miembros todos de la Agrupación Católica Universitaria. Pienso en Julio Guevara y en Norberto Camacho, miembros de la Juventud Católica en Remedios, Las Villas. Todos ellos fueron fusilados y todos, como tantos otros, murieron dando vivas a Cuba Libre y a Cristo Rey. Pienso en Arnaldo Socorro, aquel joven miembro de la Juventud Obrera Católica, de19 años de edad, asesinado en las calles de La Habana mientras enarbolaba el estandarte de la Virgen Mambisa en aquella famosa procesión que convocara nuestro inolvidable pastor y profeta, Mons. Eduardo Boza Masvidal.

Pienso en ellos y en todos los que no he nombrado, y por todos, por todos los que han muerto por Cuba, pedimos al Señor. Al ruego por su eterno descanso y por el consuelo para sus familiares, hemos unido siempre en la Ermita de la Caridad, el Santuario levantado por la fe del pueblo cubano desterrado, nuestras súplicas fervorosas por la materialización del precioso ideal al cual consagraron sus esfuerzos los que han muerto por la libertad. Hoy, reiteramos también ese ruego sincero y doliente por la liberación real del pueblo cubano. Cuando oramos así, por la real liberación de nuestro pueblo, tenemos que entender la frase “liberación real” en su dimensión política, claro está, porque es justo reclamar que, tras tantos años de privación de todos sus derechos, no se quiera para nuestra nación algo menos que el disfrute pleno de todos esos derechos, que no son regalo de ningún poder de la Tierra, ni de ningún sistema político, sino que son atributos de la dignidad con que el Creador invistió a todos los seres humanos, hombres o mujeres.

Es justo el reclamo de que las cosas cambien en Cuba, y que cambien radicalmente hacia la democracia, sin mediatizaciones que la disminuyan y sin ningún tipo de continuismo que pudiera perpetuar en el futuro los males del presente.

Al mismo tiempo, cuando pedimos la “liberación real” para Cuba, es imperativo que entendamos esto también en su profunda dimensión espiritual, porque si nos conformáramos solamente con una realidad política, estaríamos menoscabando en su sentido más íntimo el legado de los mártires y condenando a la nación cubana a la repetición futura de conflictos y dolores semejantes a los que hoy padecemos, no importa bajo cuál signo ideológico. “No es libre por fuera, quien no es libre por dentro”, nos dijo Mons. Boza, a quien ya mencionamos, y cuya memoria de hombre de Dios y de patriota ejemplar, podemos venerar junto a la de los que hoy honramos, pues él también vivió y murió por Dios y por Cuba. Para que haya liberación real, tenemos que liberar todos los corazones cubanos, los de aquí y los de allá, de la esclavitud del odio marxista, del resentimiento, del materialismo, de todo deseo de venganza, y de todo lo que pueda situarnos en el bando de los que odian y destruyen. Como quería José Martí, tenemos que situarnos en el bando de los que aman y fundan. Y si queremos poder decir, como él, “yo soy un hombre sincero de donde crece la palma”, hemos de mostrarle a Dios nuestra sinceridad cuando le decimos: “perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Hemos de aspirar, como clama un precioso himno a la Virgen, a que todos “seamos hermanos”, pues ni la fraternidad ni la misericordia contradicen la justicia, sino que la confirman y la hacen eficaz. Al luchar por esa liberación –liberación real en todos sus aspectos–, no estaremos haciendo otra cosa que cumplir con aquellos cuya memoria honramos hoy. En ese espíritu, repitamos aquí, como una oración más, estas frases tomadas de la carta de despedida de Virgilio Campanería, escrita el 17 de abril de 1961, pocas horas antes de ser fusilado:

“La muerte no me preocupa, porque tengo fe en Dios y en los destinos de mi Patria... Ya no habrá mas odio entre hermanos, ya no habrá gargantas que pidan paredón. Todo será amor entre cubanos, amor de hermanos, amor de cristianos... ¡Pobre Cuba, cuánto has sufrido! Pero la Cuba nueva surge del odio para sembrar el amor, de la injusticia para sembrar la justicia, justicia social, no demagogia engañadora de pueblo… Una Cuba para los cubanos… Con todos y para el bien de todos”.

 Amén.