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Niños víctimas de niños

Hna. Ondina Cortés, RMI

El mes de febrero, mes del amor y la amistad, contradictoriamente, nos ha dejado una triste estela de violencia. Los sucesos los conocemos, pero seguimos sin entenderlos, sin poderlos asimilar. Niños que matan y violan a otros niños. La súplica desgarrada de los padres de Jaime Gough, asesinado por su “amiguito”, pidiendo que se haga algo para que esto no se repita, nos lleva a preguntarnos qué se puede hacer. Aumentar la supervisión familiar y la seguridad en las escuelas. Mejorar las familias. Eliminar tanta violencia y sexo de los medios de comunicación. Castigar a los agresores.

Ayudaría un mayor cuidado por parte de los padres, de las escuelas. Muchos niños pasan largas horas sin supervisión, educándose en la calle y el televisor. A muchos padres no les queda más remedio que salir a trabajar y si tienen suerte, enrolar a los niños en programas que los supervisen después de la escuela. Otros tendrán que preguntarse si no les vale más sacrificar ciertas posibilidades económicas en favor de la atención de los niños.

Los maestros luchan día a día con niños incontrolables, algunos se dan por vencidos, otros adolecen de una verdadera vocación al magisterio. Se pueden tomar mejores medidas de seguridad en los colegios, pero aún así, sabemos que nunca tendremos una vigilancia absoluta de los niños. Cuando tengamos detectores de metales en todas las escuelas, sucederá en el camino a la escuela.

Con frecuencia decimos que el problema es la familia. Fuera de casos patológicos –en que seguramente hay factores familiares– los niños son como esponjas que absorben lo que ven y experimentan. En los mejores casos, las familias se esfuerzan por dar cariño, seguridad, promover la autoestima, pero no pueden dar lo que no tienen. Las personas que forman esas familias arrastran sus propias carencias afectivas, agresividades e inseguridades. El trabajo de crecimiento personal tiene que empezar antes y continuar a lo largo de toda la vida. Tiene que ser  un esfuerzo intencional por llegar a integrarse como personas. Los esposos están llamados a ayudarse mutuamente para alcanzar la plenitud humana. La capacidad de amar no se improvisa, ni viene automáticamente con el sacramento del matrimonio.

Los medios de comunicación nos dan lo que se vende. Son un reflejo de nuestra sociedad y por eso es difícil que cambien su contenido, mientras sepan qué es lo que la gente –aunque diga lo contrario– desea ver y escuchar. Ciertamente, lo que los jóvenes ven y oyen les forma o deforma.

Nos queda castigar a los perpetradores de estos crímenes para que no vuelvan a suceder. Aunque sabemos que hasta ahora, ni la pena de muerte ha frenado a ningún maleante de cometer un crimen. Los que puedan pensar sobre las consecuencias de sus acciones antes de actuar, no nos deben preocupar tanto.

¿Creemos que juzgar a Michael Hernández (14 años) como adulto es la solución? Nuestra sociedad tiene una extraña comprensión de lo que significa ser adulto. Las tiendas de pornografía prostituyen lo que significa ser adulto, ser persona madura, cuando se anuncian con carteles de “Adult XXX”. Cometer un crimen, te convierte en adulto de la noche a la mañana. Como resultado podemos juzgar como adultos a quienes ni siquiera han sido niños. Prevenir es mejor que curar. Necesitamos darnos cuenta de que vivimos en una sociedad de personas heridas, y algunas profundamente. Necesitamos descubrir nuestro valor como personas, como hijos e hijas de Dios.

No valemos por nuestros triunfos, inteligencia, popularidad, dinero, apariencia, habilidades, etc. En mayor o menor escala, todos tenemos que llegar a este convencimiento. Si no, en los casos extremos, vemos las consecuencias.

Recientemente leía que el joven de Lake Worth, Nathaniel Brazill, afirmaba que lo que le motivó a llevar la pistola a la escuela, con la que después mató a su profesor Barry Grunow, fue el deseo de ser popular y “lucir” importante delante de los otros niños. En el caso de Columbine, los jóvenes que cometieron la masacre eran muchachos que no se sentían aceptados por el resto de los estudiantes.

Por tanto, entre las cosas más importantes que podemos hacer para prevenir tragedias mayores –como la de estas muertes inútiles–, o más pequeñas, como la de tanta gente infeliz, es tomar en serio la formación de la niñez y la juventud, aprovechar los medios que tenemos en la comunidad y la Iglesia para promover ese crecimiento integral. Y si ya pasamos esa edad, continuar nuestro trabajo de crecimiento, de sanación y liberación. El tiempo de Cuaresma que estamos a punto de comenzar es el tiempo de ir al “desierto” y confrontar nuestra vida, desenmascarar nuestros mecanismos de defensa, purificar nuestras motivaciones y valores. Es el tiempo de descubrir el amor incondicional de Dios, en el que se funda nuestra dignidad y valor como personas.