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La Pasión del Cristo según Mel Gibson

Padre Eduardo Barrios, S.J.

La película del cineasta católico Mel Gibson sobre las últimas horas del Jesús histórico, ha sido la más preestrenada de la historia. Aunque la premiere oficial se fijó para el 25 de febrero, Miércoles de Ceniza, medio mundo la ha visto antes de esa fecha.

El actor y director australiano ha hecho una lectura concordada de los cuatro evangelios. Abundan las citas textuales, pero también hay líneas añadidas como para complementar la parquedad evangélica y darle agilidad e hilvanación cinematográfica a la exposición. La mayoría de las adiciones provienen de escenas de la infancia y de la vida pública de Jesús en forma de retrospectivas (flashbacks). Los añadidos no bíblicos pueden tolerarse en cuanto que no aportan elementos heterogéneos respecto a la vida y la doctrina de Jesús.

Mel Gibson dirige a Jim Caviezel, el protagonista de La Pasión del Cristo. © 2003 Icon Distribution Inc. Newmarket Films.
Foto: Philippe Antonello

Mientras otras películas bíblicas se limitan a lo puramente histórico, ésta ilumina los hechos con reflexiones teológicas extraídas no sólo de los mismos evangelios, sino también de otros libros inspirados, como el Déutero Isaías y el Apocalipsis. La película aclara el por qué o el para qué de los sufrimientos de Cristo.

La escena de la Institución de la Eucaristía, por ejemplo, revela el sentido de la Pasión. Aparece Jesús pronunciando sobre el cáliz las palabras que indican el valor redentor de su sacrificio: “Beban todos de él, porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt. 26, 27).

Desgraciadamente, el filme ha resultado muy controvertido por su presunto antisemitismo. Pero, ¿sería anticubana una película que mostrase cómo en Cuba fusilan a quienes secuestran lanchas, y cómo encarcelan a periodistas independientes? No. ¿Sería anticolombiano el periódico que informase sobre los crímenes de los desalmados guerrilleros? Tampoco. ¿Sería justo tildar de antisiciliano un filme sobre la mafia? Pues no. ¿Se ofende a los alemanes de hoy cuando se sacan a la luz los horrores perpetrados por los nazis contra los judíos? De ninguna manera. ¿Tienen culpa los europeos actuales de los desmanes cometidos por sus antepasados colonialistas en América, Asia y África? Ninguna.

Pues bien, Jesucristo fue víctima de personajes históricos concretos como Poncio Pilato, Judas Iscariote, Anás y Caifás, entre otros. La película muestra a judíos que vociferan “¡Crucifícale, crucifícale!”, pero también aparecen en la multitud judíos alineados en favor de Jesús. Puestos a evocar nombres de judíos amigos de la víctima, habría que mencionar a Nicodemo y José de Arimatea. De modo que no hay que meter en el mismo saco ni a los judíos de ayer ni a los de hoy.

Además, al cristianismo no le interesa volcar indignación contra los personajes históricos del drama, sino que siempre ha señalado hacia el agente principal del crimen contra Jesús: el personaje metahistórico conocido como “príncipe de las tinieblas”, de quien se hacen cómplices los pecadores, es decir, todos los seres humanos. En el filme, la presencia diabólica se hace sentir desde la Oración en el Huerto, donde Jesús aplasta la cabeza de la simbólica serpiente, hasta el alarido de Satán derrotado al final.

Esta obra cinematográfica puede disfrutarse en diversos niveles. Las personas sin fe cristiana podrán admirar la fotografía, el vestuario, el sutil colorido, el montaje, las actuaciones; es decir, podrán apreciar una obra artística de altos quilates e involucrarse en un drama humano de intensidad desgarradora.

Los creyentes cristianos, en cambio, tendrán la oportunidad de hacer una contemplación espiritual al modo propuesto en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. El fundador de los jesuitas pide a quienes practiquen el retiro, que se hagan presentes en las escenas para “ver las personas, oír lo que hablan, y mirar lo que hacen” (EE. 194). El santo dedica la tercera etapa del retiro a la Pasión de Jesucristo. Allí prescribe ciertas consideraciones, pues no basta con imaginar lo histórico. Hay que “reflectir para sacar provecho”. Para obtener fruto espiritual, “considerar cómo la Divinidad se esconde, cómo podría destruir a sus enemigos, y no lo hace” (EE. 196). Y sobre todo: “Considerar cómo todo esto padece por mis pecados y qué debo yo hacer y padecer por él” (EE. 197). La película favorece una tal contemplación.

Se percibe que la obra va más allá de lo cinematográfico-comercial, para proponerse como un testimonio de fe. Las actuaciones de los protagonistas desbordan los límites del virtuosismo histriónico, para alcanzar altas cotas de experiencia espiritual conmovedoramente transmitida. Lo más importante, a nivel de fe, es la inclusión de la Resurrección en la película.

No es un filme para todo el mundo. La escena de la flagelación, por ejemplo, no la puede soportar cualquier espectador. Pero quien aguante la proyección sin prejuicios y con apertura de mente y corazón, podrá salir de la sala muy conmovido y hasta transformado.