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Liturgia para el tercer milenio

Comentarios sobre la Conferencia del P. Juan Javier Flores, benedictino de Silos, presidente del Instituto Litúrgico San Anselmo, de Roma, ofrecida en el Simposio sobre la Reforma Litúrgica en la Universidad St Thomas, el 7 de febrero de 2004

Rogelio Zelada

El 4 de diciembre de 1963, cuando los padres del Concilio Vaticano II aprobaron la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, no sólo dieron inicio a la más importante reforma litúrgica de la historia de la Iglesia, sino que sentaron un modelo eclesiológico de comunión y participación que estaría presente en todas las siguientes constituciones y decretos conciliares. Cuarenta años después pudiera parecer que la reforma litúrgica ha terminado: tenemos excelentes rituales y leccionarios, nuevas y magníficas plegarias eucarísticas, hemos alcanzado una precisa clarificación del sentido de la celebración de los sacramentos, la Iniciación Cristiana, las bendiciones, las exequias, hemos acumulado un tesoro de publicaciones, revistas, tratados, manuales, vídeos, conferencias, seminarios, talleres, etc., pero todavía nos queda mucho por andar para llegar a vivir la liturgia como fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia  y para consolidar en el seno de la celebración litúrgica una eclesiología de comunión y participación en la que estén presentes todos los carismas, ministerios y cada una de las diversas formas de participación del pueblo de Dios.

Queda pendiente lograr que la celebración y la vida litúrgica vayan unidas; nos falta todavía alcanzar una forma de participación y celebración que “enganche” con la vida misma. Y es que para que la liturgia sea el alma de la Iglesia es necesario que llegue a todos una sana formación en ese campo. Formación que supone que los fieles alcancen el conocimiento de la historia y de la teología que guarda cada uno de los libros litúrgicos. Formación que conlleva  la comprensión reflexionada de rúbricas que apunten a una inculturación respetuosa y digna; seguro camino  para que nuestras celebraciones expresen plenamente el espíritu de “la letra de la reforma litúrgica”. Para ello se impone una liturgia presidida con dignidad y decoro, en la que los fieles participen como celebrantes y no como mudos y pasivos espectadores.

La liturgia es la puesta en marcha de un lenguaje en clave simbólica. La sacramentalidad de la celebración se nutre de un universo de acciones, gestos, elementos, movimientos, cosas, personas,  que necesitan de una elegante y justa expresividad  para no perder su capacidad de comunicarnos su significado. Pan, vino, agua, aceite, luz, fuego, ceniza, incienso, son fuertes símbolos que hablan de una experiencia de fe “que hunde sus raíces en la historia de la salvación y en Cristo”. Sin embargo, muchas veces un exceso de verbalismo llega a ahogar la fuerza misma del símbolo . Se trata de realizar el arte de celebrar una liturgia más simbólica que verbalista” donde el acento esté puesto en los símbolos y en el rito, para que estos expresen desde su verdad lo que son y lo que significan”, que sean una acción sagrada capaz de comunicar las cosas santas, que significa, en un lenguaje que llegue al hombre de hoy y de mañana”.

El Lector no es alguien que lee en la liturgia un texto bíblico desde un micrófono; es fundamentalmente un ministro-servidor que comunica a la asamblea su fe en el texto sagrado que está proclamando. La liturgia del siglo XXI necesita hombres y mujeres “aptos y diligentemente preparadosy no sólo técnicamente, sino sobre todo poseedores  de una rica vida espiritual  y una capacitación bíblica y litúrgica notable, porque así lo merece el honor de la Palabra de Dios cuyo mensaje debe llegar con clara nitidez a los participantes en la acción litúrgica”. En ese diálogo entre Dios y su pueblo, la asamblea debe escuchar activamente para que la voz de su Señor caiga en lo “profundo del corazón de quien escucha”.

Se trata de celebrar y celebrar bien, porque cuando se celebra con la dignidad que exige la acción sagrada, estamos realizando la labor evangelizadora de la Iglesia. Según el Obispo Pere Tena, la liturgia debe ser desinteresada, gratuita, contemplativa e inculturizada y preparada con un esfuerzo espiritual de calidad, en la que se respire la comunión de la asamblea como Iglesia reunida alrededor de su Señor”. Una celebración que despliegue armónicamente el ritual, sin recargarlo. Una celebración que está llena de la belleza que transparenta la gloria de Dios, que confiesa su fe en la Iglesia y se deja guiar por el Espíritu, para glorificar a Jesucristo en los cantos, en las palabras, en los silencios. Una celebración alimentada por “la meditación y la apropiación espiritual de los textos litúrgicos que sea escuela de espiritualidad. Cercana a los sufrimientos y las alegrías humanas. Encarnada en la historia pero ajena tanto “al discurso político como a la alienación espiritualista”.

En definitiva,“una celebración pausada, donde lo verbal no abrume el rito, donde los símbolos manifiestan su riqueza expresiva, donde cada gesto se desarrolla en su simple perfección, donde los cantos manifiestan la belleza de Dios, donde se llegue a una participación plena, consciente y activa de todos los celebrantes, todo ello es lo que debe ser la liturgia de cara al tercer milenio”. Se trata de vivir e interiorizar la liturgia, para que la vida cristiana quede comprometida con lo que estamos celebrando.

Es llevar la liturgia a la vida y la vida a la liturgia, sin divorcio ni alienaciones, sino como un puente entre celebración y vida que debemos recorrer contemplando los misterios de Jesucristo a lo largo del Año Litúrgico. Es un mirar que lleva al compromiso de vida como exigencia de cuanto se celebray que nos lleva a asumir nuestra responsabilidad al servicio del proyecto de Dios para el hombre y la mujer de todos los tiempos”. La oración de la Iglesia  pretende buscar siempre iluminar desde Dios un sendero sin sombras ni oscuridades que obstaculicen el mensaje eterno de liberación que desde la Pascua de Cristo ocupa la liturgia”. De la reforma litúrgica pasamos a la renovación litúrgica y nos encaminamos a la espiritualidad litúrgica. De la información a la formación, para llegar a la transformación. La meta es celebrar, vivir y asimilar la liturgia en clave espiritual, de modo que suponga para los cristianos del tercer milenio, como lo ha sido para los hombre de fe de todos los tiempos, el modo de encontrar, celebrar y vivir su ser cristiano”.