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El síndrome del
chivo expiatorio
Cuando me sentí inspirada a escribir sobre “el síndrome del chivo expiatorio”, no pensé que encontraría tanto interés en el
tema. Existe en Inglaterra The Scapegoat Society, (La Sociedad
del Chivo Expiatorio), creada en 1997 para estudiar este
fenómeno y ofrecer ayuda a las víctimas y a los profesionales
que tratan de resolver los problemas causados por este mal.
El “síndrome del chivo expiatorio” (scapegoating) es
universal; trasciende culturas, razas y niveles económicos. Lo
encontramos en las familias, en las escuelas, en las parroquias,
y en los centros de trabajo.
En la práctica ritual de los antiguos judíos, el sumo sacerdote,
purificado y vestido de blanco para la celebración del Día de la
Expiación (purificación de las culpas por medio de un sacrificio)
ponía las manos sobre la cabeza del animal elegido, al que se le
imputaban todos los pecados y abominaciones del pueblo israelita.
El chivo expiatorio era “el macho cabrío que el sumo sacerdote
sacrificaba por los pecados de los israelitas”; o también “la
persona sobre la que se hacen recaer las culpas que comparte con
otros”. De esta práctica judía viene la declaración de Juan
Bautista al ver a Jesús acercarse a él: “Ahí viene el Cordero de
Dios, el que carga con el pecado del mundo” (Juan 1:29).
Los primeros cristianos identificaron a Jesús como el Servidor
de Yavé del que hablaba el profeta Isaías cuando decía: “…Eran
nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los
que le pesaban… Él soportó el castigo que nos trae la paz… Fue
detenido y enjuiciado injustamente… y herido de muerte por los
crímenes de su pueblo”. (Isaías 53:4-8) Jesús fue el chivo
expiatorio de nuestros pecados, el Cordero de Dios.
Como herencia de esta tradición judeo-cristiana, “ser el chivo
expiatorio”, es decir, dejar caer una culpa colectiva sobre
alguien en particular, aun cuando éste no haya sido responsable
de tal falta, se convirtió en un valor espiritual. Por ejemplo:
San Maximiliano Kolbe murió en un campo de concentración para
que otro viviera, como muchos otros santos que han muerto para
que otros vivan. Ellos, a imitación de Jesús, han creído que no
hay amor más grande que dar la vida por otro.
Todo esto es laudable. Sin embargo, me preocupa la otra
dimensión del concepto del chivo expiatorio, de la que no
hablamos muy a menudo en nuestros círculos. Me refiero a la
tendencia endémica en los seres humanos de culpar a alguien o a
algo por nuestras fallas. Pongo algunos ejemplos concretos. Tras
los ataques terroristas de septiembre de 2001, la frontera entre
los Estados Unidos y México se convirtió en un chivo expiatorio.
En un afán de garantizar la seguridad nacional en momentos
trágicos, se cometieron muchos ataques personales en Los
Ángeles, al confundir a méxico-americanos con árabes. Han pasado
casi tres años, pero aún queda el miedo de que todo inmigrante
indocumentado sea un posible terrorista. Sin embargo, todos los
terroristas de los ataques del 9/11 residían legalmente en los
Estados Unidos. Ante la impotencia que todos sentimos en aquel
momento, nos alivió tener alguien a quien culpar, en este caso a
los inmigrantes mexicanos. Pocos nos preguntamos por qué el
mundo árabe nos odia tanto, o si hay en nuestro estilo de vida
de primer mundo algún aspecto que necesite la redención del
Evangelio. Resulta mucho más fácil y cómodo encontrar a un chivo
expiatorio.
En el nivel de la familia, nuestro comportamiento es muy
parecido. Ante una crisis doméstica, lo primero que hacemos es
identificar al “culpable” de los problemas. El padre que nunca
está en la casa, la madre que no escucha, el joven rebelde, el
niño majadero que saca malas notas en la escuela. ¡Como si todo
fuera tan fácil!
En la parroquia, la culpa es siempre del párroco, o del grupo
de oración, o de los cursillistas, o de los catequistas. Y por
supuesto, en el caso personal, ya se sabe que, ¡soy una víctima
inocente de todos los que me acosan!
Jesús nos llama a asumir responsabilidad por nuestros actos y ¡a
no culpar a nadie por nuestras fallas! Él nos dijo: “¿Por qué
ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el
tuyo?… Hipócrita, sácate primero la viga que tienes en el ojo y
así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano”.
(Mateo 7:3-5) Y en el Evangelio según San Juan, dijo Jesús a los
maestros de la ley y a los fariseos que le presentaron a la
mujer adúltera: “El que no tenga pecado lance la primera piedra”.
(8:7)
Al comenzar esta Semana Santa, examinemos nuestros corazones y
nuestras acciones, y ante nuestro pecado, individual y social,
digámosle con sinceridad al Cordero de Dios: “Misericordia,
Señor, en tu bondad… porque hemos pecado contra ti…” (Salmo
51:3-5)
AdeleGonz@aol.com
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