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La
Anunciación
Fiesta: 25 de marzo
Esta gran fiesta tomó su nombre de la Buena Nueva anunciada por
el Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María:
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Orazio Gentileschi
(c. 1623): La Anunciación.
Oleo.
Galería Sabauda, Turín, Italia. |
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“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad
de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un
hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen
era María.
Y entrando, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está
contigo. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué
significaría aquel saludo.
El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia
delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un
hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será
llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y
su reino no tendrá fin.
María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?
El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el
poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha
de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también
Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es
ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna
cosa es imposible para Dios.
Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra. Y el ángel dejándola se fue.” (Lucas, 1: 26-38.)
El misterio de esta aceptación se revela en las siguientes
palabras de San Agustín: “Él escogió a la Madre que había creado;
Él creó a la madre que había escogido” (Sermón 69, 3, 4). Era el
momento del Plan Divino en que la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad, Dios Hijo, debía encarnar como ser humano –Hijo
del Hombre– para dar al mundo un Redentor.
El Plan de Dios necesitaba de la aceptación humana, y esta
aceptación fue proclamada en bien de todos los hombres por la
doncella de Nazaret al decir “hágase en mí según tu palabra”.
María aceptó ser la Madre del Mesías: he aquí el poder y la
eficacia de su fíat (“hágase”). En ese momento, el misterio de
amor y misericordia prometido al género humano miles de años
atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos,
se realizó sobre la tierra. En ese instante ocurrió la
Encarnación de Jesucristo y el mundo tuvo un mediador
omnipotente entre Dios y los hombres. “En obediencia a la
voluntad del Padre”, dijo el Papa Juan Pablo II en la Basílica
de la Anunciación, el 25 de marzo del año 2000, “la Palabra
Eterna viene entre nosotros a ofrecer el sacrificio que
sobrepasa todo sacrificio ofrecido bajo la antigua Alianza. El
suyo es el eterno y perfecto sacrificio que redime el mundo”.
En la fiesta celebramos este gran misterio, en que María fue
llamada a cooperar con el Creador mediante su libre
consentimiento.
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