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 La Hna. Bárbara Bucker:
teóloga y directora espiritual

Angelique Ruhí-López
La Voz Católica

La contribución de la mujer es indispensable en la Iglesia, que debe vivir su identidad femenina y su vocación mariana, afirmó la Hna. Bárbara Bucker en el curso La mujer en la Iglesia, que dictó en el Instituto Pastoral del Sureste (SEPI) en diciembre de 2003.

“La Iglesia debe vivir su identidad femenina y su vocación mariana”, dice la Hna. Bucker, en su clase La mujer en la Iglesia, impartida en el Instituto Pastoral del Sureste, en Miami. Angelique Ruhí-López

La Hna. Bucker, de 55 años de edad y Mercedaria de la Caridad, es doctora en teología y profesora de ética cristiana en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, Brasil. También ha sido profesora de eclesiología en el Instituto Teológico-Pastoral para América Latina (ITEPAL-CELAM). Escribe artículos en revistas de espiritualidad y teología, y pertenece a la Conferencia de Religiosos de América Latina (CLAR).

El objetivo de la clase fue promover el aprecio y las contribuciones femeninas a la construcción de la Iglesia, desarrollando el sentido de colaboración de hombres y mujeres en la actividad pastoral eclesial. Durante su estancia aquí, también dio clases de principios éticos y doctrina social de la Iglesia, y guió un retiro ignaciano junto al padre jesuita peruano Ricardo Antoncich.

“Ya hace como tres décadas que la mujer, con sus opiniones y sus experiencias de vida, marca la teología”, expresó la Hna. Bucker. Según ella, la mujer colabora con la Iglesia de tres maneras: como compañera, estando con aquellos que necesitan ayuda y apoyo; como esposa, siendo fiel y generosa al construir la comunidad y la comunión eclesial, y como madre, al ser fecunda en su trabajo para que su labor dé frutos en la Iglesia.

“Pero no tengo que ser ni esposa ni madre para amparar y acompañar, para ser una esposa fiel a nuestra Iglesia, ni para que mi trabajo dé frutos. Esta es la vocación de todas las que desean una Iglesia mejor”, indicó.

La religiosa comparó las figuras femeninas del Antiguo Testamento con otras figuras y símbolos femeninos del Nuevo Testamento, haciendo una relectura femenina de ambos.

“Dios utiliza categorías femeninas desde la creación”, dijo la profesora. “La mujer es el pueblo en el Antiguo Testamento. La tierra creada por Dios recibe la semilla y da fruto. La comunicación humana comienza con la mujer, Eva, a quien Adán llama ‘carne de mi carne y hueso de mis huesos’. Estos muestran la revelación de Dios a través de lo femenino, pero también son ejemplos estereotipados. No nos debemos quedar en esto”.

En el Nuevo Testamento, María y la Iglesia son los nuevos símbolos de lo femenino.

“Hay que comprender el misterio mariano como prototipo de la vocación de todo cristiano y cristiana, de toda la humanidad”, señaló la Hermana. “Dios necesitó una mujer para encarnarse, para hacerse ser humano. Dios pide el consentimiento de María, y envía su espíritu para la fecundidad. Pero el amor de Dios por María es igual al que tiene para nosotros. María no hizo nada para ser amada. Lo hizo porque se sentía amada”.

Para la Hna. Bucker hay tres tipos de maternidad en María: primero, el haber engendrado el cuerpo físico de Dios; segundo, el haber asumido la misión y el proyecto mesiánico del Hijo, y tercero, el ser engendrada o “vocacionada” junto con Juan, símbolo de la comunidad fiel, al pie de la cruz. De este mismo modo, comentó la Hermana, la Iglesia también debe tener un sentido de maternidad, ya que somos los nuevos hijos e hijas de Dios. La Iglesia está llamada a cuidar de la vida de sus bautizados y de la comunión entre sus miembros. La vocación de la Iglesia, al seguir el ejemplo de su Madre, es de no identificarse con las riquezas y las tentaciones del pueblo, sino acompañar a sus hijos en la historia y afirmar la presencia del Espíritu Santo para engendrar al Hijo de Dios en cada miembro de la Iglesia.

El acompañamiento –ayudar a los que sufren y a los más necesitados– se puede lograr de distintas maneras, según los dones de cada uno.

La Hna. Bucker señaló que la mujer tiene un papel esencial en el desarrollo de diversas pastorales, y que en la Iglesia de América Latina, algunos ministerios desaparecerían sin el esfuerzo de las mujeres. Lo importante, expresó la profesora de teología, es darse cuenta de que todos, incluyendo a la mujer, tienen algo que dar a la Iglesia. Y ella misma ha demostrado con su vida que tiene mucho que dar.

La Hermana se distingue por ser la primera mujer en pertenecer al Instituto Teológico de Brasil, y ha guiado retiros de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola para sacerdotes, religiosos y laicos por más de 10 años.

“Lo he asumido como una misión”, indicó. “La primera vez que di los ejercicios fue en 1986 para 56 sacerdotes en mi región de Brasil, que es muy machista. Yo era la única mujer y anduve en faldas, para no ser confundida. Quería luchar contra el pensamiento de que la mujer era un peligro, y quise ayudarlos a ser mejores sacerdotes”.

En uno de estos retiros de 30 días, un pastor protestante asistió y le dijo que un día ella daría un curso de mariología para los pastores protestantes, porque ellos “no habían vivido el mandato al pie de la cruz”.

“Jesús asumió la naturaleza del hombre”, expuso la Hermana. “Pero exigió que a la mujer se le trate con respeto y dignidad”.

Tratar a la mujer con respeto y dignidad también quiere decir inclusión. “Aunque el término es el cliché de la teóloga feminista, este lenguaje me hace tener una conciencia de mi ser de mujer”, explicó. “A mí me viene del corazón, pero no creo que haya que forzar a otros a que usen este vocabulario”.

El P. Antoncich también destacó la importancia de incluir el género femenino al hablar dentro de la Iglesia.

“La realidad es que el ser humano incluye al hombre y a la mujer, y somos distintos”, dijo el sacerdote jesuita. “Al entrar en la conciencia eclesial, la inclusión sirve como ejemplo para toda la humanidad”.

aruhilopez@miamiarch.org