El estado de
las mujeres en el mundo
Intervención de Marilyn Ann
Martone, miembro de la delegación de la Santa Sede ante la
Comisión sobre el Estado de las Mujeres, reunida en Naciones
Unidas, en Nueva York, del 1º al 12 de marzo. La intervención
fue pronunciada el 4 de marzo de 2004.
En representación
de mi delegación, permítame felicitarle a usted y a la oficina
por su elección. Usted contará con la cooperación de mi
delegación y con el interés entusiasta en estas sesiones.
En el contexto de
su papel esencial para el mantenimiento de la paz y de la
seguridad del mundo, las mujeres siempre han demostrado sus
importantes contribuciones, que se basan en la preocupación
constante por lograr la solidaridad y el bien común para toda la
humanidad.
Las mujeres
tienen capacidades especiales para mostrar a los demás la
urgente necesidad de superar los propios intereses y de trabajar
por el bien de todos de manera que las necesidades apremiantes
de atención sanitaria básica, educación y seguridad económica y
social se conviertan en una realidad ahora.
En muchas
regiones del mundo, las mujeres están presentes y activas en
cada una de las áreas de la vida –social, económica, cultural,
religiosa y política– y ofrecen una contribución indispensable
al establecimiento de estructuras económicas y políticas cada
vez más dignas de la humanidad. Gracias a su intuición femenina,
las mujeres enriquecen la comprensión sobre el mundo y ayudan a
establecer relaciones humanas más honestas y auténticas entre
las personas.
Las mujeres hacen
todo esto con un gran sacrificio. Este sacrificio exige
auténtica igualdad en cada una de las áreas: igual salario por
igual trabajo, protección para las madres trabajadoras,
corrección en la promoción de las carreras profesionales,
igualdad de esposas con respecto a los derechos familiares, y
reconocimiento de todo lo que forma parte de los derechos y
deberes de todos en una sociedad democrática. Es una cuestión de
justicia y de necesidad. Mi delegación apoya estos elementos
clave de una sociedad justa que se encuentran en la Plataforma
de Acción de Pekín (Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres).
En todas estas áreas, una mayor presencia de las mujeres en la
sociedad demostrará las contradicciones presentes en una
sociedad que es organizada únicamente siguiendo los criterios de
la eficacia y productividad o de la fuerza bruta.
Por lo que se
refiere a la prevención, gestión y solución de conflictos, mi
delegación quisiera subrayar algunos aspectos del problema.
Ante todo,
demasiadas mujeres hoy siguen siendo víctimas de la violencia y
de la guerra. Las Naciones Unidas no sólo han prestado
oportunamente atención en diferentes ocasiones a la tragedia de
la violencia doméstica, sino que también han expresado su
compromiso para reducir el sufrimiento de las mujeres en
conflictos nacionales e internacionales; esto incluye el
problema de las mujeres refugiadas o desplazadas, que tienen que
afrontar no sólo su sufrimiento personal, sino también el
cansancio y la responsabilidad de cuidar, en estas situaciones
desesperadas, de niños y ancianos de la familia. Tristemente,
cuando surgen los conflictos armados, las mujeres se convierten
en el objetivo especial de los combatientes en maneras que
deshumanizan su dignidad.
Ha llegado el
momento de condenar y sancionar con fuerza todas las
brutalidades sexuales perpetradas contra las mujeres. En este
sentido, podría ser muy importante el compromiso de las mujeres
en la gestión de la ayuda material y asistencial, médica y
psicológica, a las víctimas de la violencia.
Hay otra forma de
conflicto que tiene consecuencias terribles para la vida de
millones de seres humanos. En nombre del respeto que les debemos,
no podemos dejar de condenar la cultura hedonista y comercial,
tan extendida, que impulsa a la explotación sistemática de las
chicas y de las mujeres. El tráfico de mujeres y niños debe
cesar. La contribución de las mujeres en los procesos de toma de
decisiones para combatir este tráfico vergonzoso, puede ser
decisiva, ya que ellas son las primeras víctimas.
Mi delegación
está convencida de que el camino para alcanzar significativos
progresos en el pleno respeto de las mujeres y de su identidad,
implica algo más que una simple condena de la discriminación y
de las injusticias, aunque sea necesaria. Este respeto debe ser,
en primer lugar y sobre todo, alcanzado a través de una efectiva
e inteligente campaña de promoción de las mujeres en todos los
sectores de la sociedad humana. Las mujeres deberían ser
maestras y constructoras de paz, y debería dárseles esta
oportunidad a través de una adecuada preparación.
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