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Homilía
pronunciada por el Cardenal Jaime Ortega Alamino en la Misa
solemne celebrada por las exequias de Mons. Salvador Riverón
Catedral de La Habana
23 de febrero de 2004
Queridos hermanos y hermanas:
En el Santo Evangelio aparece que, cercana ya la hora de su
muerte en Cruz, Jesús pide por los suyos, habla al Padre en
nombre de sus Apóstoles y de manera llamativa habla de su
consagración, que ha de verificarse para que también los suyos,
sus Apóstoles, se consagren. ¿De qué consagración habla Jesús?
Habla del transcurso de toda su vida consagrada al amor del
Padre y a la extensión del Reino de Dios, que va a tener su
punto culminante en su muerte de Cruz. A esta muerte Jesús la
llama su consagración en la verdad. Realmente, toda vida humana
queda sellada por la muerte. Se muere como se ha vivido, o sea,
cuando el camino del hombre sobre la tierra culmina con su
último aliento, es cuando conocemos la plena verdad de una vida.
Por eso la Cruz de Cristo es la suprema verdad; allí el amor
llegó hasta el extremo. En la Cruz, Jesús llegó a ser plenamente
el Hijo de Dios que entregaba al Padre todo su ser: Padre, en
tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,45). Así la
Cruz de Cristo es su gloria. De un modo misterioso Cristo
triunfa en la Cruz y al inclinar su cabeza, exhausto, entra en
la gloria de la Resurrección.
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Los obispos de
Cuba, con el Cardenal Jaime Ortega al frente, pronuncian en la
Catedral de La Habana el responso fúnebre ante el féretro con el
cuerpo de Mons. Salvador Riverón, Obispo Auxiliar de la capital
de Cuba.
Foto Orlando Márquez |
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El Evangelio de San Marcos comienza abruptamente, presentando a
Jesucristo como Hijo de Dios, y termina después de la muerte en
Cruz con la exclamación del centurión que contemplaba la escena
desde su paganismo distante, desde su función violenta y cruel,
pero que fue testigo de aquella entrega: realmente éste era
Hijo de Dios (Mc 15,39). Jesús había predicado la Verdad
también con su muerte.
Ésa es la trayectoria de la vida de un cristiano: nacer por
el bautismo a la vida de hijos de Dios y verificar a cada
instante, a través de nuestra existencia, que somos hijos hasta
el último momento en el cual llegamos a serlo plenamente.
La Cruz de Cristo
es una consagración definitiva del amor entregado que Él llevó
hasta el extremo, pero que se inició con su misma vida, desde
que se quedó en el templo conversando con los doctores porque
tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, pasando por su
anuncio del Reino, por no tener donde reclinar la cabeza, por el
rechazo de algunos poderosos, por el amor de muchos pobres, por
la incomprensión de los suyos, por la esperanza y los reclamos
de justicia de las multitudes. La vida de Jesús es una
proexistencia, un ser para los otros, un vivir para los demás: a
eso se consagró y esa consagración llegó a su culmen cuando se
ofreció en la Cruz. Y el Padre bueno aceptó su ofrenda y lo
colmó de vida.
Algunos quisieron contemplar la pasión de Cristo, su sufrimiento
y su misma Cruz como un castigo del Dios justiciero, que
esperaba de nosotros bondad y amor y que, al encontrar pecado,
descargaría sobre su Hijo inocente todo el castigo merecido por
nosotros. Esta visión casi judicial de la salvación no puede
sostenerse ante una meditación profunda del Nuevo Testamento.
La vida de Jesús es una oración, una gran oración, una ofrenda
litúrgica que tiene su acto cimero en la cena que Él celebra con
los suyos, que Él ansiaba comer con sus discípulos. Jesús enseña
a sus discípulos la oración que Él mismo había repetido desde su
primera juventud: Padre, que venga tu Reino; su comida es
hacer la voluntad del Padre: Padre, hágase tu voluntad;
el perdón está en el centro de su mensaje, como para convencer a
los hombres de que Dios no es un Dios justiciero sino un Padre
de misericordia, que exige de nosotros que seamos compasivos
como Él es compasivo: Padre, perdona nuestras ofensas como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. El amor a
Dios debe estar por encima de todas las cosas, hay que plantar
un reino de amor en la tierra, debemos amarnos los unos a los
otros, y Jesús nos manda a buscar el Reino de Dios y la santidad
de ese Reino, y todo lo demás se nos dará por añadidura. Cristo
pasa perdonando a los pecadores: anda, vete y no peques más
(Jn 8,11); no hay en sus frases ninguna condenación, sino
siempre una invitación a ser buenos, a ser santos como el Padre
celestial es Santo.
Consagrarse, para Jesús, es vivir amando sin límites, es
entregar toda su santidad al Padre en un acto de oración que
abarca toda su vida hasta su último suspiro en la Cruz. Pero
esta consagración de Jesús sucede para que también nosotros nos
consagremos en Él. No solamente como Él. Tenemos que superar la
tentación moralizante de ver a Jesús como un ejemplo que pasa
delante de nuestros ojos para que lo imitemos desde fuera. Jesús
dejó en sus gestos y en sus palabras a sus discípulos una
memoria viva de lo que debían ser, pero cuando selló su
consagración en la Cruz y puso su espíritu en manos del Padre,
el Padre aceptó la gran oración de Jesús, lo colmó de
gloria, lo consagró plenamente, lo glorificó y permitió que su
espíritu, el que Él había puesto en manos del Padre, viniera a
nuestros corazones para que nosotros, por el Espíritu Santo,
empecemos a vivir como Cristo, pero en Cristo, no sólo mirando
su ejemplo, sino consagrándonos también al Padre con Él.
Ésta es nuestra fe trinitaria, ésta es nuestra fe bautismal: no
en un Dios justiciero que castigó al Hijo que se puso en nuestro
lugar, sino en un Dios que es amor, que encarnó su amor en su
Hijo Eterno, que aceptó la ofrenda de amor del Hijo para verter
su amor en nuestros corazones. Esta entrega vivificante de
Jesús, esta consagración suya al Padre a favor de los hombres es
nuestra celebración eucarística de todos los domingos y de cada
día, la que desde ayer se viene ofreciendo en esta Iglesia
Catedral por nuestro querido hermano, Mons. Salvador Riverón, la
que él mismo ofreció devotamente cada día.
La vida de todo cristiano tiene que hacer este recorrido animada
por el Espíritu del Señor y en Jesucristo, con Él y en Él dar
gloria al Padre, pero especialmente aquellos que están
consagrados a Dios por el sacramento sacerdotal tienen que hacer
verdad su consagración. En esta misma Catedral recibió de mis
manos Mons. Salvador Riverón su consagración episcopal. Antes
había recibido su consagración sacerdotal. Pero no se trata
simplemente de decir el Obispo ha sido consagrado para el
servicio de sus hermanos: hay una acción personal en primera
persona que todo ministro del Señor debe realizar para llegar a
estar consagrado en la verdad, que es la misma acción de amor
radical hasta el extremo que llevó a Cristo a la Cruz: yo me
consagro, no simplemente “yo soy un consagrado”. Jesucristo
era el ungido de Dios, ungido por Dios desde el seno de la
Virgen María, cubierta por la gracia del Espíritu Santo; pero
Cristo se consagró a sí mismo activamente en aceptación del
desafío de sus opositores, de la dificultad de los suyos para
comprender su mensaje, del dolor, del sufrimiento supremo y de
la Cruz. Ante esto Jesús dice: Yo me consagro. Esto es,
queridos hermanos, especialmente queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos obispos, lo que cada uno de ustedes y yo mismo
debemos vivir, como lo vivió nuestro querido Mons. Salvador
Riverón, un vivir en primera persona, un presente de cada día en
el cual yo me consagro, es decir llego a ser en oración y
en fidelidad al Señor, lo que sacramentalmente soy, un
sacerdote, un obispo, y podemos decir lo mismo de un bautizado.
No podemos ser simplemente los que han recibido una unción, los
que han sido consagrados, sino quienes nos consagramos. Y ésta
es la carta de presentación del verdadero obispo, del verdadero
sacerdote. Después se pueden decir muchas palabras, se puede
hacer la alabanza de una vida, desglosando esa consagración en
muchas de las actitudes y acciones que entraron en la historia
personal de Mons. Salvador y que todos conocemos. Basta que cite
algunos párrafos de una carta recibida ayer, donde una religiosa
ausente de Cuba por razón de su cargo hace un profundo y a un
tiempo sencillo panegírico de nuestro querido hermano; dice así:
“a mi mente vienen muchos recuerdos bonitos donde vi el amor de
Mons. Salvador a Jesucristo, a la Iglesia, a nuestro pueblo;
pienso también en su vida sencilla, austera, coherente con sus
principios y de una manera particular viene a mi mente su amor a
la verdad, cuyo esplendor se podía ver en él...”
“Agradezco al
Señor la gracia de haberlo conocido, de haber trabajado con él
en muchas ocasiones y particularmente de haber podido descubrir
a través de todo su actuar al hombre de Dios, recto, sencillo,
fiel. Su fe y su fidelidad a Dios y a la Iglesia eran notables
en todo momento. De ahí su caridad pastoral. ¡Qué pena para
nuestra Iglesia y para nuestro pueblo haberlo perdido tan
pronto! ¡Qué misteriosos los caminos del Señor!”
Todo esto que parece definir de muchos modos a un sacerdote
ejemplar, a un Obispo entregado se llama hacer en primera
persona la consagración a Dios de toda una vida hasta el último
suspiro. Y al final llega el dolor, pareciera que de pronto al
final se alza la cruz en el camino como parte de esa última
entrega en Cristo para completar en él lo que faltaba a la
pasión del Señor. Si Jesús sólo hubiera sido la víctima en la
cual el Padre hubiera desfogado la justicia divina para poder
tener misericordia de nosotros pecadores no faltaría nada a la
pasión de Cristo, nada podríamos añadir nosotros que solamente
seríamos seres pasivos receptores de una misericordia alcanzada
a través de un sufrimiento inmerecido y casi cruel. Si la
consagración del Señor hasta el final, por nosotros, es activa,
es ofrenda, es oración, entonces todas las ofrendas nuestras y
toda nuestra consagración completan misteriosamente la ofrenda
de Cristo en el amor . Nuestra vida es toda una oración que
culmina en el tránsito doloroso de la muerte, que nos abre a la
vida plena, para eso vino Jesús, para enseñarnos a amar a Dios,
para enseñarnos a vivir para los demás, quien ama su vida la
pierde, quien la entrega la gana para siempre. Las últimas
palabras que cruzamos Mons. Salvador y yo en su lecho de muerte
el lunes de la semana pasada al llegar junto a él son
reveladoras de la actitud de su vida que fue ésta de la entrega
y de su ascenso ya inminente por los peldaños de su cruz. Le
dije: no tienes que explicarme nada, ya me lo han dicho todo,
sólo te pido que lo ofrezcas todo, y él me dijo con profunda
convicción y absoluta adhesión de su voluntad: sí, ya lo he
ofrecido todo. No le pregunté por qué lo ofrecía, yo sé que
ha sido por el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Mis queridos hermanos y hermanas, éste es el destello luminoso
que nos deja a su paso por nuestra Iglesia de Cuba, por nuestra
Iglesia diocesana, (que nosotros estimamos breve) Mons.
Salvador. Breve pareció el paso de Jesús y estuvo cargado de
contenido, tuvo la densidad del amor y de la entrega. Éste es el
testimonio que Mons. Salvador nos ha dejado y nos invita también
a nosotros a entregar nuestra vida a Dios. Como otro Cristo
parece repetirnos: Yo me consagro para que también ustedes se
consagren.
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