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 El Misterio Pascual de Jesucristo

Antonio López Villalta

Pronto la Iglesia Católica celebrará la Semana Santa, que culmina con la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesucristo, a la que la Iglesia se ha referido también con la denominación del Misterio Pascual de nuestro Señor Jesucristo; y que constituye el tiempo litúrgico, religioso y espiritual más importante para los cristianos de todo el mundo. Conviene reflexionar sobre el significado de este Misterio Pascual.

La Semana Santa da conclusión a la cuaresma, es decir, a la temporada de preparación y renovación con que los cristianos se disponen a celebrar el Misterio Pascual de Cristo. La celebración del Misterio Pascual de Cristo no es una celebración más entre otras, sino el centro y fundamento de todas las otras celebraciones y liturgias de la Iglesia. Esto es así porque la vida cristiana como tal es precisamente participación en el Misterio Pascual de Cristo. Como nos recuerda Pablo, nuestro propio bautismo no es otra cosa que nuestra participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo. En el bautismo, pues, según Pablo (Romanos, 6), tenemos que morir en la muerte de Cristo a todo lo que nos separa de Dios, para así poder participar de la vida plena que nos ofrece Cristo en su resurrección. Más aún, la Iglesia realiza su plenitud de comunión y participación en Cristo precisamente en la Eucaristía, que es la celebración y reactualización del Misterio Pascual de Cristo.

Las raíces históricas y el trasfondo teológico del Misterio Pascual de Cristo se encuentran en el Antiguo Testamento. Así pues, el centro neurálgico de la conciencia religiosa judía fue el evento de la liberación por Dios de los israelitas de la esclavitud en Egipto. Esta liberación se consideró por los judios como un tránsito, o paso –que en la forma aramea del hebreo pesach se decía pascha, y que es de donde procede la palabra pascua–. En efecto, los israelitas consideraron siempre que el paso, o pascua, de la esclavitud en Egipto a la peregrinación por el desierto que culminó en la conquista de la tierra prometida, y en la cual peregrinación Dios ratificó la alianza que había establecido con los patriarcas del pueblo israelita, constituía el evento salvífico decisivo de su historia. Por eso, todos los años los judíos celebraban este evento de su pascua con la mayor solemnidad posible y con la intención de transmitir a las generaciones posteriores la creencia en la singular predilección hacia ellos por parte del Dios del universo, que no sólo los había salvado de la opresión egipcia, sino que también los había escogido para establecer con ellos una alianza especial a través de la cual, como había prometido ya a Abraham, todos los pueblos de la tierra serían también bendecidos en el futuro. Ahora bien, esta pascua liberadora de Egipto, y esta alianza entre los israelitas y Dios en que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos en el futuro, se cumplen plenamente en la nueva y definitiva pascua de la muerte y resurrección de Jesucristo, en que se da la renovación final de la alianza que Dios hace no sólo con los judíos, sino también con todos los seres humanos.

Así pues, la relación del Misterio Pascual de Jesucristo con la pascua de los israelitas se ve claramente en muchas correspondencias no sólo teológicas y de simbolismo religioso, sino además históricas. Por ejemplo, Jesús fue crucificado durante el tiempo de las celebraciones pascuales del pueblo judío. Además, así como en su celebración anual de la pascua, los israelitas tenían una cena sacrificial en que, con la comida del cordero pascual, se conmemoraba la salida de Egipto y la salvación de sus primogénitos por la sangre del primer cordero pascual, que fue comido por los israelitas en la primera cena pascual en la víspera de su salida de Egipto; así también, en la víspera de su muerte en la cruz, Jesús celebró la comida sacrificial de la última cena. En esta cena, Jesús, el verdadero cordero pascual, ofreció, a través de vino y de pan, su sangre y su cuerpo, como sacrificio que anticipaba al de su inmolación en la cruz por la salvación de los seres humanos de la esclavitud del pecado, y el cual sacrificio será además conmemorado sacramentalmente por todas las celebraciones eucarísticas de la historia. De ahí, que el paso o pascua de los israelitas de Egipto a la peregrinación que culmina en la tierra prometida fue sólo una anticipación profética del paso o pascua de Jesús de su muerte en la cruz a la vida plena de su resurrección.

Con referencia a todo esto hay que señalar la significación de la fecha de la pascua judía y de la pascua de la resurrección de Cristo. Los judíos han celebrado siempre la pascua el 14 de Nisan que es, en su calendario lunar, el día del equinoccio de la primavera que coincide con la primera noche de luna llena de la primavera. Como los cristianos celebraban la pascua el domingo, pues fue el domingo el día de la resurrección de Cristo, ya desde el Concilio de Nicea, en el año 325 AD, se estipuló que la pascua de resurrección se celebrase el primer domingo después de la primera noche con luna llena después del equinoccio de primavera. Lo decisivo tanto para los judíos como para los cristianos es el sentido espiritual del simbolismo ritual tanto de la luna llena, como del equinoccio primaveral. En el día en que la luz de la luna llena sigue inmediatamente a la luz del sol, no hay ningún momento de oscuridad en ese día. Con esto se señala que la pascua celebra, a pesar de la persistente oscuridad de las tinieblas del pecado y de la muerte, la superioridad de la luz celestial que es imagen de Dios, y concretamente de Jesucristo. Pero todavía más, el equinoccio primaveral coincide con el momento en que después de las oscuridades del invierno, ya los días son cada vez más largos que las noches. Este es el momento cósmico en que la luz de Dios, es decir del Dios en Jesucristo, ya ha comenzado a derrotar progresivamente y de manera irreversible a las tinieblas cósmicas, estableciendo por todas partes de manera definitiva el reino de luz y de amor de Dios. En efecto, la pascua de resurrección conmemora la decisiva e irreversible victoria de Jesucristo sobre las fuerzas tenebrosas del mal y de la muerte que aparentaban haber triunfado frente a él en la oscuridad invernal del sepulcro donde lo habían enterrado. Es la celebración de la gloria luminosa del Dios de Jesucristo, que con su amor hasta la muerte en la cruz, vence a la muerte y nos ofrece la gloria de su luz y de su vida.

Para los cristianos, la Semana Santa es la oportunidad final de la cuaresma para la conversión o paso de nuestra vida falsa y alejada oscuramente de Dios a la verdad de la cruz purificadora y sanadora de Cristo. Pues es en la victoria de Cristo en la cruz, que se nos ofrece la nueva y verdadera vida de la primavera divina en que la luz de Dios iluminará nuestra vida para siempre con la gloria majestuosa de la resurrección de su Hijo Jesucristo.

Profesor de Teología y Filosofía en el Seminario Regional San Vicente de Paúl, Boynton Beach.