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La vida en cruz
En estos tiempos en los que nos correspondió vivir, ser y hacer,
y que muchos llaman “cultura postmoderna”, asistimos –junto a
“luces y grandes logros de la humanidad– a aspectos y “sombras”
preocupantes como la desvalorización del trabajo y del esfuerzo,
con la consecuente falta de interés por situarse “más alto” y el
predominio de lo fácil y rápido, lo desechable, lo transitorio,
lo pasajero, lo efímero: en una sociedad materialista en la que
prima el tener (dinero, prestigio y fama) sobre el ser, y donde
la moda es el eje de la conducta moral, y la abundancia de lo
material la razón para vivir.
Nuestra sociedad
es una sociedad de consumo, donde parece que todo puede ser
negociable según el doble juego de la oferta y la demanda, con
marcada indiferencia hacia todo lo colectivo y en la que cada
quien elabora “a la carta” sus propias “verdades” y su propio
proyecto de vida, sin preocuparse mucho por la coherencia del
conjunto. Sociedad en la que “es verdad lo que es útil para mí”;
sociedad sin certezas, en la que el ser humano no se aferra a
nada y vagabundea y cambia rápidamente de unas ideas a otras.
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La Pasión del Cristo,
Icon Films |
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Nuestros días son tiempos de crisis donde predominan la
subjetividad y el sentimiento, la estética y lo lúdico sobre la
ética y la razón. Tiempos en los que se vive como quien no se
dirige a ninguna parte, sin sentido, sin dirección y donde
impera la norma de aparecer más que ser.
El hombre y la mujer de estos tiempos y de esta sociedad
retornan a “lo sagrado”, pero no con todas “sus fuerzas”, pues
el postmoderno es de convicciones débiles y utilitaristas, con
una pérdida de la visión trascendente de la vida por el goce de
lo inmediato, de lo inmanente, y en medio de una abrumadora
sobrecarga de información, frente a la cual nada vale o todo
vale por igual.
Humano de esta época
Para el ser humano de esta época y de esta sociedad así
caracterizadas, ¿qué significan las verdades de nuestra fe que
conmemoramos cada Semana Santa, como el camino hacia la cruz, la
Pasión y Muerte en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo?
¿Qué significación y sentido tienen para el hombre y la mujer de
nuestros días la vida, muerte y Resurrección de Cristo? ¿Qué
valor y significación tiene una vida –la de Jesús de Nazaret y
la de tantos como Él y en su seguimiento–, que se entrega sin
reservas ni condiciones y hasta las últimas consecuencias en
servicio a todos, mientras todo en el mundo nos pide “cuidar”
egoístamente la propia vida?
Hace dos mil años, la cruz y la crucifixión de Jesús de Nazaret
(con todo lo que ello supone y significa) fue “insensatez y
escándalo”. Hoy es y seguirá siendo signo de contradicción y de
locura en medio de una sociedad hedonista, donde la buena mesa,
el goce sexual, el cuidado de la imagen y el disfrutar ya, aquí
y ahora del contacto físico sin aplazar las satisfacciones, dan
como resultado una “cultura” o, mejor, un estilo de vida
light: ligero, suave, “descafeinado”, etéreo, débil, fácil,
desechable, superficial, sin compromiso. Sociedad del lujo, del
derroche y del confort; indiferente a la miseria de las
grandes masas. En una sociedad así, la felicidad está en el no
compromiso, en lo fácil y útil, por lo que, entonces, “el fin
justifica los medios” y “lo auténtico es lo prohibido”.
Llama profundamente la atención cómo – por estos días y frente a
la muy comentada película sobre La Pasión del Cristo– a
todos nos horroriza la violencia y la crueldad de los
sufrimientos padecidos por Jesús, tal como quedan plasmados en
la pantalla. Y es que el hombre y la mujer de estos días –hombre
light y mujer light– no quieren saber de
sufrimientos, padecimientos, enfermedades, dolores, vejez,
arrugas, muerte… Y pretenden arreglarlo todo con dietas,
silicona, bisturí y eutanasia, como si las manifestaciones de la
experiencia del mal y el pecado en el mundo no fuesen realidades
propias e inherentes a nuestra naturaleza humana –junto con las
experiencias del bien y de la gracia–, vividas, asumidas,
reinterpretadas, redimensionadas y redimidas precisamente por la
Vida, Pasión y Muerte en la cruz de Cristo, Nuestro Señor.
Nuestro fariseísmo
Pero llama aún más la atención nuestro fariseísmo e hipocresía,
por los que no nos horrorizamos ni nos compadecemos frente a
tantos y tantos sufrimientos y dolores que nos envuelven a
diario: víctimas de las guerras, millones de muertos por hambre
en todo el mundo, tantos condenados injustamente, millones de
desplazados de sus tierras y naciones por los conflictos que
generan los odios, millones de huérfanos y abandonados, niños y
jóvenes que crecen sin oportunidades y posibilidades de
educación, de vivienda, de salud, de futuro, millones de
agonizantes, etc…
Todavía más: nos resistimos a ser auténticos cristianos, y
pareciera que nos resistimos y no estamos dispuestos a asumir y
vivir los compromisos que nos impone nuestra señal, que es la
cruz de Cristo, tales como una vida de filiación y
obediencia a Dios Padre, una vida en relación fraterna con todos
los hombres, en permanente “negación”, donación, entrega y
servicio de la propia vida a nuestros hermanos, especialmente a
los más necesitados de nuestro testimonio de amor.
Otra vez Semana Santa. Una oportunidad única para que la Iglesia
nos recuerde –aunque no lo entendamos o nos repugne– que no hay
salvación sin cruz, ni cristianismo sin cruz, ni cruz sin Cristo,
ni autenticidad en el discipulado sin generosidad en la entrega
de la propia vida. Más aún, que la sabiduría y pedagogía de Dios
–radicalmente distintas de las del mundo– están presentes en el
Crucificado, y que del valor de esta entrega brota la salvación
para todos.
Que un auténtico itinerario espiritual de encuentro con Dios y
nuestros hermanos –por Cristo, con Él y en Él– nos preparen en
esta Cuaresma y Semana Santa a la mayor celebración y verdad de
nuestra fe y de nuestras vidas: la Pascua del Señor.
Director de Hispanic American Market
Multicultural & Diversified Business Development, Merrill Lynch
Mario_paredes@ml.com
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