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La vida en cruz

Mario Paredes

En estos tiempos en los que nos correspondió vivir, ser y hacer, y que muchos llaman “cultura postmoderna”, asistimos –junto a “luces y grandes logros de la humanidad– a aspectos y “sombras” preocupantes como la desvalorización del trabajo y del esfuerzo, con la consecuente falta de interés por situarse “más alto” y el predominio de lo fácil y rápido, lo desechable, lo transitorio, lo pasajero, lo efímero: en una sociedad materialista en la que prima el tener (dinero, prestigio y fama) sobre el ser, y donde la moda es el eje de la conducta moral, y la abundancia de lo material la razón para vivir.

Nuestra sociedad es una sociedad de consumo, donde parece que todo puede ser negociable según el doble juego de la oferta y la demanda, con marcada indiferencia hacia todo lo colectivo y en la que cada quien elabora “a la carta” sus propias “verdades” y su propio proyecto de vida, sin preocuparse mucho por la coherencia del conjunto. Sociedad en la que “es verdad lo que es útil para mí”; sociedad sin certezas, en la que el ser humano no se aferra a nada y vagabundea y cambia rápidamente de unas ideas a otras.

La Pasión del Cristo, Icon Films

Nuestros días son tiempos de crisis donde predominan la subjetividad y el sentimiento, la estética y lo lúdico sobre la ética y la razón. Tiempos en los que se vive como quien no se dirige a ninguna parte, sin sentido, sin dirección y donde impera la norma de aparecer más que ser.

El hombre y la mujer de estos tiempos y de esta sociedad retornan a “lo sagrado”, pero no con todas “sus fuerzas”, pues el postmoderno es de convicciones débiles y utilitaristas, con una pérdida de la visión trascendente de la vida por el goce de lo inmediato, de lo inmanente, y en medio de una abrumadora sobrecarga de información, frente a la cual nada vale o todo vale por igual.

 

Humano de esta época

Para el ser humano de esta época y de esta sociedad así caracterizadas, ¿qué significan las verdades de nuestra fe que conmemoramos cada Semana Santa, como el camino hacia la cruz, la Pasión y Muerte en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Qué significación y sentido tienen para el hombre y la mujer de nuestros días la vida, muerte y Resurrección de Cristo? ¿Qué valor y significación tiene una vida –la de Jesús de Nazaret y la de tantos como Él y en su seguimiento–, que se entrega sin reservas ni condiciones y hasta las últimas consecuencias en servicio a todos, mientras todo en el mundo nos pide “cuidar” egoístamente la propia vida?

Hace dos mil años, la cruz y la crucifixión de Jesús de Nazaret (con todo lo que ello supone y significa) fue “insensatez y escándalo”. Hoy es y seguirá siendo signo de contradicción y de locura en medio de una sociedad hedonista, donde la buena mesa, el goce sexual, el cuidado de la imagen y el disfrutar ya, aquí y ahora del contacto físico sin aplazar las satisfacciones, dan como resultado una “cultura” o, mejor, un estilo de vida light: ligero, suave, “descafeinado”, etéreo, débil, fácil, desechable, superficial, sin compromiso. Sociedad del lujo, del derroche y del confort; indiferente a la miseria de las grandes masas. En una sociedad así, la felicidad está en el no compromiso, en lo fácil y útil, por lo que, entonces, “el fin justifica los medios” y “lo auténtico es lo prohibido”.

Llama profundamente la atención cómo – por estos días y frente a la muy comentada película sobre La Pasión del Cristo– a todos nos horroriza la violencia y la crueldad de los sufrimientos padecidos por Jesús, tal como quedan plasmados en la pantalla. Y es que el hombre y la mujer de estos días –hombre light y mujer light– no quieren saber de sufrimientos, padecimientos, enfermedades, dolores, vejez, arrugas, muerte… Y pretenden arreglarlo todo con dietas, silicona, bisturí y eutanasia, como si las manifestaciones de la experiencia del mal y el pecado en el mundo no fuesen realidades propias e inherentes a nuestra naturaleza humana –junto con las experiencias del bien y de la gracia–, vividas, asumidas, reinterpretadas, redimensionadas y redimidas precisamente por la Vida, Pasión y Muerte en la cruz de Cristo, Nuestro Señor.

 

Nuestro fariseísmo

Pero llama aún más la atención nuestro fariseísmo e hipocresía, por los que no nos horrorizamos ni nos compadecemos frente a tantos y tantos sufrimientos y dolores que nos envuelven a diario: víctimas de las guerras, millones de muertos por hambre en todo el mundo, tantos condenados injustamente, millones de desplazados de sus tierras y naciones por los conflictos que generan los odios, millones de huérfanos y abandonados, niños y jóvenes que crecen sin oportunidades y posibilidades de educación, de vivienda, de salud, de futuro, millones de agonizantes, etc…

Todavía más: nos resistimos a ser auténticos cristianos, y pareciera que nos resistimos y no estamos dispuestos a asumir y vivir los compromisos que nos impone nuestra señal, que es la cruz de Cristo, tales como una vida de filiación y obediencia a Dios Padre, una vida en relación fraterna con todos los hombres, en permanente “negación”, donación, entrega y servicio de la propia vida a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados de nuestro testimonio de amor.

Otra vez Semana Santa. Una oportunidad única para que la Iglesia nos recuerde –aunque no lo entendamos o nos repugne– que no hay salvación sin cruz, ni cristianismo sin cruz, ni cruz sin Cristo, ni autenticidad en el discipulado sin generosidad en la entrega de la propia vida. Más aún, que la sabiduría y pedagogía de Dios –radicalmente distintas de las del mundo– están presentes en el Crucificado, y que del valor de esta entrega brota la salvación para todos.

Que un auténtico itinerario espiritual de encuentro con Dios y nuestros hermanos –por Cristo, con Él y en Él– nos preparen en esta Cuaresma y Semana Santa a la mayor celebración y verdad de nuestra fe y de nuestras vidas: la Pascua del Señor.

Director de Hispanic American Market
Multicultural & Diversified Business Development, Merrill Lynch

Mario_paredes@ml.com