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Homilía ante la tumba de San Pedro, en Roma, y en la Misa
Crismal de la arquidiócesis
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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La semana pasada tuve el privilegio de realizar mi cuarta visita
ad limina a Roma desde que fui hecho obispo. Después de
la visita anterior, la Región IV fue dividida, y ahora nos hemos
convertido en parte de la nueva Región XIV, que comprende sólo
las provincias metropolitanas de Atlanta y Miami. Como resultado
de esto, tuve el privilegio de ser designado para celebrar y
pronunciar la homiliía de la Misa que deben ofrecer los obispos
visitantes ante la tumba de San Pedro. Celebré con los obispos
en el altar Cristo Rey, a las 9 a.m. del lunes 29 de marzo.
Después de la Misa, muchos de los obispos solicitaron copias de
la homilía, indicando que compartirían el mismo mensaje con sus
sacerdotes en la Misa Crismal, durante la Semana Santa. Animado
por sus comentarios, he decidido hacer lo mismo, puesto que la
celebración anual de los sacerdotes con el obispo local debe
servir al mismo propósito que la visita quinquenal de los
obispos al Santo Padre, es decir, para confirmar nuestra fe y
renovar nuestro compromiso en las órdenes sagradas y el
ministerio:
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El Arzobispo John C. Favalora y el Obispo Auxiliar Felipe J.
Estévez, sentados junto al Papa Juan Pablo II durante la visita
ad limina de los obispos estadounidenses. De pie, de
derecha a izquierda, Mons. Michael Souckar, Mons. William
Hennessey y el P. Kenneth Schwanger.
Cortesía del Arzobispo Favalora |
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Queridos hermanos obispos:
Hemos venido a ver a Pedro.
Algunos están aquí por primera vez, otros estamos de regreso,
pero todos hemos venido a ver a Pedro.
Hemos venido a confirmar nuestra fe ante la tumba de Pedro,
donde él derramó su sangre a plenitud por el Maestro.
Hemos venido tal como vino Pablo hace mucho tiempo, y tal como
ha sido la práctica desde entonces a lo largo de los tiempos.
Hemos venido a reunirnos en torno del sucesor de Pedro, que
lleva a cabo su ministerio de unidad en pro de la Iglesia.
Muchas cosas han ocurrido en nuestras vidas, y en la vida de la
Iglesia de los Estados Unidos desde nuestra última visita. Las
maravillosas celebraciones de nuestro gran Año Jubilar apenas
habían terminado, cuando nuestro país fue atacado por
terroristas; después vinieron los escándalos, con sus
dolorosísimas revelaciones, con el reconocimiento del gran daño
causado a los jóvenes, y la grave confusión que todo esto hizo
caer sobre la Iglesia de nuestro país, y sobre todos nosotros.
Por muchos años a partir de ahora, estos eventos perturbarán la
tranquilidad del alma de la Iglesia y de nuestro país. Las olas
de la tormenta que se han abatido contra la barca de Pedro nos
han conmovido a todos en nuestro ministerio episcopal.
En nuestro país, seguimos luchando por el respeto a la vida
mientras los torrentes se lanzan contra nosotros. Nos
enfrentamos a la lógica esquizofrénica de nuestras leyes, que se
proponen salvar a las ballenas pero permiten la matanza de
inocentes en el vientre materno.
La guerra se ha convertido, una vez más, en nuestra agenda
nacional y en parte de nuestras conversaciones cotidianas.
La institución misma del matrimonio se ve hoy amenazada, y el
plan de Dios para la sexualidad humana ha sido suplantado por
una filosofía de la vida que, en su búsqueda del placer,
convierte en opción personal lo que es norma absoluta para
establecer lo correcto y lo incorrecto en materia de moral.
La revelación de Dios ha sido relegada al rincón de las piadosas
preferencias privadas de cada uno, como algo que apenas se ve y
raramente se escucha.
Tristemente, enfrentamos todos estos embates con muy poco apoyo
de los líderes religiosos amigos dentro de la comunidad
ecuménica e interconfesional.
Hermanos míos: hemos venido a ver a Pedro porque necesitamos
fortalecer nuestra fe. Necesitamos que se nos garantice, una vez
más, que la barca de Pedro soportará la tormenta. Necesitamos
saber que las olas que ahora nos embisten pasarán, porque Pedro
está al timón y Jesús está a bordo.
Hemos venido a ver a Pedro para restablecer nuestra confianza:
“Y en cuanto a ti”, dice Jesús a Pedro, “debes confirmar a tus
hermanos”.
Hoy damos gracias a Dios por el coraje que tuvo el primer Pedro,
ante cuya tumba nos encontramos, orando por tener su mismo
coraje. Hoy nos volvemos hacia Juan Pablo II, en busca de la
unidad petrina que sus sólidas palabras ofrecen al mundo.
Hoy, junto a Pedro en su barca agitada por las olas, recordamos
las primeras palabras que Juan Pablo II dijo al mundo, hace 25
años: “No tengan miedo”.
Él ha llevado este mensaje a todos los rincones del mundo al
predicar la Palabra con valentía, lo mismo en ocasiones
propicias como adversas, porque cree que ésta es la palabra de
vida, y que ella pondrá en paz a las aguas agitadas y calmará la
tormenta.
Hemos venido a ver a Pedro porque, una vez más, necesitamos
escuchar de él las palabras de Jesús desde la embarcación: “No
tengan miedo”. |