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La
alegría perfecta
Dos días de la semana pasada –el 22 y el 25 de abril– la Iglesia
Católica tuvo como una de sus lecturas el mismo pasaje de los
Hechos de los Apóstoles, ese maravilloso libro de Lucas que
nos acompaña y guía durante toda la Pascua. El caudal de este
relato nos arrastra por una historia que se prolonga desde el
principio de la Iglesia naciente hasta nuestros días. Ahí está
reflejada la verdad de lo que debió y debe vivir un seguidor de
Cristo.
Los Hechos de los Apóstoles narran la actividad de los
discípulos del Señor tras su resurrección. El cometido que los
apasiona es ser testigos de Jesús, incluso hasta el martirio (la
palabra griega martyr significa testigo). Los signos de
la fuerza del Espíritu son el testimonio divino de la verdad de
lo que proclaman.
En los versículos citados aquí, Hechos 5,27-42, se concentran
toda la rabia, amenazas y padecimientos de que son objeto los
discípulos por predicar el Evangelio.
“La obediencia a Dios está por encima de la obediencia a los
seres humanos”, le contestan Pedro y los apóstoles al sumo
sacerdote cuando éste les advierte que les habían prohibido
“hablar en nombre de ése”. Después de azotes e insultos, los
apóstoles abandonan el Sanedrín “contentos de haber tenido el
honor de sufrir humillaciones a causa de aquel nombre [Cristo,
Jesús]”.
Asombroso, que la ira de los poderosos en ellos no hace mella,
no los ofende ni amedrenta. Son hombres nuevos, llenos de la fe
y la valentía, de la inexplicable alegría de saberse fieles a
las enseñanzas del Mesías.
Ésta es la poderosa razón por la que ellos, que habían corrido a
esconderse cuando Jesús fue condenado a muerte, flagelado y
crucificado, salen ahora sin miedo a anunciar el Reino de Dios
por las calles de Jerusalén y en el mismo Templo ante las
autoridades religiosas, que los detestan.
Invito a los lectores a que lean el pasaje completo de los
Hechos de los Apóstoles al que me refiero, está
debajo.
También un pedazo de Las Florecillas, de San Francisco,
titulado La Verdadera y Perfecta Alegría.
A ambos textos los separan 13 siglos, y de la muerte de
San
Francisco al día de hoy han pasado otros ocho.
La agonía y el éxtasis de seguir en fidelidad a Jesús lo vive
tan intensamente hoy como en los pasados 20 siglos todo
verdadero discípulo. Quien opta por Cristo, que no quepa duda,
emprende el camino de Jerusalén.
Como los ya citados, los textos que siguen me
acompañan esta Pascua, "Fiesta de las Fiestas", quiero
comaprtirlos con ustedes. Ellos me protejen, me alimentan, son
mi gozo y mi refugio, mi salvación.
Salmo 90 (89)
Antes que naciesen los montes,
O fuera engendrado el orbe de la tierra,
Desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo
Diciendo; ‘Retornad, hijos de Adán’,
Mil años en tu presencia
Son un ayer, que pasó,
Una vela nocturna.
Salmo 27 (26)
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿A quién he de temer?
Amparo de mi vida es el Señor,
¿Ante quién temblaré?
Cuando los malvados se lanzan contra mí
Para comer mi carne,
Ellos, mis enemigos y contrarios,
Tropiezan y perecen.
Señor, oye la voz con que a ti clamo,
Escucha, por piedad.
Mi corazón de ti me habla diciendo:
“Procura ver su faz”
Es tu rostro, Señor, lo que yo busco,
No me escondas tu cara.
Con enojo a tu sierva no rechaces;
Eres tú mi defensa.
La bondad del Señor espero ver
Donde moran los vivos.
Confía en el Señor, sé fuerte, ten ánimo,
Espera en el Señor.
Hechos de los Apóstoles
5, 27-42
“Los trajeron pues y los presentaron ante el Sanedrín. El sumo
sacerdote los interrogó diciendo: ‘Les prohibimos severamente
enseñar en ese nombre; y sin embargo ustedes han llenado
Jerusalén con su enseñanza y pretenden hacer recaer sobre
nosotros la sangre de ese hombre’. Pedro y los apóstoles
respondieron: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes
mataron colgándolo de un madero. Dios lo exaltó y lo puso a su
derecha como Jefe y Salvador, para dar a Israel la conversión y
el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estos
hechos y también el Espíritu Santo, que ha dado a los que le
obedecen’.
”Ellos al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
”Entonces se levantó en el Sanedrín un fariseo llamado Gamaliel,
doctor de la ley, con prestigio ante todo el pueblo. Mandó que
hicieran salir un momento a aquellos hombres y les dijo:
”‘Israelitas, miren bien lo que van a hacer con estos hombres.
Porque hace algún tiempo se presentó Teudas, que pretendía ser
alguien y al que siguieron unos cuatrocientos hombres. Más tarde
pereció, sus seguidores se dispersaron y todo quedó en nada.
Tiempo después, en la época del censo, surgió Judas el Galileo,
que arrastró al pueblo en pos de sí. Pero también éste pereció y
todos sus seguidores se dispersaron. Por eso les aconsejo:
desentiéndanse de estos hombres y déjenlos, porque si este plan
o esta obra es de los hombres fracasará; pero si es de Dios no
podrán destruirlos, no sea que se encuentren luchando contra
Dios’. Y aceptaron su parecer.
”Entonces llamaron a los apóstoles; y después de haberlos
azotado, les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Y los
dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanderín
contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes
por el Nombre de Jesús. Y ni un solo día cesaban de enseñar en
el Templo y por las casas y de anunciar la Buena Nueva de que
Jesús es el Cristo”.
De las “Florecillas”, de San Francisco
Cierto día, el bienaventurado Francisco, estando en Santa María,
llamó al hermano León y le dijo:
–Hermano León, escribe.
Éste le respondió:
–Ya estoy listo.
–Escribe– le dijo –cuál es la verdadera alegría:
Llega un mensajero y dice que todos los maestros de París han
venido a la Orden. Escribe: “No es verdadera alegría”.
Y también que han venido a la Orden todos los prelados
ultramontanos, arzobispos y obispos; que también el rey de
Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: “No es la verdadera
alegría”.
Igualmente, que mis hermanos han ido a los infieles y han
convertido a todos ellos a la fe. Además, que he recibido yo de
Dios una gracia tan grande, que curo enfermos y hago muchos
milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera
alegría.
–Pues, ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa y, ya avanzada la noche, llego aquí; es tiempo
de invierno, todo está embarrado y el frío es tan grande, que en
los bordes de la túnica hay agua fría congelada, que hace
heridas en las piernas hasta brotar sangre de las mismas.
Y todo embarrado, helado y aterido, me llego a la puerta; y
después de estar un buen rato tocando y llamando, acude el
hermano y pregunta:
–¿Quién es?
Yo respondo:
–El hermano Francisco.
Y él dice:
–Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino. Aquí no
entras.
Y, al insistir yo de nuevo, contesta:
–Largo de aquí. Tú eres un simple y un aldeano. Ya no vas a
venir con nosotros. Somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo vuelvo a la puerta y digo:
–Por amor de Dios, acójanme por esta noche.
Y él responde:
–No me da la gana. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.
Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma, en
esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y
el bien del alma.
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