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Los fieles laicos en la política

Michael Hull
Zenit

Intervención del P. Michael Hull, profesor de Teología en varias facultades de Nueva York, pronunciada en la vide0conferencia mundial de teología organizada por la Congregación para el Clero (http://www.clerus.org) sobre “Los fieles laicos”, el 30 de marzo.

La participación activa de los fieles laicos en la política contemporánea ha recibido un gran apoyo durante el Concilio Vaticano II, fundamentalmente en Gaudium et spes, Capítulo IV, “La Comunidad política” (números 73–76). Del mismo modo, en otros documentos, los padres conciliares subrayaron algunos aspectos del compromiso de los fieles en el apostolado (Apostolicam actuositatem), en cuanto a la salvaguarda de la libertad religiosa (Dignitatis humanae), y a la actividad misionera (Ad gentes divinitus). Y muchos de los escritos de Juan XIII (por ejemplo, Mater et magistra y Pacem in terris) y Pablo VI (por ejemplo, Populorum progressio y Octagesima adveniens) animaban a los fieles a comprometerse con el mundo para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

El Papa Juan Pablo II, siguiendo de cerca los pasos del Concilio y de sus predecesores, ha escrito profusamente sobre diversas cuestiones en torno a la relación de la Iglesia con la sociedad (por ejemplo, Laborem exercens, Centesimus annus, Veritatis splendor, y Evangelium vitae). Es tan importante el papel que desempeñan los laicos en la política que el Papa escribe en Christifideles laici: “Para animar cristianamente el orden temporal –en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad– los fieles laicos de ningún modo pueden renunciar a la participación en la “política”; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (número 42, cursiva en el original).

Sin embargo, la sustancia de la “participación en la vida pública” antes mencionada a veces es confusa para los fieles. Por este motivo, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una nota doctrinal intitulada La Participación de los católicos en la vida política para aclarar las enseñanzas de la Iglesia. Citando los beneficios de la democracia y los peligros del pluralismo ético, la Iglesia defiende la primacía de la ley moral natural y recuerda a los fieles que “están llamados a rechazar, como algo perjudicial para la vida democrática, una concepción del pluralismo que refleje el relativismo moral” (número 3). De modo particular, la nota doctrinal apunta a la responsabilidad política de los fieles para preservar la vida (en contra del aborto y la eutanasia) y para defender la familia –elementos esenciales del bien común (número 4).

Los católicos y todos los ciudadanos tienen la obligación de seguir la ley moral natural. Pese a que la Iglesia no intenta entrar en la política con el objetivo de apoyar a los partidos políticos y de influir indebidamente en gobiernos legítimos, la Iglesia tiene el deber de enseñar con firmeza lo que es verdad. Dicha enseñanza no debe de ninguna manera construirse como un intento de “ejercer el poder político o de eliminar la libertad de los católicos en relación con cuestiones contingentes. Por el contrario, intenta –tal y como indica su función propia– instruir e iluminar las conciencias de los fieles, en particular de los que están involucrados en la vida política, de modo que sus acciones puedan actuar siempre para la promoción integral de la persona humana y el bien común” (número 6).

De hecho, la Iglesia nunca ha buscado imponer estructuras fijas en las cuestiones políticas o sociales. Por el contrario, siempre ha intentado articular principios racionales, siempre conciente de que no hay libertad fuera de la verdad. La fuerte defensa de la libertad de conciencia por parte de la Iglesia, no es una defensa del relativismo o del indiferentismo; es una afirmación de la dignidad ontológica de la persona humana. Como escribe el Papa en Fides et ratio: “O la verdad y la libertad van unidas o juntas perecen en la miseria”. Los laicos tienen la obligación moral en la política –y en otras áreas– de mantener la verdad y hacer avanzar la libertad, para la gloria de Dios y la salvación de las almas.