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Religiosos y religiosas
que han sabido vivir sus
votos

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

 La Hna. Margaret Zapf y el P. Emil Fardellone han sido religiosos durante tanto tiempo, que ni siquiera existe un término para definir las bodas que ahora celebran. De “doble diamante” sería el más apropiado.

Los religiosos y las religiosas que conmemoran sus bodas con la Iglesia se disponen a cortar el pastel de la celebración. Desde la izquierda: Hna. Ritchie, Hna. Ankenbrandt, Hno. DePiro, Hna. Zapf, Hna. Piché, Hna. Kuester, Hno. Mravintz, Hno. Dubois, P. Fardellone y Hna. Isabel M. Mazarredo.
Fotos: Ana Rodríguez-Soto

“Le dije al arzobispo: ‘mándeme dos diamantes; me los quiero poner en las orejas’”, bromeó el P. Fardellone, que se unió a los salesianos hace 70 años y todavía enseña una clase de teología y presta ayuda en la parroquia de St. Kieran, en Miami.

El P. Fardellone es un entusiasta de la fotografía y un viajero de categoría mundial; sirvió como capellán de la Fuerza Aérea durante la Segunda Guerra Mundial; construyó una parroquia en Nueva Orleáns y la dirigió durante 25 años, y nunca ha dejado de enseñar.

“Hoy, después de la comunión, me vino un recuerdo”, dijo, después de la misa anual en que se rinde homenaje a los religiosos y las religiosas que cumplen 25, 50, 60 o más años de haber profesado sus votos.

La Hna. dominica Isabel Mazarredo recibe su regalo del Jubileo de Oro, del Arzobispo Emérito Edward McCarthy, quien estuvo en la celebración.

La Hna. Zapf es otra de esas personas que, a sus 86 años, todavía “anda por ahí de un lado a otro, como una ardillita”, dijo su cuñada, Gloria Zapf. “Un ejemplo de cómo se puede vivir en santidad y con los pies sobre la tierra”.

Hna. de San José de San Agustín durante 70 años –39 de los cuales como maestra, y tres más en labores parroquiales– la Hna. Zapf está disfrutando actualmente de su tercera carrera: visitar a los enfermos en el Hospital Mercy. También encabeza un grupo de oración centrante y dirige un programa de adjuntos de su orden.

“Quería ser hermana desde que tenía 12 años”, recordó. “Para mí, era el mayor de los privilegios pensar que yo hubiera sido llamada a hacer esto, a enseñar a los niños y a conducirlos hacia el Señor”.

“Él todavía quiere que yo haga algunas cosas, así es que me propongo seguir hasta donde Su voluntad lo desee”, añadió la Hna. Zapf.

En su homilía, el P. Oblato John Madigan, vicario arquidiocesano de los religiosos y las religiosas, recordó la constitución y el carisma de cada una de sus órdenes: Dominicanos, Hermanas de la Misericordia, Salesianos, Hermanas de la Caridad, Maristas, Hermanas de San José, Sociedad de María (Marianists) y Hermanos de las Escuelas Cristianas (Christian Brothers).

“Todos debemos ser llamados a vivir las bienaventuranzas”, dijo, pidiéndoles a los religiosos y las religiosas “cantar conmigo sobre la caridad y el amor”, repitiendo el estribillo “Ubi Caritas”.

Mons. William Hennessey, celebrante principal de la liturgia, elogió a los religiosos y las religiosas por “sus vidas vividas sin temor”, añadiendo que su compromiso con los votos hechos ha servido de ejemplo a los jóvenes del Seminario St. John Vianney College, donde tuvo lugar la celebración.

“Yo quería salvar almas de una manera o de otra”, dijo el Hno. Marista Alphonse Louis Dubois, que cumplía 60 años de haber hecho sus votos. El Hno. Dubois recuerda que su única duda, en octavo grado, fue la de si se hacía sacerdote o religioso.

“Si no hubiera salvado más que a una, me sentiría satisfecho”, dijo el Hno. Dubois, que todavía da clases para preparar a los niños para la Primera Comunión en la iglesia de St. Brendan, en Miami.

El consejo del Hno. Dubois para los jóvemes de hoy es: “Escuchen a Dios y confíen en Él. Supongo que si yo pude hacerlo, todo el mundo puede”.

 

La Hna. Isabel M. Mazarredo, OP, dominica cubanoamericana que celebró sus Bodas de Oro

La Hna. Isabel es hija de Germán Mazarredo e Isabel Lescano. Nació en el Vedado, La Habana, Cuba, el 11 de septiembre de 1930. Dos meses después, fue bautizada con los nombres de Isabel Mercedes.

Cursó la enseñanza primaria y secundaria en la escuela American Dominican Academy, en el Vedado, La Habana. Su madre y sus tres hermanas también se graduaron en la misma institución. Desde sus años de secundaria, se sintió atraída por esta Congregación de Hermanas Dominicas de Santa Catalina De’Ricci, pues las Hermanas le parecían muy humanas, abiertas, gozosas y llenas de paz.

Para Isabel no fue fácil tomar la decisión de entrar en el convento, dejar su casa, su país y todo lo que había sido parte de su vida hasta aquel momento. Finalmente, por la gracia de Dios, se confió plenamente a su fe y entró en la Comunidad el 9 de mayo de 1954, en Elkins Park, Pensilvania. Hizo su noviciado en Albany, Nueva York, y obtuvo su licenciatura en artes en el College of St. Rose. Hna. Isabel ha desempeñado su ministerio en la Casa de Retiros de Elkins Park, en la residencia para muchachas trabajadoras en The Loretto (Dayton, Ohio), y en Trabajo Social, en el Centro Católico Hispano de Miami.

El período más importante de su ministerio tuvo lugar en Cali, Colombia, donde pasó nueve años viviendo con ese hermoso pueblo, compartiendo su vida con la gente, como uno de ellos.

En junio de 1980, debido a los problemas de salud de sus ancianos padres, la Hna. Isabel dejó Cali y vino a Miami, y muy pronto comenzó a participar en las actividades de la comunidad hispana en la parroquia de St. Louis.

Ha trabjado en la Misión Santa Ana, Naranja, y la iglesia de St. Raymond, en Miami. En 1983, tomó un curso para capacitarse como abogada de quienes han solicitado obtener la anulación de su matrimonio. Tres años después, se integró al personal del Tribunal Metropolitano, donde aún trabaja. Como preparación para ocupar su puesto actual en el Tribunal, asistió a un seminario de dos semanas sobre procedimientos para anulaciones matrimoniales en la Universidad de St. Mary of the Lakes, en Mundelein (Chicago, Illinois).

Para ella, la condición de religiosa significa vivir dando testimonio para la vida futura, animando a los que tienen fe, apoyando a los débiles, ofreciendo compañía y sanación al pueblo de Dios, con la plena conciencia de que en su ministerio y su predicación necesita de la fuerza y el apoyo de Dios mediante la compañía y la intercesión de María, nuestra Madre.