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El
Misterio Pascual de Jesucristo
Pronto la Iglesia Católica celebrará la Semana Santa, que
culmina con la conmemoración de la muerte y resurrección de
Jesucristo, a la que la Iglesia se ha referido también con la
denominación del Misterio Pascual de nuestro Señor Jesucristo; y
que constituye el tiempo litúrgico, religioso y espiritual más
importante para los cristianos de todo el mundo. Conviene
reflexionar sobre el significado de este Misterio Pascual.
La Semana Santa da conclusión a la cuaresma, es decir, a la
temporada de preparación y renovación con que los cristianos se
disponen a celebrar el Misterio Pascual de Cristo. La
celebración del Misterio Pascual de Cristo no es una celebración
más entre otras, sino el centro y fundamento de todas las otras
celebraciones y liturgias de la Iglesia. Esto es así porque la
vida cristiana como tal es precisamente participación en el
Misterio Pascual de Cristo. Como nos recuerda Pablo, nuestro
propio bautismo no es otra cosa que nuestra participación
sacramental en la muerte y resurrección de Cristo. En el
bautismo, pues, según Pablo (Romanos, 6), tenemos que morir en
la muerte de Cristo a todo lo que nos separa de Dios, para así
poder participar de la vida plena que nos ofrece Cristo en su
resurrección. Más aún, la Iglesia realiza su plenitud de
comunión y participación en Cristo precisamente en la Eucaristía,
que es la celebración y reactualización del Misterio Pascual de
Cristo.
Las raíces históricas y el trasfondo teológico del Misterio
Pascual de Cristo se encuentran en el Antiguo Testamento. Así
pues, el centro neurálgico de la conciencia religiosa judía fue
el evento de la liberación por Dios de los israelitas de la
esclavitud en Egipto. Esta liberación se consideró por los
judios como un tránsito, o paso –que en la forma aramea del
hebreo pesach se decía pascha, y que es de donde
procede la palabra pascua–. En efecto, los israelitas
consideraron siempre que el paso, o pascua, de la esclavitud en
Egipto a la peregrinación por el desierto que culminó en la
conquista de la tierra prometida, y en la cual peregrinación
Dios ratificó la alianza que había establecido con los
patriarcas del pueblo israelita, constituía el evento salvífico
decisivo de su historia. Por eso, todos los años los judíos
celebraban este evento de su pascua con la mayor solemnidad
posible y con la intención de transmitir a las generaciones
posteriores la creencia en la singular predilección hacia ellos
por parte del Dios del universo, que no sólo los había salvado
de la opresión egipcia, sino que también los había escogido para
establecer con ellos una alianza especial a través de la cual,
como había prometido ya a Abraham, todos los pueblos de la
tierra serían también bendecidos en el futuro. Ahora bien, esta
pascua liberadora de Egipto, y esta alianza entre los israelitas
y Dios en que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos
en el futuro, se cumplen plenamente en la nueva y definitiva
pascua de la muerte y resurrección de Jesucristo, en que se da
la renovación final de la alianza que Dios hace no sólo con los
judíos, sino también con todos los seres humanos.
Así pues, la
relación del Misterio Pascual de Jesucristo con la pascua de los
israelitas se ve claramente en muchas correspondencias no sólo
teológicas y de simbolismo religioso, sino además históricas.
Por ejemplo, Jesús fue crucificado durante el tiempo de las
celebraciones pascuales del pueblo judío. Además, así como en su
celebración anual de la pascua, los israelitas tenían una cena
sacrificial en que, con la comida del cordero pascual, se
conmemoraba la salida de Egipto y la salvación de sus
primogénitos por la sangre del primer cordero pascual, que fue
comido por los israelitas en la primera cena pascual en la
víspera de su salida de Egipto; así también, en la víspera de su
muerte en la cruz, Jesús celebró la comida sacrificial de la
última cena. En esta cena, Jesús, el verdadero cordero pascual,
ofreció, a través de vino y de pan, su sangre y su cuerpo, como
sacrificio que anticipaba al de su inmolación en la cruz por la
salvación de los seres humanos de la esclavitud del pecado, y el
cual sacrificio será además conmemorado sacramentalmente por
todas las celebraciones eucarísticas de la historia. De ahí, que
el paso o pascua de los israelitas de Egipto a la peregrinación
que culmina en la tierra prometida fue sólo una anticipación
profética del paso o pascua de Jesús de su muerte en la cruz a
la vida plena de su resurrección.
Con referencia a todo esto hay que señalar la significación de
la fecha de la pascua judía y de la pascua de la resurrección de
Cristo. Los judíos han celebrado siempre la pascua el 14 de
Nisan que es, en su calendario lunar, el día del equinoccio de
la primavera que coincide con la primera noche de luna llena de
la primavera. Como los cristianos celebraban la pascua el
domingo, pues fue el domingo el día de la resurrección de Cristo,
ya desde el Concilio de Nicea, en el año 325 AD, se estipuló que
la pascua de resurrección se celebrase el primer domingo después
de la primera noche con luna llena después del equinoccio de
primavera. Lo decisivo tanto para los judíos como para los
cristianos es el sentido espiritual del simbolismo ritual tanto
de la luna llena, como del equinoccio primaveral. En el día en
que la luz de la luna llena sigue inmediatamente a la luz del
sol, no hay ningún momento de oscuridad en ese día. Con esto se
señala que la pascua celebra, a pesar de la persistente
oscuridad de las tinieblas del pecado y de la muerte, la
superioridad de la luz celestial que es imagen de Dios, y
concretamente de Jesucristo. Pero todavía más, el equinoccio
primaveral coincide con el momento en que después de las
oscuridades del invierno, ya los días son cada vez más largos
que las noches. Este es el momento cósmico en que la luz de Dios,
es decir del Dios en Jesucristo, ya ha comenzado a derrotar
progresivamente y de manera irreversible a las tinieblas
cósmicas, estableciendo por todas partes de manera definitiva el
reino de luz y de amor de Dios. En efecto, la pascua de
resurrección conmemora la decisiva e irreversible victoria de
Jesucristo sobre las fuerzas tenebrosas del mal y de la muerte
que aparentaban haber triunfado frente a él en la oscuridad
invernal del sepulcro donde lo habían enterrado. Es la
celebración de la gloria luminosa del Dios de Jesucristo, que
con su amor hasta la muerte en la cruz, vence a la muerte y nos
ofrece la gloria de su luz y de su vida.
Para los cristianos, la Semana Santa es la oportunidad final de
la cuaresma para la conversión o paso de nuestra vida falsa y
alejada oscuramente de Dios a la verdad de la cruz purificadora
y sanadora de Cristo. Pues es en la victoria de Cristo en la
cruz, que se nos ofrece la nueva y verdadera vida de la
primavera divina en que la luz de Dios iluminará nuestra vida
para siempre con la gloria majestuosa de la resurrección de su
Hijo Jesucristo.
Profesor
de Teología y Filosofía en el Seminario Regional San Vicente de
Paúl, Boynton Beach.
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