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Mensaje de Juan
Pablo II por la Pascua
“Resurrexit, alleluia - ¡Ha resucitado, aleluya!”. Este
año el anuncio gozoso de la Pascua, escuchado con fuerza en la
Vigilia de esa noche, nos llega también para hacer más firme
nuestra esperanza.
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí,
ha resucitado” (Lc 24,5-6).
El Ángel consuela así a las mujeres que habían ido al sepulcro.
Así nos repite a nosotros la liturgia pascual, hombres y mujeres
del tercer milenio: ¡Cristo ha resucitado, Cristo está vivo
entre nosotros! Su nombre es ya “el Viviente”, “la muerte ya no
tiene dominio sobre Él” (Rm 6,9).
¡Resurrexit! Hoy Tú, Redentor del hombre, te levantas
victorioso del sepulcro para ofrecer también a nosotros,
turbados por tantas sombras que nos amenazan, tu promesa de gozo
y de paz.
A ti, Cristo, nuestra vida y nuestro guía, se dirija quien esté
tentado por el desánimo y la desesperación, para escuchar el
anuncio de la esperanza que no defrauda. En este día de tu
triunfo sobre la muerte, que la humanidad encuentre en ti, Señor,
la valentía de oponerse de manera solidaria a tantos males que
nos afligen.
Que encuentre, en particular, la fuerza para hacer frente al
inhumano, y por desgracia extendido, fenómeno del terrorismo,
que niega la vida y vuelve perturbada e insegura la existencia
cotidiana de tanta gente trabajadora y pacífica.
Que tu sabiduría ilumine a los hombres de buena voluntad en el
compromiso inevitable contra esta plaga.
Que la acción de las instituciones nacionales e internacionales,
acelere la superación de las dificultades actuales y favorezca
el progreso hacia una organización más ordenada y pacífica del
mundo.
Que se confirme y consolide la actividad de los responsables
para lograr una solución satisfactoria de los conflictos que
perduran, que ensangrientan algunas regiones de África, Irak y
Tierra Santa.
Tú, primogénito de muchos hermanos, haz que cuantos se sienten
hijos de Abraham descubran la fraternidad que los une y los
mueva a propósitos de cooperación y de paz.
¡Escuchad todos los que os interesáis por el futuro del hombre!
¡Escuchad, hombres y mujeres de buena voluntad! Que la tentación
de la venganza abra paso a la valentía del perdón; que la
cultura de la vida y del amor haga vana la lógica de la muerte;
que la confianza vuelva a reanimar la vida de los pueblos. Si
nuestro futuro es único, es un compromiso y un deber de todos
construirlo con paciente y solícita clarividencia.
“Señor, ¿a quién vamos a acudir?” Sólo Tú, que has vencido a la
muerte, “tienes Palabras de vida eterna” (Jn 6,68). A ti
dirigimos con confianza nuestra oración, en la que invocamos
también tu consuelo para los familiares de las numerosas
víctimas de la violencia.
Ayúdanos a trabajar sin cesar para que venga ese mundo más justo
y solidario que Tú, resucitando, has inaugurado. En este
esfuerzo está a nuestro lado aquella que creyó que se cumplirían
las Palabras del Señor (Cf. Lc 1,45).
¡Dichosa tú, María, testigo silencioso de la Pascua! Tú, Madre
del Crucificado resucitado, que en la hora del dolor y de la
muerte tuviste encendida la lámpara de la esperanza, enséñanos
también a nosotros a ser, entre las contradicciones del tiempo
que pasa, testigos convencidos y gozosos del perenne mensaje de
vida y de amor que trajo al mundo el Redentor resucitado.
Domingo, 11 de abril de 2004

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