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La
prisión como lugar de evangelización
Sin lugar a dudas, la prisión es el reflejo de todo cuanto pasa
en la sociedad: quien quiera conocer los problemas de un país,
que visite sus cárceles y allí descubrirá, en pequeño, todo lo
que está ocurriendo. La presencia de la Iglesia Católica en las
cárceles del mundo ha existido durante siglos con el apoyo de
sacerdotes, religiosos y religiosas; pero en especial de los
laicos, quienes, en nombre de la Iglesia llevan una voz de
aliento, compañía y libertad a quienes allí se encuentran.
Sin embargo, cada vez son más las necesidades que en este campo
tiene la Iglesia para adelantar su misión tras las rejas. En
este compromiso de fortalecer la espiritualidad de los reclusos,
las iglesias particulares del mundo están comprometidas en
desarrollar programas de formación de sus agentes de pastoral,
no sólo para que cumplan su labor con los reclusos, sino también
con otros destinatarios, tales como funcionarios de los
servicios penitenciarios, la guardia de prisiones, las familias,
la sociedad y las víctimas, con quienes se debe trabajar muy
estrechamente en la vía del perdón y la reconciliación.
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Una laica reza con
un recluso al que orienta espiritualmente en una cárcel
colombiana. |
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El caso de Colombia
En el caso de Colombia, existe una organización de Pastoral
Penitenciaria Católica, encargada de desarrollar y promover
acciones concretas de evangelización y promoción social en las
prisiones. A partir de 1993 se vienen realizando programas de
promoción social, Educación no formal para los reclusos,
talleres y encuentros de Formación para Agentes de Pastoral,
apoyo a la familia y acogida a ex-convictos, entre otros. Con el
ánimo de fortalecer y compartir experiencias en este campo, ha
asumido el reto de entrar en contacto con organizaciones
similares en otros países y conocerlas, no sólo para desarrollar
objetivos comunes, sino para fortalecer la misión y el mandato
de Jesús: “estuve en la cárcel y viniste a verme” (Mateo,
25,36).
La presencia de los laicos
Otra de las inquietudes que se tiene es la de fortalecer la
presencia de laicos en aquellas prisiones donde el grupo de
latinos es predominante y, en consonancia con su idiosincrasia,
cultura y creencias, reclaman una mayor presencia y
acompañamiento de la Iglesia. Contrariamente a lo que se piensa,
los laicos se interesan en conocer los servicios que presta la
Arquidiócesis de Miami a los prisioneros, y estamos trabajando
para poder ofrecer una formación sólida y concreta, de modo que
quienes se comprometan dispongan de todas las herramientas
necesarias para el cumplimiento de su misión.
Para una persona que no conoce la realidad de las cárceles en
Latinoamérica, resulta difícil entender por qué la Iglesia esta
cumpliendo labores que, a juicio de todos, las debería cumplir
el Estado. En muchos países, la Iglesia realiza programas de
promoción social que incluyen el área de la salud, odontología,
asesoría jurídica y atención a las familias de los presos, en la
medida de sus limitaciones. Concretamente en Colombia, la
Pastoral Penitenciaria Católica atendió en los últimos tres años
un total de 19,284 consultas sobre medicina, odontología,
optometría y otros campos, con el apoyo de laicos profesionales
voluntarios, quienes donan parte de su tiempo para evangelizar y
servir a los reclusos.
En las cárceles de los Estados Unidos, el gobierno ofrece toda
clase de servicios sociales en las prisiones. La atención
espiritual de la Iglesia en prisión les corresponde a todos los
llamados por Dios a este servicio especial. Hace falta explorar
con mayor creatividad esa urgente necesidad que reclama la
Iglesia tras las rejas. En este sentido, se ha iniciado un
programa de atención a reclusos que, una vez que cumplen su
condena, son deportados a sus países de origen.
El estigma social
En el caso de Colombia, y previamente al contacto con el
Consulado de Miami y la Oficina del Ministerio de Detenciones,
son acogidos y apoyados a su llegada. En su mayoría son jóvenes
que, después de largas condenas, lejos de su patria, familia y
costumbres, llegan a su tierra con el estigma social que implica
haber estado detenido: quedarse la familia y los amigos, verse
sin empleo, cargado de resentimientos, y perder el sentido de la
vida… Tener que recomenzarlo todo. Es aquí donde la Iglesia debe
dar una respuesta fiel al mandato del Señor: “Cada vez que lo
hiciste con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo
hiciste” (Mt. 25,40).
En una sociedad fría, calculadora, falta de afecto hacia los más
débiles, se hace urgente el fortalecimiento de agentes
voluntarios que lleven el mensaje del Evangelio, y que defiendan
los derechos y la dignidad humana de quien sufre las
consecuencias de la prisión. No es fácil optar hoy por los más
pobres entre los pobres, porque puede pensarse que perturban
nuestra comodidad, olvidando que en la Iglesia nadie puede
quedar exento de respeto, amor, solidaridad y cercanía. Quienes
están comprometidos en esta misión se juegan la fidelidad a
Jesucristo y su credibilidad ante el mundo.
El trabajo de la Iglesia en la prisión no sólo debe ser creyente,
sino también creíble, es decir, que demuestre con sus acciones
el cumplimiento del mandato de Jesús en el capítulo 25 de San
Mateo: “Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del
Reino, preparado para vosotros desde la creación del mundo,
porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de
beber; era forastero y me acogiste; estaba desnudo y me vestiste;
enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a verme”.
Este cúmulo de necesidades es mucho más amplio y Jesús hace un
llamado insistente todos los días, para dar respuesta a las
muchas necesidades de quienes sufren tras las rejas.
La Iglesia Católica es consciente de que su tarea prioritaria es
anunciar el Evangelio y lo hace a través de celebraciones,
catequesis, programas de evangelización, estudios bíblicos,
oración, etc. Pero tampoco olvida que su fundador no sólo vino a
salvar almas, sino al hombre en su integridad y realidad; por
ello no es indiferente a la violación de los derechos humanos y
a las múltiples necesidades sociales de los prisioneros, sus
familiares y demás integrantes del mundo penitenciario.
Jesús mismo fue tratado como un delincuente, y en carne propia
vivió el desprecio y la tortura, llegando a animar a sus
seguidores para descubrir en cada preso, su propio rostro (Mt.
25). Luego del tormento fue llevado a una muerte cruel y
despreciable, en medio de dos ladrones, prometiendo el Reino a
uno de ellos y con un elocuente silencio –no condena– al otro
que terminará siendo evangelizado ante el mismo Jesús por su
propio compañero de tormento. El Señor, desde la Cruz redimió la
prisión y a quienes allí se encuentran.
Colaboración entre las iglesias
La Iglesia católica es una sola. El reto pastoral consiste en
aunar esfuerzos e ideales comunes, de manera que se contribuya a
ofrecer una mejor atención y un mejor servicio a nuestros
hermanos detenidos, no importa el lugar donde se encuentren: en
una penitenciaría estatal, una prisión federal, una cárcel; en
los Estados Unidos o en un país latinoamericano. Prisión es
prisión, así sus barrotes sean de oro o la atención por parte
del Estado sea eficiente o deplorable.
El esfuerzo de la Iglesia católica y de sus iglesias
particulares por llevar el mensaje de la salvación al mundo
penitenciario, debe tener en cuenta los siguientes aspectos:
• La conformación de comunidades de fe en el interior de los
centros de detención: fortalecer el trabajo de evangelización en
el interior de las cárceles mediante la labor de agentes
voluntarios que van identificando y formando a líderes que se
hagan responsables de pequeñas comunidades que se reúnen
asiduamente para compartir la fe y fortalecerse mutuamente.
• La atención a las familias de las personas privadas de
libertad: el drama de la prisión va más allá de la cárcel, pues
la familia es la primera afectada, al perder a uno de sus
miembros: impacto emocional, crisis económica, marginación
social.
• La convocatoria de miembros de la Iglesia Católica para que
desarrollen un voluntariado en el Ministerio de Detención.
• Formación permanente de los agentes voluntarios, lo que tendrá
como consecuencia una mejor atención a los presos y a sus
respectivas familias.
• Emprender campañas en medios de comunicación con el objeto de
sensibilizar al público sobre lo que significa la pérdida de la
libertad, y hacer especial énfasis en la prevención de toda
forma de violencia que pueda encaminar a la persona hacia la
prisión.
•
Y, por último, compartir experiencias que permitan el
fortalecimiento de la misión eclesial en el mundo de las
prisiones, con respecto a la formación de sacerdotes y laicos,
programas de atención a las familias y a la guardia de prisiones,
entre otros.
Si el problema de las prisiones es social y si se quiere reducir
la marginación, la Iglesia debe fortalecer su solidaridad y
trabajar más decididamente en el tema de la prevención.
fredycar@etb.net.co
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