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Cuba necesita
resucitar
Cuba necesita resucitar. Los cubanos, todos, de la isla, del
exilio, de toda la diáspora, ne-cesitamos resucitar a una vida
nueva. Rodar la piedra y amanecer con prisa para encontrar lo
nuevo.
Para los de aquí dentro el camino de la cruz se ha hecho
demasiado largo y el desaliento es la tentación de cada día. Que
no nos aplaste la piedra del sepulcro, que no nos desespere el
aparente abandono de Dios. Nos brota desde el hondón del alma,
como un grito sin eco, el mismo clamor de Jesús: “Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?”, pero es necesario avanzar
hacia la actitud definitiva de Cristo: “Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu”. De la desesperación a la confianza, del
grito de dolor a la serenidad del que se sabe salvado, del
aparente fracaso inmediato a la certeza del triunfo de la verdad,
de la justicia y de la libertad.
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Un integrante del Movimiento Cubano Pro Derechos Humanos reparte,
el 15 de abril,
reaprte
ejemplares de la Declaración Universal de Derechos Humanos en
los alrededores del Capitolio Nacional. Unos 20 opositores
realizaron durante 15 minutos esta labor, que puede costar
muchos años de cárcel e, incluso, la pena de muerte.
EFE/Alejandro Ernesto |
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Para los del exilio, y la diáspora en general, también el vía
crucis del desarraigo, de la fractura familiar, del destierro y
la condena a la lejanía, no debe apagar la esperanza de volver a
empezar, pero no desde el pasado, desde el regreso a lo que
fuimos, a lo que teníamos, a lo que murió. Eso no es resucitar.
Resucitar aquí y allá, es asumir la verdad de la cruz impuesta
al inocente, del desarraigo injusto, del desaliento del absurdo,
como fue inocente Jesús, injusta su cruz y absurdo el proceso.
La resurrección no ha sido volver al Pretorio, sino al Cenáculo.
No ha sido volver al Templo de Jerusalén, sino al Lago de
Galilea. La resurrección fue para Cristo empezar una vida nueva,
inaugurar una nueva etapa, abrir las puertas de la mente y el
corazón al reencuentro por el camino de los frustrados que ya no
esperaban, y ponerles a arder su corazón como en Emaús.
Resucitar para Cuba, para cada cubano, viva donde viva, es
sepultar con Cristo el pasado de odio, el presente de fracaso,
para dar paso al amanecer luminoso de la vida nueva, de una
sociedad nueva, de una convivencia nueva.
Esto no quiere decir, que en las manos, los pies y el costado de
Cristo no se vieran y conservaran, para la verdad y la justicia
de la vida nueva, las heridas y huellas de la Pasión. Allí están
para recordarnos que no fue mentira su cruz, que no fue
inventada su pasión. Ni tampoco la de Cuba. De las heridas del
Crucificado no sale odio, ni rencor, ni venganza, ni nostalgia,
ni deseos de regresar a la vida vieja por muy preciosos que
fueran los tiempos de Nazaret, de Betania y del Jordán. De sus
heridas sale sangre y agua, luz y verdad, reencuentro en el
camino de la vida y nuevo ardor del corazón y la esperanza.
Así debe ser el resucitar de cada cubano y cubana, en el exilio
o en la isla. Resucitar para Cuba no es borrar las heridas de la
Pasión y de la cruz ignominiosa. Eso es imposible. Ni Cristo
pudo cerrar las heridas de los clavos y de la lanza hundida en
su costado.
No desaparecieron las heridas, pero de ellas ya sólo salen luz,
perdón y verdad. ¿Seremos capaces los cubanos de resucitar así,
como Jesús, o nos quedaremos en la Pasión cruenta o en el grito
desesperado y suicida de Judas, que no confió en la misericordia
y la vida nueva que sí lograron las lágrimas y el
arrepentimiento, la audacia y la honestidad luminosa de Pedro,
que lo negó tres veces?
El camino de la resurrección para Cuba es el reencuentro entre
todos los cubanos. Es no perder la memoria de todo lo que pasó.
Es dejar clara la Verdad en todo lo que pasó. Es buscar la
Justicia en todo lo que pasó. Es sepultar el odio de lo que pasó.
Es sepultar la violencia que genera lo que pasó. Es sepultar la
venganza a la que nos tienta lo que pasó. Es pasar, sin ignorar,
la página de lo que pasó. Es pasar definitivamente de lo que
pasó a lo que va a pasar. Es pasar del pasado al futuro, sin
olvidar el presente. Es pasar del lamento del pasado a la
preparación laboriosa y edificante del futuro.
Resurrección es Paso, Pascua, liberación del pasado, pasando por
el Mar Rojo, pero sin anhelar las ollas de Egipto, ni ensañarnos
y detenernos en los carros y caballos del Faraón, ni
empantanarnos en sus fangos rencorosos.
Que no nos
distraiga y entretenga, ni nos disperse y desoriente, el
estruendo de los carros que se hunden, ni los bramidos de los
caballos que persiguen al pueblo que avanza hacia la liberación.
La vida vieja es la del ensañamiento y la ponzoña. La vida nueva
es, sencillamente, ponerse a trabajar para el futuro que soñamos
y que debemos preparar.
La historia ha demostrado que lo nuevo, que las transiciones
hacia lo mejor, han consumido “quince minutos” para reconocer la
verdad de la memoria y la justicia del Derecho, y “cuarenta y
cinco minutos” para reconstruir el país.
Resucitar es reconstruir. Es renovar. Es ponerse ya a edificar
lo nuevo.
Eso es Resucitar para Cuba. Eso es vivir desde ahora la
resurrección de Cuba.
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